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Apuntes (urgentes) sobre la trágica muerte de el niño de oro

Arturo Luna Silva por Arturo Luna Silva
10 noviembre, 2021
en Garganta Profunda
Apuntes (urgentes) sobre la trágica muerte de el niño de oro
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[email protected] Twitter: @ALunaSilva

Las imágenes de la última monta de El Niño de Oro, el domingo pasado en Hui­lotepec, Atlixco, Puebla, son desga­rradoras y prueban una gran cantidad de presuntos delitos y violaciones a normas de protección a los menores de edad, pero además pintan la estupi­dez y salvajismo que todavía ocurren en México, en actos que se escudan en los “usos y costumbres”.

No.

Se equivoca y evade responsabili­dad quien así lo ve.

Hay todo un marco jurídico que pro­tege a los menores, independiente­mente de las circunstancias en torno los jaripeos, que violan una decena de leyes y reglamentos.

La opinión que ofrece y la denuncia que hace el secretario ejecutivo de la Red Latinoamericana y Caribeña por la Defensa de Niñas, Niños y Adolescen­tes, Juan Martín Pérez García, en las páginas de Crónica Puebla, no es menor:

La muerte del adolescente debe ser investigada como homicidio, no como accidente, porque en las actividades taurinas no deben participar menores de 18 años.

Un video que está en Internet, cu­ya publicación misma configura muchas faltas, incluso penales, muestra al me­nor de 15 años rezando, antes de su suerte.

Una imagen dramática a la luz de lo que sucedería minutos después.

El Niño de Oro se encomienda a Dios poco antes de morir.

El toro de 500 kilogramos lleva, con trágica coincidencia, el nombre de Es­tafa Maestra.

La habilidad del muchacho es evi­dente.

Pareciera tan fácil lo que hace.

El video muestra también que él es ex­perimentado.

Que no tiene temor.

Y que domina como pocos el oficio de domar a la bestia –porque lo hace des­de pequeño–.

A su alrededor, familias enteras son testigos.

Es tan hábil, que quienes deben estar atentos a su seguridad, en caso de un percance, se confían.

No hay vaqueros suficientes a su alrededor.

El Niño de Oro monta con soltura.

Avienta el sombrero, como des­plante.

En lo máximo del riesgo, hace la suerte sin asir las manos a las correas.

Levanta los brazos al aire.

Exhibe orgullo, valentía, honor…

Y los presentes le aplauden.

El toro actúa con más furia cada vez.

En un súbito jalón del animal, el me­nor queda colgando.

Una pierna amarrada lo une al toro.

Una de las espuelas se ha atorado en el animal, no se logra zafar… y entonces vie­ne la pesadilla.

Son apenas uno segundos, pero da la apariencia de que los vaqueros que de­ben intervenir para controlar al astado tardan demasiado.

El niño -más niño que nunca- que­da debajo.

El animal a ratos lo pisa.

A ratos lo embiste.

Más y más vaqueros aparecen.

Pero ya es muy tarde.

Logran por fin controlar al animal y lo separan del muchacho.

Está inconsciente.

Ya no despertará.

“Los golpes fueron muchos”, dice un hombre al micrófono, que anuncia su fallecimiento minutos después, en el mismo video.

Un video tan duro, tan fuerte, que sin dudarlo podría dar pie a una película de Arturo Ripstein.

El narrador del lugar habla del “des­tino” que le toca a cada quien.

De la simpleza de la muerte.

Parecieran los organizadores, el na­rrador, el público mismo, no dimensio­nar la tragedia.

Da la apariencia de que se trata de lo más común en el jaripeo, en donde se toma alcohol, en donde hay “corrup­ción de menores”, en este caso y otros.

En este, en particular, no hubo medi­das de prevención.

No hay paramédicos.

Ni ambulancia.

No hay cuidado.

No hubo capacidad de reacción.

No hay permisos de las autoridades.

Se equivoca la presidenta municipal de Atlixco, Ariadna Ayala, al buscar dis­minuir su responsabilidad en este caso, con el argumento de que estos espectá­culos se dan “por usos y costumbres”.

Tampoco puede evadirse al denun­ciar que los organizadores no tenían permiso del ayuntamiento.

“Debe de haber una articulación muy responsable, entre salvaguardar la integridad de la gente, y el respeto de los usos y costumbres que también es un tema de normativa mundial…

En un ejercicio de ponderación, sal­vaguardar la vida en este tipo de even­tos y las personas que practican este de­porte o actividad. Tendrá que ser una responsabilidad compartida, así como incluir los temas ambientalistas, por el respeto animal”, argumentó Ayala.

Por todo esto, el caso es indignante.

Estremecedor.

Un trágico resumen de un México ro­to.

La triste metáfora de un país, es­te, donde todo pasa, incluso cuando nada pasa.

El doloroso testimonio –otro más– de la miserable realidad que nos ha toca­do vivir como sociedad.

Etiquetas: Ariadna AyalaAtlixconiño de oro

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