—Quihúbole, Kamel. —Mi góber precioso. —Mi héroe, chingao. —No, tú eres el héroe de esta película, papá.
—Pues ya ayer le acabé de darle un pinche coscorrón a esta vieja cabrona. Le dije que aquí en Puebla se respeta la ley y no hay impunidad y quien comete un delito se llama delincuente. (…)
—Pinche bola de ratas. ¿Qué han hecho? Qué asquerosidad es esto, ¿eh? —No, se sienten Dios en el poder.
—Así es. Yo te hablé para darte las gracias. Sé que te metí en un problema pero…
—No’mbre, a mí me gustan esos temas. (…)
—Y yo para darte las gracias te tengo aquí una botella bellísima de un coñac que no sé adónde te la mando.
—Pues a Casa Puebla.
—Yo te la quería dar personalmente, pero estás todo ocupado.
—Mándamela a Casa Aguayo, para echármela.
—¿Te la vas a echar? Pues entonces te voy a mandar dos, no una. (A la postre, algo quedó claro: a Mario Marín todas las sillas que ocupó le quedaron grandes).


