Por: Adolfo Flores Fragoso/ [email protected]
A finales de marzo de este 2020, un sitio web conservador llamado The Federalist difundió un artículo que abogaba que los estadounidenses jóvenes y sanos se infectaran deliberadamente con COVID-19, como parte de una estrategia nacional de “infección voluntaria controlada” destinada a crear “inmunidad colectiva”. Si suficientes estadounidenses se exponen al virus y se vuelven inmunes, según la teoría, el país tendría un cuadro de ciudadanos inmunes con movilidad. Esta selección de inmunes podría reabrir negocios, retornar al trabajo y salvar la economía norteamericana.
Inmediatamente esta propuesta fue ampliamente desacreditada por expertos en salud pública, economistas e investigadores como Kathryn Olivarius, maestra de historia en la Universidad de Stanford, quien advirtió del riesgo de que muchos ciudadanos jóvenes de aquel país asumieran como cierto dicho pensamiento que, desafortunadamente, en menos de una semana hizo metástasis.
Pero qué tenía que opinar una historiadora en este tema Estudiosa del sur profundo de los Estado Unidos en el siglo XIX, Olivarius describe que alguna vez esta región vivió con una lógica muy similar, sólo que con un virus mucho más letal y temible: la fiebre amarilla.
“La inmunidad, describe, caso por caso sí permitió que la economía se expandiera, pero lo hizo de manera desigual: en beneficio de los que ya estaban en la cima de la escala social y a expensas de todos los demás. Cuando un virus furioso colisionó con las fuerzas del capitalismo, la discriminación inmunológica se convirtió en una forma más de prejuicio en una región ya basada en la desigualdad racial, étnica, de género y financiera”.
Al revisar el contexto de la época, la fiebre amarilla, un flavivirus transmitido por mosquitos, era inevitable en el sur profundo del siglo XIX y un punto de terror casi constante en Nueva Orleans, el centro de la región.

La historiadora recuerda la Antebellum New Orleans, una sociedad donde los blancos dominaban el control de las personas negras libres y esclavizaban a quienes no lo eran mediante violencia legalmente reconocida.
Pero otra jerarquía invisible llegó a mezclarse con el orden racial: “ciudadanos aclimatados”, blancos se ubicaron en la cima de la pirámide social, seguidos por “extraños no aclimatados” blancos, a su vez seguidos por todos los demás.
Fue así que sobrevivir a la fiebre amarilla se conocía localmente como el “bautismo de ciudadanía”, prueba de que una persona blanca había sido elegida por Dios y se había establecido como beneficiado legítimo y permanente en el Reino del Algodón.
La inmunidad era lo que importaba, y los blancos “no aclimatados” fueron considerados inservibles desempleados. No es de extrañar, entonces, que muchos nuevos inmigrantes buscaran activamente la enfermedad: acurrucados en viviendas estrechas o durmiendo en una cama donde acababan de morir amigos, cual precursores de las llamadas Chicken Pox Parties (“fiestas de la varicela”, en las que niños eran y hasta la fecha son expuestos a enfermedades infecciosas para fortalecer su inmunidad en aquella región), excepto que eran mucho más mortales. Lo cierto es que la inmunidad fue más que un producto de la suerte epidemiológica.
En el contexto del sur profundo, se manejó y se continúa manipulando como un arma. Detalla Olivarius: “Desde el principio, los ricos blancos habitantes de Nueva Orleans se aseguraron de que, si bien los mosquitos eran vectores de igualdad de oportunidades, la fiebre amarilla se ría cualquier cosa menos daltónica.
Los teóricos pro-esclavitud utilizaron la fiebre amarilla para argumentar que la esclavitud racial era natural, incluso humanitaria, porque permitía a los blancos distanciarse socialmente: podrían quedarse en casa, con relativa seguridad, si los negros fueran forzados a trabajar y comerciar en su nombre.”
En 1853, el periódico “Delta” publicó, ridículamente, que tres cuartos de todas las muertes por fiebre amarilla se produjeron entre abolicionistas. Este semanario fue precursor de la difusión mediática de lo inexacto, de la noticia sesgada, de lo falso a partir del “amarillismo”, literalmente, como desde aquella época se le califica.
Lo cierto es que el de los negros fue el grupo humano más afectado mortalmente y, aquellas personas esclavizadas que habían adquirido inmunidad, aumentaron su valor monetario para sus “propietarios” hasta en un 50 por ciento. En esencia, la inmunidad de los negros se convirtió en el capital de los blancos.
“La fiebre amarilla no convirtió al Sur en una sociedad de esclavos, pero amplió la brecha entre ricos y pobres. Resulta que la alta mortalidad era económicamente rentable para los ciudadanos más poderosos de Nueva Orleans porque la fiebre amarilla mantenía a los trabajadores asalariados inseguros y, por lo tanto, incapaces de negociar de manera efectiva. No es sorprendente, entonces, que los políticos de la ciudad demostraran que no estaban dispuestos a gastar dinero de los impuestos en esfuerzos de saneamiento y cuarentena, y en cambio argumentaron que la mejor solución para la fiebre amarilla era, paradójicamente, más fiebre amarilla. La carga estaba en las clases trabajadoras para aclimatarse, no en los ricos y poderosos que, por esa razón, no estaban obligados a invertir en infraestructura de redes de sanidad”, puntualiza la historiadora.
Una visión que confirma que, en todo tiempo, las epidemias y las pandemias exacerban las desigualdades existentes pero, en este ejemplo histórico de los Estados Unidos, justificadas por un designio con una fuerte carga supremacista.


