Arturo Luna Silva / [email protected] / Twitter: @ALunaSilva
Hay alianzas que no se anuncian. Simplemente se filtran, se sienten y se delatan en los golpes, en las notas, en las páginas, en los mensajes, en los silencios y en esas fotografías que nadie explica, pero que todos entienden.
En Puebla, varios personajes del viejo barbosismo parecen decididos a demostrar que no están muertos. Tal vez ya no tienen el poder que tuvieron, ya no controlan Casa Aguayo ni despachan desde la comodidad del presupuesto, pero conservan algo que nunca desaparece: redes, contactos, resentimientos y una enorme necesidad de volver a ser relevantes.
Aparecen varios nombres, perfiles distintos, pero todos unidos por un mismo hilo conductor: el uso del poder, de los medios y de las redes como herramientas políticas. Piezas de una misma lógica: controlar el relato. Y ahora, según versiones que comienzan a circular en distintos municipios, los mismos personajes que buscan reacomodarse para hacerle contrapeso al proyecto del gobernador Alejandro Armenta Mier.
El problema no es que existan grupos -y más en Morena-. En política siempre han existido. El problema es que algunos de esos grupos no buscan construir, sino cobrar, sobrevivir y abrirse paso entre las ruinas ajenas para regresar por la puerta trasera al poder que perdieron por la principal. Y donde quizá el gobernador no esperaba encontrar una grieta tan evidente es en Tehuacán.
Ahí aparece Olga Romero Garci Crespo.
La presidenta estatal -es un decir- de Morena recibió espacio, tiempo y margen dentro del partido. Se le permitió respirar políticamente cuando su dirigencia ya lucía agotada y se le dio cabida para moverse e intentar levantar una aspiración municipal que nunca terminó de prender en la ciudad. Pero en lugar de operar con la gente del gobernador, Olga decidió mirar hacia atrás. Volvió al barbosismo, volvió a sus viejos aliados y volvió a quienes entienden la política como un burdel.
Ahí se encuentra la verdadera traición política. No se trata únicamente de que Olga no sume al proyecto de Armenta, sino de que, en su intento desesperado por mantenerse viva, parece dispuesta a caminar con quienes no tienen relación real con el Ejecutivo y que, en el fondo, podrían terminar utilizándola como una pieza desechable.
Porque eso es lo que suele hacer la vieja política: primero te abraza, después te utiliza y finalmente te deja sola.
Olga Romero tendría que entenderlo mejor que nadie. Su carrera política nació al calor del barbosismo, creció con ese grupo y se consolidó bajo ese paraguas. Pero hoy el tablero cambió. Barbosa ya no está y el poder real se encuentra en otro lado.
Quien no entienda eso terminará peleando una guerra que perdió antes de empezar. Lo más irónico es que la supuesta alianza que busca fortalecerla podría hundirla todavía más. Porque en Tehuacán no la quieren como ella cree. Su nombre no levanta, su presencia no emociona y su historia pesa demasiado.
Por eso, el desenlace puede predecirse con facilidad. Olga Romero no es la candidata del gobernador y tampoco del secretario de Gobernación, Samuel Aguilar Pala. Lo es únicamente de sus amigos, los resabios barbosistas. Y Olga Romero, dirigente de papel, no ha entendido los mensajes: la toma de Morena Puebla a través de Pablo Salazar Vicentello (estructura) y Claudia Hernández Medina (comunicación), operadores de 01.
¿El armentismo va a resucitar al barbosismo en uno de los municipios más importantes del estado? No, de ninguna manera, ese no parece un escenario racionalmente factible. Es como si Alejandro Armenta estuviera procurando la reelección del diputado federal Ignacio Mier Jr. en Ciudad Serdán. O la de José Chedraui en Puebla capital. Algo impensable. Pero hay quienes viendo, no ven o no quieren ver.
Al tiempo.

