Por: Antonio Peniche García
Si realmente queremos cambiar a este país, como comenta el Dalai Lama, hay que empezar por cambiarse a uno mismo.
Vida y muerte son inseparables. La muerte habita todo lo que emprendemos y la vida sólo se justifica y trasciende cuando se realiza en la muerte; pero en la medida en que los mexicanos no sólo nos burlemos, acariciemos y festejemos la muerte, sino que la hagamos verdaderamente parte de nosotros, podremos entonces tomar rumbo.
Comenta Octavio Paz: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”; “[…] cada vez que la vida pierde significación, la muerte se vuelve intrascendente”, y, por último: “…el respeto a la vida humana que tanto enorgullece a la civilización occidental es una noción incompleta e hipócrita. El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Una civilización que niega a la muerte, acaba por negar a la vida.”
Enunciados que son sentencias irrefutables, tanto para la ciencia, como para la filosofía y para cualquier creencia religiosa, sea de aztecas, mayas, budistas, cristianos o incluso ateos; por eso no podemos vivir ignorándola, ya que ella, tarde o temprano, acaba por suprimirnos. Pero es aquí donde, haciendo un alto en el camino, podemos tomar la decisión de ver a la muerte como un paso creativo y no destructivo.
Los budistas dicen que si nos preocupa qué pasará con nosotros después de nuestra muerte, simplemente tenemos que ver lo que somos hoy; y eso mismo es lo que seremos después de ella. Lo que cada quien imagina de sí mismo, en eso acaba por convertirse al morir.
Si realmente queremos cambiar a este país, como comenta el Dalai Lama, hay que empezar por cambiarse a uno mismo. John F. Kennedy lo enfatizó de otra manera: “No preguntes por lo que tu país puede hacer por ti, pregúntate qué puedes tú hacer por tu país”.


