Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
A monseñor Raúl Vera López
La mayor provocación para un reportero es salir a “reportear” con poco dinero. Y más si es enviado a un entorno desconocido. Pero ese es el reto siempre aceptado.
La vocación periodística es un riesgo cotidiano.
Mi propuesta a Carlos y John fue rentar una cosa destartalada, parecida a una combi, para trasladarnos a los puntos donde serían los bombardeos.
A estas alturas (5 de enero de 1994) y en estas alturas (San Cristóbal de las Casas), los “sherpas” chiapanecos ya se cotizaban en cantidades, que apenas nos dejaban para comer un par de emparedados “pobres” y una Coca-Cola, para por lo menos darle valor a la adrenalina.
Ese 94 nos enseñó a Carlos, a John y a mí el significado del “precio Bimbo”: igual cuesta su pan blanco en los Altos de Chiapas que en la poblana Villa Frontera.
Pero, bueno, quien motivó este arriesgue fue Alguien.
Alguien era un individuo bien informado, quien nos indujo a ese desplazamiento a la comunidad del Corralito.
“Será bombardeada por la Fuerza Aérea Mexicana”, advirtió con ese tono de sabio que sólo los buenos informantes tienen.
El enviado del noticiario Monitor, el güerejo camarógrafo de la BBC y yo le creímos a Alguien. Días anteriores nos había proporcionado certeras advertencias de movimientos, tanto del Ejército como de los zapatistas.
Por cierto, Alguien nos fue recomendado por Raúl Vera López, segundo y primero de a bordo de don Samuel Ruiz García.
Partimos a la aventura incierta.
Las Margaritas también sería bombardeada, pero quedaba muy distante de nuestros bolsillos.
Corralitos nos era más cercana, pero había que “veredear”, además.
Ese 5 de enero terminó por ser una pesadilla de cinco horas, entre retenes militares, desviaciones y más.
Ya adormilados, un vehículo de Televisa se nos emparejó y un camarógrafo gritó: “¡Vean, vean, vean!”
Aviones comenzaron a lanzar proyectiles y metralla a unos pocos kilómetros delante de nosotros.
John apenas tuvo tiempo de enfocar y lo hizo (nunca tenía su cámara apagada). Carlos cogió su grabadora y narró como si estuviera transmitiendo en vivo. Tontamente, yo sólo grabé la caída e impacto de los proyectiles.
El resto es una historia resumida en un parte militar que detallaba que “PC7 508 del Escuadrón 201 y el 559 del Escuadrón 205” habían ametrallatado y lanzando bombas sobre el área, entre las comunidades de María Auxiliadora y Corralitos: 2 mil 553 cartuchos de 7.63 mm, dos cohetes de humo y 18 cohetes de 2.75 pulgadas.
Era la respuesta a la emboscada zapatista que un día antes habían matado a más de 40 militares.
En nuestro retorno a San Cristóbal, apenas nos dio tiempo de transmitir audios por teléfono. Ningún acceso a faxes y tecnologías de aquel 1994.
(Como nota al margen, aquella noche del 5 de enero, Jacobo Zabludovsky mostró imágenes y narración del bombardeo, misma nota que le hicieron desmentir al día siguiente).
Desde nuestras habitaciones y las recepciones de los hoteles y cabinas telefónicas públicas, intentamos enviar nuestros testimonios reporteriles. Nada.
Todos los aparatos habían sido bloqueados. Carlos logró comunicación por medio de un compa y paisano mexiquense, de extraña y discreta procedencia.
A John no le importó. Trabajaba para un futuro documental. Llegando al hotel se durmió.
Fue cuando Alguien se me acercó: “Ve con don Raúl (Vera). Te va a prestar su fax”.
Toqué cierta puerta lateral de la Catedral de San Cristóbal de las Casas. Pude enviar el fax con el texto de lo que en este momento tú lees.
Desde la oscuridad de ese lugar.
El hoy exarzobispo de Saltillo fue, es y será un hombre que en la oscuridad es luz.


