Hace 27 años, un terremoto de magnitud 7.0 sacudió al estado de Puebla durante 45 segundos, dejando daños históricos en la capital y municipios aledaños
Claudia Espinoza
El reloj marcaba las 15:41 horas del martes 15 de junio de 1999. En plena sobremesa, cuando las familias poblanas comenzaban a retomar sus actividades, la tierra rugió.
A 70 kilómetros de profundidad, a 20 kilómetros al sur de Tehuacán, se había roto la placa de Cocos, liberando una energía que alcanzaría los 7.0 grados en magnitud de momento y se sentiría hasta la capital del país.
En el epicentro del desastre, el movimiento tuvo una duración exacta de 45 segundos, un lapso breve en el tiempo pero devastador en la historia de Puebla.
Hermilo Valdés dice que no puede describir el sonido que escuchó durante el sismo: “Era un ruido tremendo, como si fuera por abajo”, relata.
El sismo había dejado más de 34 mil viviendas dañadas y un saldo de 20 muertos. En toda la zona afectada se reportaron 188 lesionados.
ESCOMBROS Y DICTÁMENES
El panorama que dejó el sismo fue desolador. Un informe del Centro Nacional de Prevención de Desastres (CenApred) reveló que los daños totales, valorados a costo de reposición, ascendieron a más de mil 400 millones de pesos de la época. Más de tres cuartas partes se concentraron en el estado de Puebla, mientras que Oaxaca sufrió el 15 % y el resto se repartió entre Morelos, México, Tlaxcala, Veracruz y Guerrero. Las afectaciones abarcaron desde monumentos históricos y viviendas hasta escuelas y hospitales.
La prioridad de las autoridades fue el análisis estructural de los edificios dañados para determinar cuáles podían salvarse y cuáles debían ser demolidos. El Edificio Carolino, sede de la Rectoría de la BUAP, fue sometido a diversos estudios de mecánica de suelos y geofísicos, que revelaron daños severos, especialmente en la zona del tercer patio.
A 27 años de aquel sismo, tras un intenso trabajo de consolidación y reestructuración, el emblemático edificio del siglo XVI se mantiene en pie.

VIVIENDAS AFECTADAS
Sin embargo, no todas las estructuras tuvieron la misma suerte. El multifamiliar de Amalucan ubicado en la avenida de Las Torres tuvo que ser demolido en los días posteriores al terremoto. Los afectados que perdieron su hogar se refugiaron con familiares mientras las autoridades gestionaban apoyos.
El derrumbe de este inmueble involucró a decenas de familias, las cuales quedaron no solo sin techo, sino también sin la certeza de su futuro.
Daniel Jiménez, quien sobrevivió al colapso de su hogar, rememoró el momento en que perdió su patrimonio: “Un recuerdo de lo que fue mi hogar desde niño”, contó al recordar la demolición del edificio G. Como él, los afectados tuvieron que abandonar el inmueble de inmediato, refugiándose muchos en casas de parientes ante la falta de albergues.
La desesperación por la pérdida se mezcló rápidamente con el miedo, al denunciar que algunas personas comenzaron a hacer rapiña en los departamentos abandonados.
Ante esta situación, los vecinos organizaron guardias nocturnas, mientras observaban cómo el paso de los días confirmaba que aquel sitio ya no sería su hogar.
La demolición, que comenzó a ejecutarse una semana después del sismo a cargo de Protección Civil y trabajadores municipales, borró años de historias y esfuerzos familiares.
Con los escombros del edificio G también desaparecieron pequeños comercios que formaban parte de la vida cotidiana de la zona, como una farmacia, una tienda de ropa y un negocio de videojuegos, testigos silenciosos de la vida en los años 90.
El programa anunciado por el entonces presidente Ernesto Zedillo para la rehabilitación de inmuebles y la búsqueda de soluciones habitacionales no logró traer de vuelta a la comunidad.
El edificio nunca fue reconstruido y los pobladores, que iniciaron desde cero, tuvieron que cambiar el rumbo de su vida.

LA RECONSTRUCCIÓN
La reconstrucción también implicó la reparación de inmuebles históricos que sufrieron daños notorios. La Torre de San Agustín, que colapsó parcialmente, y el Santuario de la Virgen de los Remedios en Cholula, que estuvo a punto de ser demolido, fueron sometidos a una restauración de cuatro años.
La peculiaridad de este sismo fue que las iglesias de Puebla resultaron más dañadas que las de Oaxaca.
Los expertos del Cenapred atribuyen esta situación a dos factores: la cercanía del epicentro a las construcciones poblanas y la mayor robustez de las iglesias oaxaqueñas, construidas para resistir la actividad sísmica de esa región.
Más de dos décadas después, el sismo de 1999 dejó dos lecciones claras: la necesidad de actualizar los reglamentos de construcción y la urgencia de una cultura de prevención.
Eduardo Ismael Hernández, doctor en Ingeniería Sísmica por la UNAM e investigador de la UPAEP, señaló que desde aquella fecha ha habido avances significativos en la comprensión del comportamiento dinámico del suelo y en la clasificación de los parámetros ingenieriles.
“En el municipio de Puebla, se ha estudiado cómo se comporta dinámicamente el suelo, lo que permitió tener parámetros más confiables para definir los criterios de diseño en los reglamentos de construcción”, destacó.
Sin embargo, estos avances no se han extendido a todos los municipios del país, especialmente en aquellos cercanos a zonas de alto peligro sísmico.
José Rangel Ramírez, maestro en Ingeniería Civil por la UNAM, sostuvo que el sismo de 1999 evidenció la necesidad de proteger los edificios que albergan el patrimonio cultural, pero “hasta la fecha no se ha materializado ninguna normativa efectiva” para protegerlos, ya que persiste un rezago en la dictaminación de riesgos en inmuebles antiguos.
En términos de planificación, la Ley de Protección Civil, que tomó auge tras el sismo de 1985, fomentó la creación de Atlas de Riesgo. No obstante, el académico de la UNAM advirtió que “sólo dos de cada 10 municipios cuentan con uno, lo que no es un panorama alentador”.
Por otro lado, el sistema de alerta sísmica, aunque útil, tiene limitaciones cuando el epicentro es cercano: “Las ondas sísmicas viajan muy rápido y el sistema puede no activarse a tiempo”, recordó Ismael Hernández.


