Es descendiente del último rey que tuvo Polonia. Vivió en Europa hasta que una guerra mundial la empujó a México a los 10 años. A los 21 entró como periodista a Excélsior y entrevistó a Diego Rivera, a David Alfaro Siqueiros y a María Félix. A Rivera le preguntó sobre sus dientes pequeñísimos, a Siqueiros sobre su melena indómita y a Félix sobre su grave voz de sargento.
A los 23 publicó su primer libro, un ensamble de historias mágicas para niños; a los 39 hizo la crónica más importante de la masacre de Tlatelolco, y a los 81 se convirtió en la primera escritora latinoamericana en recibir el Premio Cervantes.
La vida de la escritora Elena Poniatoswka ha sido tan amplia como su propia obra: una colección que reúne más de 59 libros poblados por personajes, sobre todo mujeres, que trasgredieron las convenciones sociales de su época.
Para Diana Isabel Hernández Juárez, autora del libro Escritora feminista, periodista nómade: revisión a la obra de Elena Poniatowska, la creadora fue una de las pioneras en la construcción de un discurso feminista a través de la representación de mujeres de distintos estratos sociales.
El libro de Hernández Juárez, que fue presentado el jueves pasado en la Feria Nacional del Libro de la BUAP con la presencia de la mítica escritora mexicana, es producto de una investigación realizada en los últimos dos años que introduce a la vida de Poniatowska la categoría de nómade, un término de la teórica feminista Rosi Braidotti que se refiere a una conciencia crítica y en movimiento.
La investigadora Alicia Ramírez Olivares agregó que el trabajo periodístico de Poniatowska es el punto de partida para la creación de una genealogía de mujeres que “recupera sus voces frente al sistema patriarcal que las fue relegando al silencio”. Un relato polifónico en el que quedaron plasmadas las vivencias de campesinas, madres, escritoras, artistas y tantas otras.

Así recordó su llegada al país a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial en Europa y la última imagen que guarda de su padre: él, vestido como militar, agitando la mano para despedirla mientras ella y su familia partían en un tren que las llevaría a España y, después, a un barco que les traería a México.
Contó que la primera vez que sintió algo especial por este país fue cuando subió a una azotea para espiar a las mujeres que trabajaban en los lavaderos, mientras tarareaban canciones de pasión y desamor.
“El viento se encontraba con esas sábanas, las golpeaba y yo oía sus voces, que eran la ilusión que tenían para vivir. No sé qué pasó con cada una, pero fue mi primer acercamiento al amor por México”, dijo.
Luego narró que su conversión al periodismo fue un chispazo de buena suerte, pues la baja de una reportera de Excélsior hizo posible su llegada al diario en 1953. Eso le permitió entrevistar cara a cara a algunas de las personas más notables del país. Su novatez, según ella, le permitía preguntar cosas personales o infantiles, como los dientes de Rivera, el pelo de Siqueiros o la voz de María Félix.
“Así ha sido mi vida. Se los cuento desde sus principios para que ustedes se lancen, hagan lo que quieran. Creo que en la vida lo que más nos ayuda es decir: voy a hacer lo que deseo hacer. Nadie me va a impedir ser lo que soy. Nadie me va a impedir amar a quien quiera amar. Y todo eso, se los digo aquí en este edificio maravilloso”, concluyó sonriendo desde el Salón Barroco del Edificio Carolino.


