ES RELATIVO
GUILLERMO PACHECO PULIDO
Por respeto, debemos rendir tributo y tal vez agradecimiento a luchadores sociales, a los denominados héroes anónimos, a los soldados y civiles muertos en el cumplimiento del deber, a los que no escribieron sus ideales, pero su sangre y su esfuerzo los convirtieron en beneficio de la comunidad
Rendir homenaje a todos los que no oyeron discursos en su tumba y a los que fueron ignorados por el ritual del culto al heroísmo.
Hace poco, una persona mencionó en una reunión “cafetera” el nombre de Francisco Villa y otra persona dijo que lo único que sabía de “ese hombre” era que había sido un “ignorante bandolero”. Que sólo conocía su canción, en donde se mencionaba un caballo, el “Siete Leguas”, propiedad de Villa.
Me pareció que hay un olvido de muchas mujeres y hombres que sirvieron al país con la entrega de sus vidas o del total de sus esfuerzos, y que por el transcurso del tiempo se les ha olvidado o no se ha concluido con una valoración histórica por lo realizado u omitido en nuestro devenir histórico.
Francisco Villa fue comandante de la “División del Norte”, considerada ésta como una división de entre los tres cuerpos del Ejército Revolucionario Constitucional, y que sobresalió por su manifiesta capacidad militar y por haberse estructurado solo en el campo de los balazos y no en alguna Escuela Militar.
Se consideró a Francisco Villa como un gran caudillo y su obra ha sido señalada por algunos historiadores como menos pura que la de Emiliano Zapata, menos duradera que la de Venustiano Carranza, menos victoriosa que la de Obregón y, sin embargo, la leyenda, el mito y la tradición popular han señalado que la mejor actitud revolucionaria y rebelde de aquellos años encarna más en un hombre que ha sido siempre Francisco Villa.
Debemos observar que la historia señala que Francisco Villa no fue nunca a la escuela, que tuvo una vida de miseria y sin embargo era un hombre de intuición rápida y certera que producía frases muy atinadas para su trabajo.
A los hombres y mujeres que luchaban a su lado les decía: “Ánimo, cabrestos, que más adelante va a estar más feo”. O también, respecto de algunos prisioneros, decía: “fusílenlos, después averiguamos”.
A su madre, quien le reprochaba su vida delincuencial. le respondía: “Yo soy un hombre que seguramente el destino lo ha echado al mundo para sufrir. Usted sabe de dónde vienen mis sufrimientos, por defender el honor de mi familia. Écheme usted, madrecita, su bendición”.
Mató al hombre que había abusado de su hermana, tuvo que huir al monte y se convirtió en el bandido que ayudaba a los pobres.
José Doroteo Arango Arámbula era el nombre de Francisco Villa. Fue un hombre valiente y pintoresco con gran sentido del humor y de lo espectacular; de gran inteligencia natural y práctica; astuto, aunque ignorante, que llegó a ser el “Centauro del Norte”.
Pancho Villa apoyó para vencer a Porfirio Días Mori y apoyó al presidente entrante Francisco I Madero.
Por dificultades con Álvaro Obregón, Villa tomó las armas contra Venustiano Carranza y, al haber sido asesinado Carranza, el presidente interino otorgó amnistía a Villa, quien se retiró a la Hacienda El Canutillo en Chihuahua.
Tuvo varias emboscadas hasta que el 20 de julio de 1923 fue asesinado en Parral, Chihuahua.
El historiador Martín Luis Guzmán nos relata la importancia de Villa para el tiempo de la Revolución Mexicana. Cuando Villa habló de Francisco I Madero, dijo: “Este hombre es un rico que pelea por el bien de los pobres; yo lo veo chico de cuerpo, pero creo que es muy grande su alma”.
Villa recibió órdenes de incorporarse a la División del Norte que mandaba Victoriano Huerta.
Fue ascendido a General de Brigada, tuvo conflictos con su superior jerárquico, el General Huerta, y fue detenido pero logró fugarse; si no, hubiera sido fusilado.
Podemos afirmar que Francisco Villa es uno de los personajes más emblemáticos de la Revolución Mexicana. Al retirarse de la lucha armada fundó una escuela para dar educación a los niños. Se señala que inauguró más de 50 escuelas primarias.
Prevalece, cuando se trata de juzgar a Villa como servidor y luchador de los humildes, de ofrecer a los campesinos la implementación de la justicia social, lo que dijo: “por ellos nunca traicionaré ni olvidaré mi deber”.
Señaló que el país debe ser gobernado por alguien que realmente quiera a su gente y a su tierra y que comparta con ella el progresó.
Todavía el “Siete Leguas”, su caballo, vive en el recuerdo de los mexicanos.
El culto a los luchadores sociales existe, ha existido y existirá para siempre en la ciencia de la humanidad.
Ninguno de ellos reclama ser considerado héroe; ese es otro concepto. No murieron buscando honores; ellos solo piden que no nos olvidemos de luchar y trabajar por la vigencia de un régimen en donde prevalezca la acción de la justicia en sus múltiples concepciones, pero en beneficio de la colectividad.
La historia siempre tendrá un fallo; a veces se dilata.


