Adolfo Flores Fragoso
Encontré un cuaderno de apuntamientos.
(Apuntamientos, esa palabreja válida, pero extraña, que mencionaba hasta la obsesión nuestro profesor de prepa, Porfirio Rugerio, quien intentó formarnos con las materias de Lógica y de Metodología de la Investigación que, –creo– en muchos casos fracasó. Y me incluyo. Casi tan bajito de estatura como yo, él sí era genial y –cuando andaba de buen humor– fue hasta divertido. Cierro paréntesis).
¿Por qué rescatar los apuntamientos?
No sé.
Ni me interesa saberlo.
O tal vez, sí: sencillamente porque son papeles mal redactados, pero son tinta que revitaliza la memoria.
Como buena leche, o la mala sangre. O al revés.
(Ya que hablo del profe Porfirio, confieso que sufrí su mirada católicamente diabólica, pero también de sus palmadas en la espalda tan alentadoras. Esos golpes que dan alas: alas para abrir la libreta de apuntamientos. Cierro paréntesis).
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El comentario escrito viene al texto, pues Porfirio ideó un documental basado en filminas, diapositivas… ¿Cómo explicarlo a los chavales de hoy?
Un documental en exhibiciones fotográficas fijas y mostradas en un contenedor o “carrusel”, a cámara lenta sobre una pantalla. (Ay, ¿cómo explicarlo a los chamacos de hoy?).
La mía fue una narrativa del entorno del Centro Histórico de la Puebla de los Ángeles.
En aquel tiempo, rodeado de ambulantes y deambulantes.
Algunos, artesanos con vocación.
Bien puestos en sus puestos.
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El comentario viene a manera de contexto –y un remedo de texto–, pues ahí conocí algún par de hermosas amores, cuya historia quedó en cierta trituradora, que quién sabe dónde están.
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Puebla sufrió de terribles epidemias de viruela y tifo entre 1532 hasta 1595.
Nueve en total.
Enfermedades traídas de una Europa antihigiénica, y que arribaron a una Mesoamérica limpia y sana, que vertía sus cuerpos en dos baños diarios (por lo menos), a diferencia de los conquistadores.
Los artesanos nativos eran los más limpios, pues sabían de lo impropio que era trabajar con los barros contaminados.
Daniel F. Rubín de la Borbolla, en su libro Arte popular mexicano, da detalles de lo arriba escrito.
Después les platico.
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Cada vez que camino por la antigua Calle de los Arbolitos (actual 17 Poniente), atraigo el recuerdo de los artesanos que construyeron la Puebla de los Ángeles.
La mayoría, canteros de Calpan, y valientes albañiles con arte personal -lo que hoy llaman “creadores y diseñadores urbanos”- de Huejotzingo, Cholula, Tlaxcala, Texmelucan, y hasta de Texcoco. Incluyo a muchos africanos, negros andaluces. Orgullosamente.
Los constructores de nuestra ciudad española y de los barrios nativos del siglo XVI, lo fueron ellos.
Si hubiera grabado en una Ampex o una Sony la sabiduría de aquellos ancestros, tal vez escribiría otra historia.
“Pero la historia es la geografía de un pasado desconocido e inexplicable”, escribió el historiador Herbert Bolton (alumno irreverente de Frederick Jackson Turner, por cierto), en un apuntamiento del siglo pasado.


