Por: Dulce Liz Moreno
Dicen que es el mejor y no solamente en TripAdvisor, ¿Dónde comer?, Yelp y Foursquare, sino quienes descubrieron el mole poblano del restaurante del Hotel Colonial cuando ya habían probado suerte con familias, invitados foráneos o visitas del extranjero.
Así llegué yo. Por recomendación de una profesional de las relaciones públicas que hace unos 15 años había tenido que encontrar mesa de platillos bien sazonados para gobernantes y sus invitados especiales que pasaban por Puebla.
Primero me ocurrió con editores veracruzanos de alto nivel; y el Colonial me hizo quedar bien.
Luego con amigos de Ciudad de México, Tijuana, Hermosillo y Nuevo León a quienes les pareció justo de picante, discreto pero firme de chocolate, hermoso de color y bien contrastado con arroz blanco servido como volcán dormido extendido en charola plateada. Hubo quienes pidieron refill de frijolitos rizados de bien enmantecados.
Después, los platones con medio pollo recostado bañado en salsa de magia pasada por comal, aceite, metate y molino han sido punto de encuentro para gente llegada de España, Canadá y Estados Unidos con quienes me he atrevido a presentarles el platillo y no ha quedado congelado para el Instagram sino que les ha caído bien como recuerdo de un viaje sea corto o largo.
El 7 de marzo, en el comedor con fuente de agua cantante sólo vi vecinos de mesa locales. Algunos con acento de otro lado, pero en español.
Raro, porque otros sábados y me había tocado esperar mesa porque el lugar estaba repleto de turistas con charlas en francés, alemán o italiano.
No hubo carta, de la que los foráneos eligen cuando quieren zafar del picante; sólo el menú de seis tiempos al que el Colonial me ha acostumbrado. No había alboroto en la entrada. La ocupación en las habitaciones ya venía para abajo.
Desde el 24 de marzo no hay mole ni chilaquiles ni almendrado. Hasta que el coronavirus nos suelte, la cocina también ha cerrado.


