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El tótem de nuestra democracia

Crónica Puebla por Crónica Puebla
15 noviembre, 2022
en Opinión
El tótem de nuestra democracia

CUARTOSCURO

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La otra cara de la moneda

Antonio Peniche García

El peor de los sistemas políticos se gesta cuando el pueblo es manipulado y decide sin información.

Es el último estado de la degradación del poder, o sea, degeneración de la democracia.

Y se nutre del rencor y la ignorancia. A esto se le llama oclocracia

Polibio

Un tótem se define como un símbolo tallado en madera o en piedra; un objeto que llega a ser sagrado y que sirve como emblema de un grupo de personas.

El totemismo puede apreciarse en el de­sarrollo de sociedades de muchas partes del mundo, a lo largo de varias eras. Es­te tipo de ícono puede tener asociado un gran número de significados y atributos para los seres con los que se vincula.

Se cree que, específicamente, para al­gunas tribus norteamericanas –la pala­bra proviene de la cultura Ojibwa– los animales tallados a lo largo del tótem poseen cualidades representativas de fa­cultades espirituales o fuerzas sobrenatu­rales. Entre las especies adoradas se en­cuentra el lobo, el águila, el halcón, el bi­sonte, el tejón y el oso.

Dejé volar un poco mi imaginación. ¿Qué tipo de tótem pudiésemos tallar los mexicanos si quisiéramos simbolizar con animales a nuestras seis últimas “icóni­cas figuras presidenciales”?

Nuestro nacional-surrealismo –tra­taré, en algún momento, darle una expli­cación a este juego de palabras–, nos ha­ce ser tan creativos e irreverentes. A ve­ces tan kafkianos o dantescos que el re­sultado puede llegar a ser cómico, cruel, afable, irónico, benévolo, hiriente o joco­so. O todo lo contrario….

Los seres humanos, todos, tenemos nuestras luces y sombras. Nos desen­volvemos tratando de salir de nuestras penumbras existenciales. Sólo que hay algunos que tienden más hacia la luz y otros hacia la oscuridad. Y otros se nie­gan a ver la luz.

Carlos Salinas de Gortari. Tal vez sea el hombre que mejor supo rodear­se. Su gabinete me parece el mejor de los tiempos recientes. Llegó a tener una idea clara para construir un México moderno. Nos puso a soñar. Sin embargo, su gran­dísimo error fue el no saber dominar a su propio Satán. A su maldito ego, que le acabó jugando unas pésimas trastadas. Su sexenio es como una criatura que cae presa de sus propias artimañas.

Ernesto Zedillo Ponce de León. Se enfrentó a una grave crisis. La capoteó como un buen torero. Privilegió a las oli­garquías a costa de las mayorías. Técni­camente, no lo hizo tan mal. Pero gober­nar un país no es sólo conducirlo por el camino de la técnica. Creo que un vende­dor de paletas heladas, le hubiera puesto más corazón. Su período gubernamental es como un animal sin alma.

Vicente Fox Quezada. Arribó al poder con un bono democrático tremendo. Con la esperanza de un cambio verdadero. Un cambio real. Tuvo la oportunidad del siglo. Darle a México una nueva constitución. La del siglo xxi. ¿Qué hizo? Su simpatiquí­sima y afable mujer y él mismo se encar­garon de desperdiciar horripilantemen­te, vergonzosamente, esa grandiosa opor­tunidad. Incendiándola en la hoguera de sus propias vanidades y perjudicando te­rriblemente el futuro de nuestra nación. Su sexenio es como un animal sin rumbo.

Felipe Calderón Hinojosa. Obtiene la presidencia a partir de una elección seria­mente cuestionada, por uno de los conten­dientes y por una parte importante de la población. Tuvo un escenario de seguridad muy complicado. Su periodo pudiera ser re­cordado como uno de los más violentos de los últimos 50 años. Predominó el uso de la fuerza por sobre el trabajo de inteligencia. Aunque hay elementos positivos en materia económica, hubo una tendencia desfavora­ble hacia los trabajadores. Su período sexe­nal es como un animal obsecado.

Enrique Peña Nieto. Se sobrepuso a un sinfín de polémicas y cuestionamien­tos de su gobierno en el Estado de México, donde el balance de los derechos huma­nos era ciertamente tenebroso y su agi­tada vida sentimental era blanco de chis­morreos. A pesar de que su aptitud y ca­pacidad para el cargo al que aspiraba, fue severamente cuestionada, el electorado le tendió la mano para que regresara el vie­jo PRI, con la consigna de una renova­ción de fondo. El resultado: un escándalo inmoral. El sexenio más corrupto, desho­nesto, putrefacto de la historia postrevo­lucionaria de México. Su sexenio es como el animal que sustrae cosas.

Andrés Manuel López Obrador. Considerado el primer presidente mexi­cano realmente de izquierda, comenzó su mandato de seis años apoyado por la mayoría absoluta que su coalición disfru­ta en las dos cámaras del Congreso. En­tre gestos de renuncia a algunos atribu­tos dispendiosos del cargo presidencial y prometiendo “no traicionar al pueblo”, al tiempo que dice respetar “el orden le­gal establecido”, su discurso ha logrado lo que nunca se había visto: partir a Mé­xico en dos. En lugar de buscar unir a los ciudadanos en torno a un proyecto de na­ción, ha hecho lo contrario. Es cuestiona­do por su tremendo populismo y aciaga demagogia. Su sexenio ha sido como un animal que sabe camuflajearse.

En este “imaginario cultural” del México contemporáneo, los animales a tallar –no limitados, claro está– en ese tó­tem pudieran ser:

Un asno, una hiena, un cuervo, una rata, un mapache, un buitre, una ré­mora, un lobo con piel de oveja o una sepia –creo que sería válido y hasta razo­nable crear quimeras o, por qué no, ima­ginar unos alebrijes… sobre todo en al­gunos casos–.

El orden, la denominación y la inter­pretación de la irónica alegoría que pu­diese desprenderse de esta “insensata especulación” se la dejo a usted, respe­table lector.

Hace poco escuché unas entrevistas de Zedillo y de Calderón. Criticaban al actual gobierno y aunque en algunas co­sas pudieran tener razón, exigen temas o hacen propuestas que ellos mismos no las hicieron cuando tuvieron la oportunidad.

¿Sería mucho pedir que los expresi­dentes dejaran sus diferencias atrás y se unieran para pedir unidad en torno a México?

¿Sería mucho pedir que dejáramos de criticar y de decir que todo está mal y me­jor concentráramos nuestras energías en proponer cosas positivas alrededor de un proyecto nacional que incluya a todos los mexicanos?

¿Es mucho pedir que las élites empre­sariales, intelectuales, educativas se den a la tarea de proponer una temática para construir un proyecto alternati­vo de Nación al que estamos viviendo y que tenga como consigna principal dejar ideologías partidistas a un lado, que tan­to daño hacen?

¿Es tan difícil pedirle a la ciudadanía que haga una toma de conciencia de que todos somos necesarios para que este país cambie?

Debemos cuestionarnos. Es funda­mental generar una conciencia nacio­nal con el fin de unirnos en torno a un proyecto mexicano. Una idea de pa­tria que nos conecte. Respetando las di­ferentes formas de pensar, pero constru­yendo una aspiración común cuya fi­nalidad sea el bienestar de los mexicanos alrededor de un país más justo, equitati­vo, ecuánime y responsable.

Si no lo hacemos, si no debatimos, si no participamos, una oclocracia pue­da empoderarse completamente del país.

La oclocracia no es “el gobierno del pueblo”, como la democracia, sino “el go­bierno de la chusma y de los peores”. El sistema degenera hasta abandonar la razón y el bienestar general para ejercer como un cuerpo corrupto que conduce a la destrucción, la pobreza, el despresti­gio, la injusticia y a entronizar la maldad y el abuso en el ejercicio del poder.

En El Contrato Social, del filósofo francés Jean Jacques Rousseau, se de­fine esta oclocracia como: “la degenera­ción de la democracia”. El escocés James Mackintosh lo hace como “la autoridad de un populacho corrompido y tumultuo­so; el despotismo del tropel, nunca el go­bierno de un pueblo”.

La oclocracia propicia el robo a los que trabajan y reparte ese dinero entre los vagos, al mismo tiempo que permite a los dirigentes oclócratas una vida de sun­tuosidad y excesos. Los demagogos traicionan, engañan, mienten, despilfa­rran, se endeudan sin prudencia.

Arruinan a los buenos ciudadanos, odian la prosperidad y prefieren gober­nar siempre sobre incultos y pobres, por­que a ellos es mas fácil engañarlos y so­meterlos, que a las personas pensantes, que aprecian la libertad y que cumplen con sus obligaciones.

El arma más efectiva de los políticos de la oclocracia es la ignorancia de los ciu­dadanos. Su objetivo siempre es el mismo: conseguir y mantener el poder.

Para ellos, son odiosas y detestables las leyes que limitan el poder. Siempre pro­curarán burlarlas o cambiarlas. Los de­magogos corruptos buscan cambiar las Constituciones y las han sustituido por decretos, códigos o leyes indecentes que ellos mismos se han encargado de dictar.

Han logrado el control de una ma­sa que cada día piensa menos; que ha dejado de reflexionar y que es empuja­da hacia el vasallaje y la esclavitud por el poder, degradando a la sociedad en ge­neral y marginando a hombres y mujeres honrados y trabajadores.

No hay otro camino para erradicar la oclocracia que la denuncia y participa­ción constante de una ciudadanía res­ponsable. Mantener la libertad, recu­perar el control de los medios de educa­ción y de comunicación deben ser unos de los objetivos trascendentes para implan­tar una auténtica república, no dege­nerada, que imponga la sensatez, la ra­cionalidad y la bondad.

Etiquetas: Andrés Manuel López ObradorCarlos Salinas de GortaridemocraciaEnrique Peña Nietoernesto zedillo ponce de leonFelipe Calderón HinojosaLa otra cara de la monedaMéxicotótemunidadVicente Fox Quezada

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