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“Sobreviví, respiro de nuevo; puedo hablar”

Crónica Puebla por Crónica Puebla
21 julio, 2020
en Metrópolis
“Sobreviví, respiro de nuevo; puedo hablar”
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Dulce Liz Moreno

Miércoles por la mañana, fiebre.

Y picazón fuerte en la garganta.

No más. “Tiendo a enfermarme fuerte últimamente y fui al médico en la tarde”. Por primera vez lo mordió el caimán, el medidor de oxígeno en la sangre que dictó variación extraña. El hombre recetó paracetamol, lo mandó a reposo por resfriado normal.

Y cuidados extra para evitar contagio de coronavirus.

El primer día, la medicina funcionó. Al siguiente, nada. La fiebre altísima, tos de puño de cal en la cara y un hormigueo en los dos pulmones.

De regreso al consultorio, el caimán cantó 80, cuando el nivel bueno es 95. Urgencias, determinó el médico.

Javier obedeció.

ZONA DE GUERRA. AUTÉNTICA

“El área de Urgencias del hospital de La Margarita es una zona de guerra”, determina Javier Garzón. Habrá que concederle la razón porque el que entra ahí es blanco perfecto para que le toque un tiro y los proyectiles son fatales. Lo han sido para 2 mil 206 personas en Puebla, hasta el corte de ayer, en los registros del gobierno estatal.

Y está llena de gente. Y no deja de llegar, sobre todo abuelos con agotamiento extremo. Las dos personas que toman datos y temperatura y presión no paran.

Javier llegó a las siete de la noche, cansado. En la lectura rápida del estado general, dio el perfil de los que ya no se pueden salir.

A las tres horas, estaba exhausto, como si hubiera hecho obra de construcción diez horas seguidas. Se le había consumido la energía en los últimos días, pero en pocas horas, aún más.

¡Y más tos! Pero ahí estaba entre iguales. La asfixia atrapaba a los vecinos de espera. A unos les vencía el cuerpo la debilidad.

Diez de la noche. Póngase esta bata, quítese todo, déjelo en esta bolsa. Suero a la vena. Muestra de sangre. Súbase a esta camilla. No hay tiempo de decir adiós al acompañante. Abrazo, imposible. Besos, impensables.

Pero eso se reflexiona después, porque en el momento de estar horizontal, en bata, las fuerzas se han ido, la voz también, y la vista es más borrosa y los sonidos se van alejando. Y los otros 20 o 25 en las camillas siguen tosiendo y de pronto Javier cae en un entresueño y ya es media noche y le ponen una caja de plástico encima y lo llevan por un pasillo. Y se va en un túnel…

¡Bum! Golpe de aire. Le llena la nariz y todo el cuerpo. Le han colocado la mascarilla y abierto el tanque de donde  mana vida.

“Ahí supe cuánto necesitaba el oxígeno. Respiré de nuevo. Ya no me separé del aire”. Y esa fue la primera victoria.

EL OTRO OXÍGENO

La peor noticia que te pueden dar en el hospital es que te encuentras tan grave que será necesario intubar.

Sabiendo que sólo 24 de cada 100 pacientes de COVID-19 sobreviven a la respiración asistida con tubo en la tráquea, la noticia que le dio la doctora Sánchez lo congeló. Y el aviso de que era hora de firmar el documento de autorizar el procedimiento, le dio una idea de la gravedad de su diagnóstico. A los minutos, un chico le llevó pluma y papel.

Y en ese momento, el segundo regalo le llegó a las manos.

“Miguel Herrera se llama. Se me acercó. Me recomendó que no dejara que me intubaran porque pocos salen de eso. Me puso en las manos un celular pequeñito, de los de 300 pesos, para mensajes de texto y llamadas nada más. Un paciente se lo dejó para poder hacer llamadas”.

—¿Y a poco se puede…?

—¡No!, ¿cómo crees? Está prohibido meter cosas, todo puede estar contaminado. Tampoco puedes sacar nada porque hay riesgo de que vaya el contagio. Hablar con mi familia me dio el oxígeno que realmente necesitaba.

Ellos también volvieron a respirar, al escucharme. Aunque sabían que estaba grave, les dio esperanza escucharme. Y un poco de calma, después de dos días de no saber nada.

Todo apunta a que es reportero de farándula sólo para llegar preparado al momento de convertirse en el portavoz del celular. Suero en brazo, juntaba fuerza para caminar hasta la cama del paciente necesitado de esperanza, de apapacho en la oreja, de oír que el nuevo bebé balbucea, que están orando los compadres, que no está solo.

Estricto para los horarios en estudio de radio, también se encargó de mantener la clandestinidad del teléfono dosificando la agenda de llamadas para los seis vecinos de sala, unidos por el secreto. Y hablando también en secreto porque la falta de aire y los accesos de tos los obligaban a comunicarse a susurros y bisbiseos. La cama 314 se volvió sede de operaciones. Y hogar.

Una mujer de 40 le llegó de vecina. Lo saludó a tosidos. Fue intubada de inmediato. El único ruido: la máquina- ventilador.

Una noche, el sonido calló. Su cortina se cerró.

Don Fernando, cama 315, fue el mejor vecino de Javier.

Tercer regalo inesperado. Súper obediente, solidario; si no tenía voz para gritar cuando alguien tenía una emergencia, chiflaba, pero traía la ayuda. Se ganó el cariño y respeto de los pacientes. “El sábado 27 de junio cumplió 71 años. Trabajadores y enfermos le cantamos Las Mañanitas como pudimos”. A los tres días, se cerró su cortina.

A esa cama llegó un hombre de madrugada; no paró de gritar que lo dejaran morir.

Don Miguel, en la 316, tardó en irse. Su familia no juntaba lo suficiente para comprarle tanque de oxígeno y no podían recibirlo en casa. No se desesperó.

Miraba por horas, sentado en la cama, el tráfico del bulevar Municipio Libre. La peor hora, la de dormir.

Boca abajo para que los pulmones trabajen sin presión.

La siguiente peor prueba, comer. A la botella de agua, galletas y gelatina de desayuno, le sigue la comida de campamento militar, al alto vacío, sellada en empaque plástico. En extrema debilidad, abrir eso desafía la destreza y hasta al hambre.

Tercer regalo para Javier: el antídoto de la desesperación. Al hambre extrema le seguía una especie de sueño-antojo-ilusión: el pastel de chocolate que su mamá se inventaba en los cumpleaños para que, con pocos pesos, hubiera festejo con chispas de colores. De grande, lo cambió por mole. Pero la textura del bocado que sabe a cuidado, felicidad y paz le llenaba la cabeza y los sentidos. Y podía seguir.

¡El paciente va a salir! Ocho horas de espera son eternas, y no poder abrazar a tu papá, castigo.

“Pero no hay nada como estar vivo, salir caminando y sentir la lluvia desinfectante encima”.

Etiquetas: ciudadcoronaviruscovid19enfermedadenfermosestadoexicoLa MargaritammetropolisMéxicopacientespaisPuebla

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