Guillermo Pacheco Pulido
La princesa Isabel, hija de Enrique VIII y de Ana Bolena, se convierte en sucesora del trono de la vencedora y progresista Inglaterra. Fue coronada a los 25 años de edad.
En ese entonces, España y Portugal se repartían el mundo, porque los dos países alegaban tener derechos de propiedad por conquista sobre el nuevo continente que posteriormente llamaríamos América.
Esta situación, a su vez, generó conflictos entre España e Inglaterra. Esto sucede porque Inglaterra no acepta que España y Portugal se repartieran al mundo. Felipe II, rey de España, determinó que su nación interviniera para frenar a los piratas y no permitir el desarrollo del protestantismo, que apoyaba e impulsaba Isabel I.
Previo a todo lo anterior, sabemos que al finalizar el siglo XV Inglaterra estaba en conflictos por la lucha para obtener el trono entre los Lancaster y los York. El rey Enrique VIII tenía problemas matrimoniales que generaron, a su vez, conflictos particulares, políticos, sociales y religiosos. Logra divorciarse de Catalina de Aragón y se casa con Ana Bolena, con la que procrea una hija, que sería la reina Isabel I.
Esta reina manda a decapitar a la reina católica de Escocia, María Estuardo, aduciendo que estaba conspirando en su contra. Este hecho generó, además, que la flota española, considerada en esa época la armada invencible, se lanzará a los mares contra Inglaterra.
Antes de la batalla, los trabajadores de los barcos ingleses se negaban ir a batalla, porque no se les había pagado su sueldo, por ello, la reina Isabel I tuvo que ir personalmente –aquí su grandeza– y convocó a sus trabajadores lanzarse a los mares a luchar y pronunció las siguientes palabras en pleno lugar de batalla: “¡Mi amado pueblo! Hemos sido persuadidos por algunos que tenemos que ser cautelosos, pero les aseguro que no deseo dejar en la desprotección a mi querido y amado pueblo.
Dejen que los tiranos tengan miedo, siempre he tenido la seguridad de que con la ayuda de Dios toda adversidad será vencida. He puesto aquí mi honor. Y es por esto que hoy vengo hasta aquí, entre ustedes, no por deporte o por simple diversión, sino con toda resolución, al mismo corazón de la batalla, para vivir o morir entre ustedes; para hacer lo que debo hacer en nombre de mi Dios, por mi reino, por mi pueblo, por mi honor, por mi sangre.
Sé muy bien QUE TENGO EL CUERPO DÉBIL DE UNA MUJER, PERO SÉ TAMBIÉN QUE TENGO EL CORAZÓN DE UN REY, y sobre todo de un rey de Inglaterra y pienso firmemente que Parma o España o cualquier otro príncipe de Europa tendrá que pensar muy bien antes de invadir los límites de mis dominios.
Antes de que se me haga un deshonor, yo misma tomaré las armas, yo misma seré su general, su juez y quien vele por cada una de sus virtudes. Sé perfectamente que ustedes merecen una buena paga por esto que están haciendo y yo les aseguro, les doy mi palabra real, de que se les pagará”.
Este trascendental discurso marca la estructura de Isabel I, responsable como autoridad, reflexiva, analítica, de valentía ejemplar al tomar sus decisiones, rebelde con su sentido de justicia, inteligente, todas estas características las demostró en su difícil reinado que duró 44 años con una sociedad difícil, en circunstancias internas nada cómodas para ejercer el poder. Eso la hace pasar a la historia. De acuerdo con esa forma de ejercer el poder se demuestra que su intuición como mujer es más clara y precisa que la del hombre. Además, en el ejercicio de su reinado sentó las bases de la preponderancia británica en Europa.
Su inteligencia y percepción política la demostró designando como primer secretario de Estado a sir William Cecil (consejero), quién ejerció esos 44 años hasta su muerte. Inglaterra logró desarrollo económico, floreció en literatura, en el arte, en arquitectura y en música bajo el reinado de Isabel I. Podemos decir que Isabel I, como todo ser humano, tuvo una vida privada y, como tal, en lo personal se debe respetar.
Se sea escultor, poeta o cualquiera que sea la actividad humana, debe respetarse, más si se trata de una mujer, porque al juzgar se cometen injusticias; aparte, si se está muerto no puede defenderse. Se ha dicho que antes de juzgarse debe comprenderse, y si realmente comprendes quedas impedido de juzgar.
Un poco filosófico, pero real. Como decía Confucio: “La mujer es la obra maestra de la creación”. Esto no es romanticismo ni alabanza, como tal a la mujer se le debe respeto y bajo esa dimensión debemos vivir todos los seres humanos. En conclusión, fue ejemplar reina, que forjó un propio destino y vivió por sus fecundas ideas.
Hablaba, además del inglés, el francés, el alemán y el italiano. Sabía actuar cuando así se requería, con prudencia, con cálculo, pero con profundo sentido visionario. Aprovechamos para señalar que en México, en todas las mujeres tenemos ejemplos de heroicidad: en las miles de mujeres anónimas que han estado en nuestros movimientos sociales, otras en la prensa, en la tribuna, en los gobiernos, en la investigación, en las fábricas, en el campo y talleres, en la tarea diaria e incomprendida de los hogares.
En este artículo rendimos reconocimiento a las mujeres de México, como Leona Vicario, Josefa Ortiz de Domínguez, Margarita Maza, Gertrudis Bocanegra, Mariana Rodríguez del Toro, Sor Juana Inés de la Cruz, Carmen Serdán y aquellas que de una u otra forma han estado en su tarea diaria al servicio de los intereses de nuestro país. Las mexicanas son visionarias y valientes.


