Tres horas toma enterrar un ataúd, entre la preparación de la fosa y la colocación de la tierra. Tres horas en las que el sepulturero piensa en la vida que acaba de terminar, en el dolor que tiene que compartir con extraños, en la vida que ya no está.
Valentín Morales Huesca, de 37 años de edad, tiene la cara quemada por el sol y las manos curtidas por la pala después de 15 años trabajando en el Panteón Municipal.

La nueva normalidad de los entierros en tiempos de COVID-19 lo sorprendió. El miedo ahora es parte de su rutina, pero el sentimiento al acompañar a desconocidos en un momento de dolor es el mismo.
Morales Huesca ha aprendido, cuenta, que la muerte no se trata solo de tragedia y dolor, sino de completar un ciclo que familiares de los difuntos olvidan. En su esfuerzo por no separarse de alguien querido, el impulso de arrojarse a la zanja es casi cotidiano en los deudos.

PRECAUCIÓN ANTICOVID-19
“Claro que me da miedo, pero alguien tiene que hacerlo” dice Valentín ajustándose el cubrebocas y poniéndose unos guantes para enseñar la fosa que hace un par de horas cavó para recibir a un nuevo habitante.
Asegura que su familia está preocupada por el riesgo de contagio; pero narra que tranquiliza a su esposa e hijas extremando precauciones: se lava las manos cada vez que puede y toma un baño en cuanto llega a casa.
Lo que más le cuesta asimilar, indica, es que los entierros sean breves, parcos y con poca gente. Lo que desean los familiares es despedirse largo tiempo y con la pandemia eso es imposible.

Decir adiós es lo más difícil que hay, asienta mientras recorre las tumbas como en calles que de súbito se han quedado sin tránsito, cómodo en su entorno.
Bebés, niños, accidentados, decesos por causas naturales, homicidios. Todos tienen un grupo de gente con dolor agudo. ¿Macabro, su trabajo? Para él, no. Le ha enseñado muchas cosas de la vida y con los nuevos tiempos, asegura, tiene muchas lecciones que aprender.


