Mario Galeana
Cualquiera que haya experimentado el desamor sabe a qué se refería Eduardo Galeano cuando escribió: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.
Aunque parecen situaciones opuestas, entre el amor y el desamor hay coincidencias.
A nivel fisiológico, ambos tienen tres etapas: el amor vive entre atracción sexual, enamoramiento y amor compasivo; el desamor consta de la no aceptación, el duelo y finalmente el desapego. Y en ambos, un complejo sistema de eventos cruza al cuerpo por completo.
Antes que nada, hay que hacer evidente la frontera entre emoción y sentimiento, como explica Rubén Vázquez Roque, investigador del Instituto de Fisiología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
“La base de estas reacciones son nuestros sistemas nervioso y endocrino. Las emociones ocurren a corto plazo y son un conjunto de respuestas neuroquímicas y hormonales ante algo que acabamos de ver o escuchar. Los sentimientos, en cambio, son a largo plazo: un conjunto de experiencias a las que se les ha dado un valor agregado, subjetivo, que producirá una memoria que va a quedar almacenada”, detalla en entrevista.
La atracción sexual y el enamoramiento, las dos primeras fases del amor, pueden considerarse emociones. Pero también lo son la no aceptación y el duelo, en el caso del desamor.
Si algo caracteriza a las primeras fases de ambos es la disminución en la actividad de la corteza cerebral, la parte que permite tomar decisiones o actuar con mayor racionalidad.
Es por eso que en ambas etapas las personas pueden llegar a actuar de forma impulsiva, como llamar a las tres de la mañana después de haber tomado un par de tragos.
En ambos estados aumenta un conjunto de sustancias, las catecolaminas, producidas por las glándulas suprarrenales, los dos pequeños órganos localizados sobre los riñones.
“Las catecolaminas incluyen a la dopamina, la adrenalina y la noradrenalina. Y, cuando éstas suben, nos sentimos en un nivel eufórico. Hay una mayor frecuencia cardiaca, pero también sudoración e hiperventilación. Hay un estado de alerta y, por supuesto, de estrés. Se trata del sistema nervioso respondiendo a esta noticia, a la atracción o al rompimiento amoroso”, abunda Vázquez Roque.
EL ENAMORAMIENTO Y EL DUELO
A partir de este punto surgen las divergencias. En el enamoramiento todavía hay mucho estrés y ansiedad, pero también felicidad y bastante dopamina escurriendo por nuestras neuronas. Por ello, esta etapa también es conocida como amor romántico: se idealiza a las personas.
En el duelo, en cambio, hay un descenso de serotonina, el neurotransmisor que controla el sueño, la memoria y el placer. Y con la serotonina bajan también los ánimos.
“Viene una condición de tristeza, de aplanamiento emocional, de no querer ver a nadie o incluso no ir al trabajo. A lo mejor se pierde el sueño y no habrá un descanso adecuado, y no podrá concentrarse en sus tareas”.
Puede que este momento sea precisamente el llamado mal de amores, y el estado que Galeano describe en aquel poema sobre una mujer atravesada en ojos y garganta.
Pero en este momento también inicia un proceso de adaptación al mundo que se habita después de haber despedido a un amor.
“La idea es darnos cuenta de que todos los momentos que pasamos con esa persona comenzaron a almacenarse en nuestro sistema nervioso como memoria, es decir, el momento en el que se crearon conexiones o sinapsis. Pero esas sinapsis deben cambiar, debe generarse un nuevo conjunto de redes neuronales para pasar a la siguiente etapa”, detalla el investigador de la BUAP.
¿A qué se refiere exactamente? A cambiar de rutinas. Buscar nuevos hábitos. Encontrar distintas motivaciones. Y si nada de eso es suficiente, tomar acompañamiento psicológico y, de ser necesario, un tratamiento médico.
No se puede decir con precisión cuánto tiempo puede tomarle a una persona superar el duelo, porque eso depende de todas las experiencias que haya tenido hasta entonces, de la forma en que se ha adaptado a las distintas vicisitudes en su vida.
“Se trata más bien de un proceso de desarrollo del sistema nervioso. Cuando somos niños y adolescentes se generan más conexiones sinápticas y, al mismo tiempo, cuando ocurre una poda sináptica, es decir, un reajuste en los hábitos o funciones que no nos sirven. Todo eso hace que desarrollemos una personalidad, que tengamos diferentes respuestas para las experiencias vividas”, abunda.
A esta capacidad se le llama plasticidad neuronal. Y unos versos de Mario Benedetti pueden explicar esta transición del duelo al desapego: “Ahora que por fin está bastante claro dónde estás y dónde estoy, sé por primera vez que tendré fuerzas para construir contigo una amistad tan piola, que del vecino territorio del amor, ese desesperado, empezarán a mirarnos con envidia, y acabarán organizando excursiones para venir a preguntarnos cómo hicimos”.
DEL AMOR COMPASIVO AL DESAPEGO
El amor romántico puede dar paso al amor compasivo, su último estado y el componente principal de las relaciones a largo plazo. En este punto, el amor no es un germen que estrese al portador. Las hormonas y los neurotransmisores vuelven a su normalidad y hay una sensación de seguridad y bienestar.
En el desapego, el último estado del desamor, ocurre algo parecido. La serotonina y la dopamina y el resto de catecolaminas vuelven a su sitio. El mundo no es el mismo, muchos de los recuerdos siguen ahí, vívidos, pero no generan intranquilidad ni estrés.
“Quiere decir que ya acepté el hecho de no estar con la otra persona, ya se superó el duelo. No hay una necesidad de buscar a esa persona e, incluso, pueden generarse nuevas relaciones de amistad a largo plazo”, ilustra el profesor e investigador de la BUAP.
Con suerte y tiempo, para ponerlo en términos de Benedetti, se estará listo para volver a poner un pie en el vecino territorio del amor, ese desesperado.
EL EXPERTO
Rubén Vázquez Roque es:
- Responsable del laboratorio del Instituto de Fisiología de la BUAP
- Investigador sobre trastornos del sistema nervioso y hábitos alimenticios
- Doctor en Ciencias Químico-Biológicas Ad Honore del Politécnico
- Investigador de la Universidad de California en San Diego
- Maestro en Ciencias Químico-Biológicas Ad Honore del Politécnico
- Químico farmacobiólogo Cum Laude de la BUAP


