Los comerciantes de la ciudad de Puebla calculan que cada familia gaste, en promedio, 2 mil 600 pesos para comprar juguetes por el Día de Reyes
Claudia Espinoza
En Puebla capital, la temporada de Día de Reyes continúa siendo una de las celebraciones más esperadas por las familias, pues los comerciantes proyectan que cada venta sea en promedio de 2 mil 600 pesos para la compra de regalos.
La mayoría de los obsequios solicitados por los niños son videojuegos y juguetes electrónicos, reflejo de un cambio cultural frente a los juguetes tradicionales.
La costumbre de enviar cartas a los Reyes Magos mediante globos se mantiene viva, aunque algunos optan por dejarlas en el árbol de Navidad o en los zapatos.
Sin embargo, comerciantes han reportado una caída de hasta 50 % en las ventas de globos en los últimos años, debido a las campañas oficiales que buscan desalentar el uso de helio por sus efectos contaminantes.
El consumo por Día de Reyes ha mostrado variaciones importantes. En 2023, la derrama económica alcanzó mil 649 millones de pesos, beneficiando a jugueterías, comercios y servicios, de acuerdo con la Cámara Nacional de Comercio (Canaco).
En 2025, la celebración se encareció hasta 21 % por la inflación y el aumento en precios de electrónicos. En 2026, el gasto promedio familiar se ubica en 2 mil 600 pesos, con un marcado predominio de productos tecnológicos.
Luis Miguel Álvarez, especialista en economía familiar de la UNAM, explicó que este fenómeno refleja una doble tensión: “Por un lado, las familias enfrentan un mayor costo de vida y recurren al aguinaldo o al ahorro para cumplir con la tradición”.
Dijo que el cambio en las preferencias hacia videojuegos y dispositivos electrónicos muestra cómo el consumo infantil se ha alineado con tendencias globales, desplazando a los juguetes tradicionales.
Esto genera un impacto económico positivo en ciertos sectores, pero también evidencia la vulnerabilidad de los hogares ante la inflación y la presión del gasto
estacional.
Álvarez añadió que el Día de Reyes en Puebla es un ejemplo de cómo las festividades funcionan como termómetro económico y cultural, pues revelan tanto la capacidad de consumo de las familias como la persistencia de prácticas tradicionales que se adaptan lentamente a nuevas realidades sociales y ambientales.


