Por: Alejandro Cañedo Priesca
En el verano de 1989, en mi camino a Cataluña desde Francia, un letrero de carretera llamó mi atención, decía en letras y números grandes la palabra: Barcelona 92.
A simple vista, era un letrero normal que indicaba los kilómetros restantes hacia la Ciudad Condal desde ese punto, pero se trataba de un promocional sobre los siguientes Juegos Olímpicos, a celebrarse en el verano de 1992 en esa ciudad, y como una manera de explicarlo mencionaba los kilómetros exactos para llegar.

Ahora es el turno de Barcelona, una ciudad con un carácter especial, fuerte, que la hace muy distinta a otras y con una mística que ha adquirido a través de la historia, la cultura, los negocios, la industria y, por supuesto, el futbol.
La Ciudad Condal tiene una gran influencia en los artistas y arquitectos del principio del siglo XX, como Antonio Gaudí, que con sus emblemáticas obras le dio referencias internacionales. La Sagrada Familia, La Casa Milà,conocida como Pedrera, es un gran ejemplo del modernismo de la primera década de ese siglo.
Visitar Barcelona es pasear por el señorial y elegante Paseo de Gracia, disfrutar de las Ramblas, caminar por el Puerto Olímpico y subir a Montjuic, para desde ahí admirar el orden urbano de una ciudad que fue creciendo pensando en el presente sin olvidar su pasado, con el propósito de forjar un futuro para beneplácito de sus habitantes y disfrute de sus visitantes.
Uno de los espacios más visitados es el Parque Güell, catalogado desde 1984 Patrimonio de la Humanidad y que fue construido por Gaudí e inaugurado en 1922. Un lugar lleno de colores e imágenes que permiten al que lo visita una tranquilidad y disfrute especial.
Una buena manera de conocer la ciudad antes de ir es a través de la lectura de novelas que tengan a la ciudad como su protagonista, un autor que me gusta mucho como la describe es Ildefonso Falcones, en sus novelas La Catedral del Mar” y la recién publicada Pintor de Almas.
¡Viajemos juntos!


