Adolfo Flores Fragoso
Cuenta una leyenda urbana que el mejor Manhattan no lo elaboran en Manhattan. Falso. Sobre la Segunda Avenida estuvo el Veloce, un bar tan neoyorkino (atendido sólo por Pepe y otros mexicanos), a tal grado que ningún turista entraba ahí.
Fatalmente clasista, era punto de acuerdos sólo para habitantes de la City, y no más.
El mejor cantinero, paradójicamente, era Pepe. Un chamaco mexicano –guerrerense– atento, educado y bien portado.
Durante el otoño, el Veloce era el impecable punto de uniones y desuniones del partido de los lunes por la noche.
Sus paredes color marrón eran opacadas por el brillo de una inmensa cantidad de televisores instalados en la contrabarra, la barra y enfrente de la barra.
Ahí conocí, por cierto, a Jane. Una bellísima mujer, gran cronista de su Brooklyn, de inmensas piernas morenas…
Pero esa es otra historia.
El Veloce era una pasarela de corbatas y vestidos amables, pero que no siempre trataron bien a Pepe.
El clasismo y racismo neoyorkino, tan extraño y muy raro, pero muy real, a veces sale a relucir.
Por eso, de una madrugada para otra, lo pintaron todo de blanco, incluyendo el mobiliario y los baños.
Corrieron a la vez a casi todo el personal mexicano. Dicen que todo ordenado por los nuevos propietarios, aunque no lo puedo asegurar.
El coctel Manhattan –obvio– cambió de sabor.
Las tardes de los lunes, previas al juego de esas noches, marcaba otra tradición urbana que establecía comprar una ensalada caliente en el Love Mama. Buscar y no comprar un extraño juguete nada barato en la Toy Tokio, local sobreviviente a un par de incendios, y pasar a revisar las “ofertas” imposibles de souvenirs de The Beatles en cierta tienda, a cuyo nombre han renunciado mis neuronas.
Cierta tarde, pregunté por Pepe.
Nadie me dio razón.
Otro mexicano desaparecido.
¿Extraditado?
¿Autoocultado?
Quién sabe.
Algo tan normal, y anormal.
El Manhattan ya no supo igual.
Tal vez estaba pasado de vermú.


