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Cómo la Tierra primitiva conservó el agua durante su formación planetaria

Crónica Puebla por Crónica Puebla
17 diciembre, 2025
en Opinión
Se extingue la estación de gasolina: el planeta Tierra
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Dr. José Manuel Nieto Jalil. Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey.

En las primeras etapas de su formación, hace aproximadamente 4.600 millones de años, la Tierra era un planeta dominado por temperaturas extremas y una dinámica interna altamente energética. La superficie se encontraba cubierta por un océano global de magma, producto de la acreción planetaria, la diferenciación interna y los impactos frecuentes con cuerpos protoplanetarios. Bajo estas condiciones, la existencia de agua líquida en la superficie era físicamente inviable. No obstante, evidencias geoquímicas y modelos recientes indican que el agua ya estaba presente desde fases muy tempranas, no como océanos o atmósfera, sino incorporada en el interior del planeta, confinada en minerales del manto profundo durante el proceso de enfriamiento y solidificación progresiva de la Tierra.

El agua es el hilo invisible que conecta casi todos los procesos que hacen de la Tierra un planeta vivo. Regula el clima, modela continentes, impulsa la tectónica de placas y hace posible la bioquímica que sustenta la vida. Ningún otro compuesto ha influido de manera tan decisiva en la evolución del planeta. Por ello, comprender cómo la Tierra logró conservar agua durante sus primeras etapas, cuando parecía condenada a perderla por completo, constituye una de las preguntas más profundas de la ciencia planetaria.

Durante décadas, la comunidad científica ha debatido el origen del agua terrestre. Algunas hipótesis sugieren que llegó tarde, transportada por cometas y asteroides ricos en volátiles. Otras proponen que el agua estuvo presente desde el inicio, pero logró sobrevivir de algún modo a la violencia térmica y dinámica del planeta primitivo. El problema era evidente: ¿dónde podría haberse ocultado el agua en una Tierra cubierta por magma, sometida a impactos colosales y con un manto aún en proceso de diferenciación?

Recientemente, un estudio publicado en la prestigiosa revista Science presenta nueva evidencia experimental que sugiere que una fracción significativa del agua presente en las primeras etapas de la Tierra pudo haber sido incorporada y retenida en el manto profundo. Los resultados indican que este almacenamiento ocurrió principalmente en la bridgmanita, el mineral dominante del manto inferior, durante la cristalización del océano de magma y la progresiva solidificación del planeta, desempeñando un papel clave en la preservación del inventario hídrico terrestre a largo plazo.

El estudio fue liderado por científicos de la Academia China de Ciencias, encabezados por el profesor Du Zhixue, del Instituto de Geoquímica de Guangzhou. Su trabajo no solo redefine nuestra comprensión sobre el almacenamiento profundo de agua, sino que obliga a reescribir los primeros capítulos de la historia terrestre. La clave del hallazgo reside en la bridgmanita, un mineral desconocido para el gran público, pero absolutamente fundamental para la estructura interna del planeta.

La bridgmanita constituye aproximadamente el 40 % del volumen total del manto terrestre. Se forma únicamente bajo presiones extremas, equivalentes a las que existen a más de 660 kilómetros de profundidad. Durante años, se pensó que este mineral tenía una capacidad muy limitada para almacenar agua, lo que reforzaba la idea de que el manto inferior era esencialmente seco. Sin embargo, esa conclusión estaba basada en experimentos realizados a temperaturas muy inferiores a las reales de la Tierra primitiva.

El equipo de investigación decidió recrear en laboratorio las condiciones extremas del planeta hace unos 4.600 millones de años, cuando la Tierra estaba cubierta por un océano global de magma. Para ello, utilizaron celdas de yunque de diamante, calentamiento por láser y técnicas espectroscópicas de altísima sensibilidad. El reto era doble: simular presiones y temperaturas propias del manto profundo y, al mismo tiempo, detectar cantidades ínfimas de agua en cristales de bridgmanita más pequeños que una décima parte del grosor de un cabello humano.

Los resultados fueron sorprendentes. A diferencia de lo que se creía, la capacidad de la bridgmanita para retener agua aumenta significativamente con la temperatura. Esto significa que, cuanto más caliente estaba el manto primitivo, mayor era la cantidad de agua que este mineral podía incorporar en su estructura cristalina. En las condiciones extremas del océano de magma, la bridgmanita en cristalización actuó como un auténtico recipiente microscópico de agua.

A partir de estos datos experimentales, los investigadores desarrollaron modelos termodinámicos que simulan la cristalización progresiva del océano de magma terrestre. Los modelos indican que, gracias a la elevada capacidad de retención de agua de la bridgmanita a altas temperaturas, el manto inferior pudo convertirse en el mayor reservorio de agua del planeta tras la solidificación inicial. Su capacidad de almacenamiento sería entre cinco y cien veces mayor que las estimaciones previas.

Las cifras son asombrosas. Según las simulaciones, la cantidad total de agua atrapada en el manto sólido primitivo podría haber sido equivalente a entre el 8 % y el 100 % del volumen de todos los océanos actuales. Es decir, una fracción comparable al agua que hoy cubre más del 70 % de la superficie terrestre pudo haber estado oculta durante millones de años en las profundidades del planeta, invisible pero decisiva.

 Este depósito profundo de agua no fue una reserva pasiva. El agua tiene un efecto profundo sobre las propiedades físicas de las rocas: reduce su punto de fusión, disminuye su viscosidad y facilita su deformación. En términos geodinámicos, actúa como un lubricante que mantiene activo el motor interno de la Tierra. Gracias a la presencia de agua en el manto, la convección térmica pudo sostenerse de forma más eficiente, favoreciendo el movimiento interno y, con el tiempo, el desarrollo de la tectónica de placas.

 Sin agua, la Tierra habría sido un planeta rígido y estático, con una corteza inmóvil y un interior lentamente solidificado. Con agua, se convirtió en un mundo dinámico, capaz de reciclar su superficie, regular su clima a largo plazo y sostener una evolución geológica prolongada. Este dinamismo es una de las condiciones fundamentales que permitieron la aparición y persistencia de la vida.

Con el paso del tiempo, parte de esta agua secuestrada en el manto profundo fue liberada gradualmente hacia la superficie mediante la actividad magmática. Las erupciones volcánicas no solo expulsaron lava y gases, sino también vapor de agua, contribuyendo a la formación de la atmósfera primigenia y, posteriormente, de los océanos. Desde esta perspectiva, los mares actuales no serían únicamente el resultado de aportes externos, sino también la manifestación tardía de un agua ancestral que sobrevivió al infierno primitivo gracias a un refugio mineral.

Este descubrimiento no descarta la contribución de cometas y asteroides al inventario hídrico del planeta, pero cambia de forma radical el equilibrio del relato. La Tierra no fue un planeta que perdió su agua y luego la recuperó; fue un planeta que supo esconderla, conservarla y liberarla cuando las condiciones fueron favorables.

Las implicaciones del estudio van más allá de nuestro planeta. Si la bridgmanita puede almacenar grandes cantidades de agua en condiciones extremas, otros planetas rocosos, incluso aquellos que hoy parecen secos o inhóspitos, podrían albergar reservas profundas de agua en sus mantos. En la búsqueda de mundos habitables más allá del sistema solar, comprender estos mecanismos internos resulta tan importante como detectar océanos superficiales.

Los resultados de este estudio aportan un marco interpretativo más robusto para comprender la evolución temprana de la Tierra. Durante sus primeras etapas, el planeta estuvo caracterizado por condiciones físicas extremas, incompatibles con la presencia de vida superficial. Sin embargo, los procesos mineralógicos y termodinámicos que tuvieron lugar en el manto profundo permitieron la retención de agua desde fases muy tempranas, aun cuando la superficie permanecía inhóspita. Este almacenamiento profundo actuó como un mecanismo de preservación del inventario hídrico terrestre durante el enfriamiento y la diferenciación interna del planeta.

Con el transcurso del tiempo geológico, la liberación progresiva de esta agua hacia niveles superiores, a través de la actividad magmática y volcánica, contribuyó a la formación de la atmósfera primigenia y de los océanos superficiales. El análisis de estos procesos sugiere que la habitabilidad terrestre no fue el resultado de un evento puntual, sino la consecuencia de dinámicas profundas, graduales y acopladas entre el interior del planeta y su evolución superficial, establecidas mucho antes de la aparición de océanos estables o de la vida misma.

Etiquetas: opinión

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