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Detectan por primera vez una atmósfera en un planeta rocoso potencialmente habitable

Crónica Puebla por Crónica Puebla
23 julio, 2026
en Opinión
Detectan por primera vez una atmósfera en un planeta rocoso potencialmente habitable

Fantasy alien planet, scifi 3D illustration

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Dr. José Manuel Nieto Jalil / Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey

            Durante miles de años, cuando el ser humano levantaba la vista hacia el cielo nocturno, contemplaba puntos luminosos sin imaginar que muchos eran soles como el nuestro. Cada estrella parecía distante e inalcanzable; hoy sabemos que alrededor de una gran parte de ellas orbitan planetas. Algunos son gigantes gaseosos mayores que Júpiter; otros, mundos helados o superficies cubiertas por océanos de lava. Entre esa diversidad también existen planetas rocosos cuyas dimensiones y temperaturas recuerdan, al menos parcialmente, a las de la Tierra. La gran pregunta ya no es si existen otros mundos, sino cuántos podrían reunir las condiciones necesarias para albergar vida.

            La Tierra ha conservado condiciones favorables para la vida durante más de cuatro mil millones de años, pero ningún planeta permanece habitable para siempre. Impactos de asteroides, supererupciones volcánicas y cambios climáticos extremos han transformado nuestro mundo en distintas épocas. En un futuro muy lejano, además, la evolución del Sol modificará radicalmente las condiciones del Sistema Solar interior. Si la humanidad lograra sobrevivir durante escalas de tiempo geológicas, tarde o temprano tendría que aprender a vivir más allá de su planeta natal.

            Agencias espaciales y observatorios de numerosos países destinan importantes recursos a localizar planetas donde pudiera existir agua líquida, uno de los ingredientes fundamentales para la vida tal como la conocemos. Telescopios como el Hubble y el James Webb, junto con misiones como Kepler y TESS, han contribuido a responder una de las preguntas más antiguas de nuestra especie: ¿estamos realmente solos en el Universo?

            Aunque todavía no existe evidencia directa de vida fuera de la Tierra, la magnitud del cosmos invita a considerar seriamente esa posibilidad. La Vía Láctea contiene cientos de miles de millones de estrellas y las observaciones de las últimas décadas indican que los sistemas planetarios son comunes. En nuestra galaxia podrían existir miles de millones de planetas rocosos situados en la llamada zona habitable, la región alrededor de una estrella donde, bajo ciertas condiciones atmosféricas, podría mantenerse agua líquida. Sin embargo, la ciencia no se construye sobre intuiciones ni sobre cifras deslumbrantes: necesita evidencias observables.

            Desde el descubrimiento, en 1995, del primer planeta alrededor de una estrella similar al Sol, la búsqueda de exoplanetas ha avanzado a un ritmo extraordinario. En apenas tres décadas se han confirmado miles de mundos fuera del Sistema Solar. Algunos orbitan dentro de la zona habitable de sus estrellas, pero durante mucho tiempo persistió una duda fundamental: ¿habían logrado conservar una atmósfera? La respuesta es decisiva, porque estar a la distancia adecuada de una estrella no garantiza que un planeta sea habitable.

            Por eso resulta tan importante el estudio publicado recientemente en la revista Science. Un equipo internacional encabezado por Collin Cherubim detectó helio escapando de LHS 1140 b, un exoplaneta situado en la zona habitable de una estrella cercana. La señal constituye la evidencia más firme hasta ahora de que un planeta rocoso y templado fuera del Sistema Solar ha logrado conservar una atmósfera. El hallazgo no demuestra vida ni confirma océanos, pero elimina una de las mayores incertidumbres sobre este mundo.

            LHS 1140 b se encuentra a unos 48 años luz, en dirección a la constelación de Cetus. Fue descubierto en 2017 y pertenece a la categoría de las supertierras: posee un radio cercano a 1.7 veces el terrestre y una masa aproximada de 5.6 veces la de nuestro planeta. No es una segunda Tierra: su gravedad, estructura interna y posible contenido de agua podrían ser muy diferentes. Aun así, es uno de los mejores laboratorios naturales para estudiar la habitabilidad planetaria.

            El planeta completa una órbita cada 24.7 días alrededor de una enana roja, una estrella mucho más pequeña, fría y tenue que el Sol. Aunque LHS 1140 b se encuentra considerablemente más cerca de su estrella que la Tierra del Sol, recibe menos de la mitad de la energía que llega a nuestro planeta. Su temperatura de equilibrio se estima alrededor de −47 grados Celsius. Esa cifra parece incompatible con agua líquida, pero no representa necesariamente la temperatura real de la superficie, pues depende de supuestos simplificados y no incorpora por completo los efectos de una atmósfera.

            La propia Tierra permite entender la diferencia. Sin el efecto invernadero natural, su temperatura media sería cercana a −18 grados Celsius; gracias al vapor de agua, al dióxido de carbono y a otros gases, la temperatura global ronda los 15 grados. Una atmósfera suficientemente densa podría elevar la temperatura de LHS 1140 b y permitir que ciertas regiones mantuvieran agua líquida. Estudios anteriores realizados con el James Webb incluso han sugerido que el planeta podría contener una fracción importante de agua y poseer una atmósfera de gases pesados, quizá dominada por nitrógeno, aunque esas interpretaciones todavía no son concluyentes.

            ¿Cómo puede detectarse una atmósfera a casi cincuenta años luz? Los astrónomos aprovecharon el tránsito del planeta, es decir, el momento en que pasa frente a su estrella desde nuestra perspectiva. Durante el tránsito, una pequeña parte de la luz estelar atraviesa las capas superiores de la atmósfera antes de llegar a la Tierra. Los átomos y moléculas absorben longitudes de onda específicas y dejan en la luz un patrón comparable con un código de barras. Mediante espectroscopía de alta precisión es posible identificar esos rastros, aun cuando el planeta no pueda observarse como una imagen detallada.

            El equipo utilizó WINERED, un espectrógrafo infrarrojo instalado en el telescopio Magallanes Clay del Observatorio Las Campanas, en Chile. En las observaciones realizadas en 2024 apareció una señal de absorción asociada con helio que escapaba de la atmósfera del planeta. El resultado fue especialmente significativo porque el helio observado no podía explicarse razonablemente como una característica de la estrella. La señal no volvió a detectarse en 2025, lo que sugiere que la pérdida atmosférica es variable y puede depender de cambios en la actividad estelar o en la interacción entre la estrella y el planeta.

            Los investigadores interpretan que la atmósfera superior estaría dominada por helio y empobrecida en hidrógeno. Gases más pesados y compuestos volátiles podrían permanecer atrapados en capas inferiores mediante procesos de fraccionamiento atmosférico. El helio que escapa sería así la señal visible de una envoltura gaseosa más compleja en capas inferiores.

            El resultado es aún más relevante porque LHS 1140 orbita una enana roja. Estas estrellas son las más abundantes de la Vía Láctea y pueden presentar intensa actividad magnética, especialmente durante su juventud. Sus llamaradas y emisiones ultravioletas son capaces de erosionar las atmósferas de los planetas cercanos. El hecho de que LHS 1140 b, con una edad de miles de millones de años, conserve una atmósfera demuestra que algunos mundos rocosos pueden resistir ese ambiente. Su planeta vecino, LHS 1140 c, más próximo a la estrella y mucho más irradiado, no mostró la misma señal de helio, una diferencia que ayuda a estudiar dónde se encuentra la frontera entre los mundos que conservan su atmósfera y aquellos que terminan desnudos.

            La presencia de una atmósfera no significa que LHS 1140 b sea habitable, y mucho menos que esté habitado. Todavía desconocemos la presión en su superficie, la abundancia de agua, la composición de las capas bajas y la intensidad real del efecto invernadero. Probablemente muestra siempre la misma cara a su estrella, lo que generaría fuertes contrastes entre ambos hemisferios.

            El siguiente paso será estudiar gases como nitrógeno, dióxido de carbono y vapor de agua. Detectarlos permitiría reconstruir el clima y determinar si existen condiciones compatibles con océanos estables. Incluso entonces, encontrar vida será mucho más difícil. Ningún gas aislado constituye una prueba definitiva: el oxígeno, el metano o el dióxido de carbono pueden producirse mediante procesos biológicos, pero también por mecanismos geológicos o fotoquímicos. Una verdadera biofirma requerirá varias señales coherentes, difíciles de explicar sin actividad biológica.

            LHS 1140 b se encuentra demasiado lejos para convertirse en un destino humano con la tecnología actual. El viaje excedería ampliamente una vida humana. Su importancia no consiste en ofrecer un nuevo hogar inmediato, sino en demostrar que los planetas rocosos de zonas habitables pueden conservar atmósferas durante miles de millones de años. Esa posibilidad amplía considerablemente el número de lugares donde la vida podría haber surgido.

Etiquetas: opinión

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