Dulce Liz Moreno
Valsequillo impone obstrucciones a quienes se sumergen en sus aguas: profundidad, oscuridad y frío; pero la peor es la contaminación que ha hecho un fango de unos 40 centímetros que atrapa a quien se quiere impulsar desde el fondo, un enredo de algas que termina siendo camisa de fuerza y tanta basura que un alambre de púas puede matar.
Y a ese álbum de riesgos de muerte se echa un grupo de rescatistas de entrenamiento diario, práctica intensa y reparación de años para hacerle frente al desafío.
Son ocho hombres equipados con instrumentos de alta precisión, que en las aguas oscuras y atascadas de basura simplemente no se pueden ver.
Así que entran a ciegas. Y con los ojos cerrados, también, porque botellas y alambres les arrebatan los visores y les cortan hasta los rebuladores que llevan en la boca y les permiten vivir… o no.
Un obstáculo adicional: la profundidad y la calidad del agua obligan a reinterpretar las tablas de buceo para calcular el tiempo límite que pueden estar bajo el agua.
Explica el jefe del grupo, Armando Martínez Valdés: “Estar en Valsequillo a 15 metros de profundidad equivale a 25 en el mar, así que desde el inicio hay que hacer los cálculos a fin de evitar accidesntes por descompresión”: Y esto último quiere decir generación de nitrógeno en la sangre que produce lesiones cerebrales, accidentes cardiovasculares, aire en cavidades que bloquee la circulación, parálisis o la muerte, enumera Juan Arturo Osorio Sánchez, habituado a respetar los cuerpos de agua.
Estos obstáculos hacen que quienes caen a Valsequillo se desesperen ante las dificultades y pierdan la calma, afirma Sergio David López Urrieta, buzo de rescate e instructor en la Federación Mexicana de Actividades Subacuáticas.
Buceo al servicio de otros
Armando Martínez es el jefe. Coordina el grupo de buzos de Cruz Roja de Puebla. Le gustó esta actividad desde 1992, después de años como paramédico. En la sede nacional de Cruz Roja Mexicana se certificó como buzo de rescate un año después.
El área acuática es su fascinación, con todo y el riesgo. Porque está seguro de que el desafío consiste en mitigar el riesgo.
Da órdenes claras, concisas. Y se lo reconocen sus compañeros de equipo.
Le apasiona.
¿Por qué te metes al agua, desafiando riesgos, por gente que no cuidó su propia vida y desoyó los consejos para cuidarse?, se le pregunta.
Ayudar, responde. Ayudar a la gente que está en angustia porque no puede sacar a su familiar o a su amigo atrapado en el agua.
¿Y preparar a otros? Responde con un lema: “el buceo, como herramienta para ayudar a quien nos necesita”. El área de actividades acuáticas y subacuáticas de Cruz Roja es una de las que mayor seguridad requiere para su personal.
Es instructor. Disciplina, orden, sistema, método. Porque son indispensables para quien se mete a un tú por tú en los cuerpos de agua que, de tan peligrosos, se quedan con la vida de la gente.
De deporte favorito a herramienta de auxilio
Su deporte favorito.
Así comenzó la preparación física Iván Javier Barrientos García: de puro placer.
Y después le encontró las ventajas al rescate acuático.
Este hombre es viejo lobo de mar. Pero de otras aguas, de las de la atención a urgencias médicas que atiende la Cruz Roja.
Lleva 25 años de labor.
Con el buceo, se hizo rescatista para todo terreno.
Sólo que tiene sus buenos riesgos este tipo de rescate y sobre todo en el lago de Valsequillo donde los obstáculos se multiplican por las toneladas de basura que reciben a cualquiera que se sumerge.
Junto con Armando Martínez, el coordinador del grupo de buzos de la Cruz Roja Mexicana, delegación Puebla, recuerda el accidente que ocurrió en la panga que cruza un tramo de Valsequillo en 1993.
Armando recuerda el detalle técnico: una combi de transporte de pasajeros subió a la plancha transportadora con el pasaje, pese a que la primera recomendación consiste en que todo mundo baje de los vehículos.
Se ahogaron 11.
De hecho, las indicaciones para quienes abordan en auto son: apagar el motor, poner el freno de mano, tener siempre puesta la velocidad, agrega.
Quienes se caen de las lanchas en el lado conocido como el Oasis también desobedecen las normas: no usan chaleco salvavidas. Así que es imposible flotar en el turbio lago.
Además, se requiere ser un gran nadador para salir vivo de esas trampas mortales de basura, algas, lodos y oscuridad, además del frío que hiela y que en seguida provoca calambres hasta al más experto nadador, coinciden los rescatistas.
Frenar la incertidumbre
Sergio David López Urrieta es egresado de la escuela de Cruz Roja Mexicana.
Le puede la incertidumbre de la familia de quien no salió del agua.
“No poder recuperar a alguien que se quedó en el fondo es el sentimiento más doloroso de las personas, en mi experiencia”, afirma el rescatista.
Le han tocado varias situaciones. Y en todas, dice, los padres son los más angustiados cuando hubo un accidente auático. Y Sergio le dice también a sus alumnos en entrenamiento: esto no lleva interés personal, sino el de ayudar.
Explica que en el lago de Valsequillo todos los elementos juegan en contra del accidentado y del rescatista y por ello el entrenamiento es lo primero.
No puede pasar un día sin que un rescatista profesional haga ejercicio, revise su equipo, dé mantenimiento a los instrumentos, se cerciore de las actualizaciones para el apoyo en cómputo que se utiliza bajo el agua.
Esto es cosa de tiempo completo, sostiene.
Y admira a quienes se dedican al rescate y al salvamento.
En tierra y en agua.
Sus recomendaciones no tienen pierde: si bebes, no nadas.
Si nadas, nunca es sin chaleco.
Por más experto que seas en algo, hay que medir los riesgos, asegura.
Y remata sus ideas, siempre, con una sonrisa.
“Llevar un poco de paz”
Mario Ramírez Espíndola tiene claro que el buceo deportivo es lo suyo. Comenzó como diversión, desafío. Y luego le vio el rostro útil y de importancia capital: tranquilizar, “llevar un poco de paz” a quien está destruido, sin el cuerpo de un ser amado que ha fallecido en el agua.
Es buzo de respuesta de emergencias, también es técnico de urgencias. Las dos preparaciones lo hacen experto en salvamentos y rescates; que no son las mismas cosas.
Salvamento acuático, el que saca del agua a la gente con vida. El otro entrega los cadáveres a la gente que sufre la ausencia de quien fue tragado por un cuerpo de agua.
Tan noble y altruista considera el trabajo de Cruz Roja, que le viene bien, dice, aportarle lo que puede hacer y le gusta desempeñar en medio de los desafíos.
“También hay pocos buzos certificados y el trabajo sirve para incentivar a otros a que estudien, entrenen y se preparen para responder a las emergencias. Me enorgullece pertenecer al grupo”, afirma.
Le toca participar en atención de urgencias diversas, pero las del agua lo desafían en forma distinta.
Y hay que estar preparado. El entrenamiento físico y la investigación son rutina cotidiana para el oficio.







