Escapadas
Alejandro Cañedo Priesca
Muchas veces, cuando recorres un país por carretera o en tren, ves letreros de las ciudades a las que vas a llegar y tu primera impresión es que posiblemente estés equivocado, porque muchas ciudades se llaman de manera diferente según el idioma.
Su nombre en español puede ser muy distinto al que aparece en los señalamientos locales: en inglés, francés, neerlandés (si estás en los Países Bajos) o flamenco (si estás en Bélgica).
Así pasa en muchos lugares. Ahora me viene a la memoria Ginebra, que se escribe Genève, o una que siempre me causó extrañeza: Amberes, en Bélgica.
Recuerdo cuando manejaba por esa zona con un mapa en español que decía “Amberes”, pero al mirar los letreros en la carretera, todos indicaban Antwerpen.
Por un momento dudé: ¿estaba yendo en la dirección correcta? Claro, era el mismo sitio, pero con otro nombre.
Estas pequeñas confusiones pueden ocurrir cuando viajas por tu cuenta, así que siempre es buena idea investigar un poco antes de emprender el camino.
Amberes, o Antwerpen en neerlandés, es una ciudad vibrante, con historia, arte y un espíritu comercial que la ha definido por siglos.
Es conocida mundialmente por su industria del diamante. En su barrio de los diamantes, cerca de la estación central, se realizan actividades de talla, pulido y comercio de estas preciadas gemas, con comerciantes de todo el mundo.
Pero Amberes no solo brilla por sus diamantes: su arquitectura, su gastronomía y su conexión con la historia la hacen un destino fascinante.
En el corazón de la ciudad se alza la Catedral de Nuestra Señora, una joya del gótico flamenco. Al entrar, te recibe la majestuosidad de su espacio, pero lo que más llama la atención son las obras de Peter Paul Rubens, el gran maestro del barroco.
Sus lienzos, con su característico juego de luces y sombras, parecen cobrar vida en los muros de la catedral.
Muy cerca de allí está la Estación Central de Amberes, una de las estaciones de tren más bellas del mundo.
Su cúpula, su estructura imponente y sus detalles arquitectónicos la han convertido en un ícono de la ciudad. Es un lugar donde no solo llegan y parten los trenes, sino donde comienza la experiencia de explorar Amberes.
Si lo que buscas es sumergirte en la historia, el Museo Plantin-Moretus es una visita obligada. Este sitio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, fue el hogar y la imprenta de Christoffel Plantin y su yerno, Jan Moretus, en el siglo XVI.
Es un verdadero viaje en el tiempo, con sus antiguas prensas y sus libros históricos.
Amberes también tiene su lado moderno y vibrante. En el barrio de Zurenborg, el art nouveau se mezcla con estilos arquitectónicos de diferentes épocas.
Es un placer caminar por sus calles, admirando las fachadas de las casas que cuentan historias de tiempos pasados con cada detalle de sus balcones y vitrales.
Y, por supuesto, un viaje a Amberes no estaría completo sin probar su gastronomía.
La cocina belga es reconfortante, y aquí puedes disfrutar de especialidades como el stoofvlees, un estofado de carne cocinado lentamente en cerveza, o los clásicos moules-frites, mejillones acompañados de papas fritas.
Todo, por supuesto, maridado con alguna de las muchas cervezas belgas, que son prácticamente una tradición nacional.
Amberes fue, además, sede de los Juegos Olímpicos de 1920, los primeros después de la Primera Guerra Mundial.
Aunque la ciudad todavía se recuperaba del conflicto, logró organizar este evento, dejando una huella en la historia olímpica.
Caminar por Amberes es descubrir una ciudad que ha sido testigo de siglos de comercio, arte y cultura.
Un lugar donde el pasado y el presente se entrelazan, donde los diamantes no solo brillan en las vitrinas, sino en la historia que la ciudad cuenta en cada rincón.
Viajemos juntos.


