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Cuando la luz y la sombra se equilibran

Crónica Puebla por Crónica Puebla
19 marzo, 2025
en Opinión
Cuando la luz y la sombra se equilibran

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JOSÉ MANUEL NIETO JALIL / Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey.

Hoy jueves, el Universo nos regala un instante de perfecta armonía, un respiro en la danza eterna de los astros: el equinoccio de primavera, un fenómeno astronómico que ocurrirá el 20 de marzo a las 04:01 horas, tiempo del centro de México. En ese momento preciso, el Sol se posará sobre el ecuador celeste, trazando una línea imaginaria de luz que dividirá el mundo en dos mitades exactas. Será el equilibrio efímero entre la luz y la sombra, el día y la noche entrelazados en un delicado pacto de simetría.

Este evento marca la transición de la primavera en el hemisferio norte y el inicio del otoño en el hemisferio sur, definiendo no solo los patrones climáticos, sino también fenómenos biológicos y culturales que han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. Durante unas horas, la luz y la oscuridad comparten el mundo en partes iguales, como si el planeta hiciera una pausa en su eterno ciclo de estaciones. En este preciso instante, el Sol cruza el ecuador celeste, alineándose con la Tierra de tal manera que sus rayos inciden perpendicularmente sobre el ecuador terrestre. 

El resultado es un día en el que la noche y la luz se reparten de manera casi idéntica en todo el mundo, un fenómeno que ha cautivado a la humanidad durante siglos. Más allá de su belleza, el equinoccio de primavera es un marcador astronómico fundamental, el punto en el que el hemisferio norte deja atrás el invierno y recibe la primavera, mientras que en el hemisferio sur ocurre lo contrario y comienza el otoño. En términos orbitales, este evento es el resultado directo de la inclinación axial de la Tierra y su movimiento de traslación alrededor del Sol, una danza gravitatoria que regula la existencia de estaciones y ha dictado los ritmos naturales de nuestro planeta desde su formación.

En los polos, el equinoccio de primavera genera un fenómeno astronómico único debido a la inclinación de la Tierra. En el Polo Norte, este evento marca el inicio de un prolongado período de luz, ya que el Sol comienza a emerger tras seis meses de oscuridad. Sin embargo, en lugar de elevarse abruptamente sobre el horizonte como ocurre en otras latitudes, el Sol se mantiene en una trayectoria rasante, desplazándose en un movimiento circular alrededor del horizonte sin amanecer ni ponerse. Durante este día, solo se observa la mitad del disco solar, que parece deslizarse a lo largo del borde del cielo. A partir de este punto, el Sol ascenderá progresivamente hasta alcanzar su punto máximo en el solsticio de verano, cuando el Sol de medianoche dominará el cielo del Ártico y la luz será ininterrumpida durante seis meses.

En contraste, en el Polo Sur, el equinoccio de primavera del hemisferio norte coincide con el equinoccio de otoño en el hemisferio sur, lo que significa que este día marca el fin de seis meses de luz continua en la Antártida. Aquí, el Sol, que hasta este momento había permanecido en el cielo sin ocultarse, comienza su lento descenso en una trayectoria similarmente rasante sobre el horizonte. Al igual que en el Polo Norte, el disco solar no se eleva ni se pone bruscamente, sino que se desliza tangencialmente hasta desaparecer completamente en los días siguientes, dando inicio a la larga noche polar que sumirá a la Antártida en oscuridad durante medio año. Estos patrones de luz extrema en los polos no solo afectan la vida silvestre y los ecosistemas, sino que también tienen implicaciones significativas en el clima global, la formación de corrientes oceánicas y la dinámica de la atmósfera. 

El término equinoccio proviene del latín aequinoctium, que se traduce como noche igual, haciendo referencia al punto en el que la duración del día y la noche son prácticamente idénticas en todo el planeta. Este fenómeno ocurre debido a la interacción entre la inclinación axial de la Tierra, su movimiento de traslación y la geometría de la radiación solar incidente. Durante el equinoccio, el Sol alcanza una declinación de 0 grados, lo que significa que su posición en la esfera celeste se encuentra exactamente sobre el ecuador celeste, la proyección del ecuador terrestre en el firmamento. En este momento, los rayos solares inciden de manera perpendicular sobre la línea ecuatorial del planeta, provocando que la distribución de la luz solar sea simétrica entre el hemisferio norte y el hemisferio sur.

Desde una perspectiva astronómica, este alineamiento es el resultado directo de la inclinación de 23.44° del eje terrestre con respecto a su órbita alrededor del Sol. Durante la mayor parte del año, esta inclinación causa que uno de los hemisferios reciba mayor cantidad de luz solar, dando origen a las estaciones. Sin embargo, en los equinoccios (tanto el de primavera como el de otoño), el eje de la Tierra no está inclinado con respecto al Sol desde la perspectiva de la órbita terrestre, lo que provoca que los periodos de luz y oscuridad sean casi iguales en todo el mundo.

Aunque en teoría el día y la noche deberían durar exactamente lo mismo, en la práctica existen pequeñas diferencias debido a dos factores principales: la refracción atmosférica, que curva los rayos solares y permite que el Sol sea visible incluso cuando está geométricamente por debajo del horizonte, y el tamaño angular del disco solar, lo que significa que la luz de su borde superior alcanza la superficie terrestre antes de que el centro del disco cruce el horizonte. Estos efectos hacen que el día sea ligeramente más largo que la noche, incluso en los equinoccios. Desde un punto de vista astrofísico, este evento también es fundamental en la medición de parámetros orbitales, la calibración de relojes astronómicos y la predicción de fenómenos celestes, ya que marca un punto de referencia clave en la mecánica celeste del sistema Tierra-Sol.

El equinoccio de primavera ha trascendido su naturaleza astronómica para convertirse en un símbolo de renovación y transformación a escala planetaria. Desde una perspectiva biológica y ecológica, este fenómeno marca el inicio de un período de mayor radiación solar en el hemisferio norte, lo que desencadena un aumento en la actividad fotosintética de las plantas y la reactivación de numerosos ciclos biogeoquímicos esenciales para la vida en la Tierra. El incremento en la temperatura y la duración del fotoperiodo induce procesos hormonales en diversas especies vegetales, promoviendo la floración y la producción de polen, lo que a su vez repercute en el comportamiento de insectos polinizadores y otros organismos dentro de la red trófica.

Desde el punto de vista de la neurociencia y la endocrinología, la transición estacional influye en la regulación de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, lo que puede explicar el aumento en la sensación de bienestar, energía y la percepción de estados emocionales asociados con el enamoramiento y la interacción social. La mayor exposición a la luz solar impacta en la glándula pineal, modulando la producción de melatonina y ajustando los ritmos circadianos, lo que tiene efectos directos en la regulación del estado de ánimo y los ciclos de sueño.

A pesar de estos efectos positivos, el equinoccio también marca el inicio de un incremento en las alergias estacionales debido a la liberación masiva de polen en la atmósfera. Este proceso, conocido como polinosis, es una respuesta del sistema inmunológico a proteínas presentes en los granos de polen de árboles, pastos y malezas. Además, el aumento de compuestos orgánicos volátiles liberados por la vegetación puede interactuar con contaminantes atmosféricos, generando partículas secundarias que afectan la calidad del aire y pueden tener implicaciones en la salud humana.

A lo largo de la historia, diversas culturas han asociado el equinoccio de primavera con fenómenos de carácter místico, atribuyéndole propiedades espirituales y cósmicas. En México, numerosas zonas arqueológicas reflejan un conocimiento avanzado de la astronomía, lo que ha llevado a que miles de visitantes acudan a estos sitios para presenciar fenómenos de luz y sombra asociados con este evento. Entre los más emblemáticos destaca la pirámide de Kukulkán en Chichén Itzá, donde el juego de luces proyectado sobre la escalinata norte crea la ilusión de una serpiente descendiendo. Otros sitios incluyen Dzibilchaltún, Palenque, Tulum, Xochicalco, Teotihuacán y Monte Albán. La persistencia de estas estructuras y la continua atracción que generan reflejan la importancia que el equinoccio de primavera sigue teniendo como un evento que conecta a la humanidad con los ciclos fundamentales de la naturaleza y el Universo.

El equinoccio de primavera es mucho más que un evento astronómico; es un recordatorio de que nuestro planeta sigue un ritmo preciso, una sinfonía cósmica en la que cada órbita es una nueva oportunidad de renacimiento. Este equilibrio efímero entre el día y la noche nos invita a reflexionar sobre nuestra conexión con el Universo, sobre cómo la Tierra, en su viaje infinito alrededor del Sol, marca ciclos que influyen en la vida, la cultura y la percepción del tiempo.

Etiquetas: opinión

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