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Escuchar al Sol: tres misiones para protegernos de sus tormentas

Crónica Puebla por Crónica Puebla
24 septiembre, 2025
en Opinión
Escuchar al Sol: tres misiones para protegernos de sus tormentas
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Dr. José Manuel Nieto Jalil / Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey.

 La humanidad ha aprendido a leer el Sol como quien estudia un corazón abierto: cada latido de su campo magnético, cada ráfaga de partículas, cada estallido coronario tiene consecuencias directas en nuestra vida tecnológica y biológica. Entender cómo nacen, se propagan y nos alcanzan las tormentas solares nos permite anticipar apagones masivos, proteger satélites de navegación y comunicaciones, y blindar redes eléctricas que sostienen desde hospitales hasta sistemas de agua y transporte. A diferencia de huracanes o sismos, el clima espacial se cocina a 150 millones de kilómetros y, aun así, puede afectarnos en minutos. Tener ojos y oídos permanentemente apuntados al Sol es, por tanto, una cuestión de seguridad planetaria.

 Pero hay otra razón estratégica que vuelve urgente esta vigilancia: el regreso humano a la Luna y la proyección hacia Marte. Fuera de la burbuja protectora de la magnetosfera terrestre, la radiación solar y galáctica es más dura y más frecuente; una eyección de masa coronal mal pronosticada puede multiplicar dosis de radiación, saturar electrónica sensible o forzar a una tripulación a refugiarse durante horas en módulos blindados. 

 Diseñar hábitats, trajes, protocolos de alerta y rutas de operación para entornos lunares y marcianos exige, literalmente, ver venir el Sol con horas de ventaja y entender su ritmo con años de anticipación. Eso se logra con una red de observatorios situados en los puntos de Lagrange y en órbitas específicas que ofrecen monitoreo continuo.

 La Luna, carente de un campo magnético global y de una atmósfera densa, es el laboratorio perfecto, y también el más expuesto, para ensayar nuestra convivencia con el clima espacial. Cualquier plan serio de presencia sostenida en la superficie, de minería de hielo en cráteres polares o de radiotelescopios en la cara oculta deberá incorporar modelos finos de flujo de partículas, ciclos de actividad solar y episodios extremos. Marte, aunque posee una atmósfera tenue y un magnetismo residual en algunas regiones, tampoco nos regala protección comparable a la terrestre; sus tormentas de polvo interactúan con la ionosfera y la radiación en maneras aún activamente investigadas. De nuevo, la clave es medir, modelar y anticipar.

 El miercoles 24 de septiembre ha despegado un trío de misiones dedicadas a comprender y vigilar el entorno solar con una precisión inédita. La protagonista es IMAP (Interstellar Mapping and Acceleration Probe), una nave de la NASA que cartografiará los límites de la heliosfera, la burbuja generada por el viento solar que, como un escudo, envuelve al Sistema Solar y modula la radiación cósmica de alta energía que viene del espacio interestelar,  y estudiará cómo se aceleran las partículas cargadas desde el Sol hasta esa frontera lejana. No se trata solo de ciencia básica: IMAP, además, aportará observaciones en tiempo casi real del viento solar y partículas energéticas que alimentarán los sistemas de alerta temprana.

 A su lado viajan dos vigías complementarios. El Carruthers Geocorona Observatory (CGO) observará de manera continua la exosfera terrestre —la geocorona, ese halo tenue de hidrógeno que forma la capa más externa de nuestra atmósfera— para entender cómo responde a las tormentas solares. Esa respuesta habla de intercambio de energía entre el Sol y la atmósfera superior, con implicaciones para drag atmosférico sobre satélites bajos, dinámica de iones y rutas de escape de gases al espacio. Es la primera campaña continua dedicada específicamente a esa región, y llenará un vacío histórico de datos.

 El tercer pasajero es SWFO-L1 (Space Weather Follow-On L1) de la NOAA, un observatorio operacional que tomará el pulso al viento solar y vigilará las eyecciones de masa coronal con instrumentación dedicada, incluyendo un coronógrafo compacto. Su misión es inequívocamente práctica: ofrecer medidas y productos en tiempo real para los pronosticadores del Centro de Predicción de Clima Espacial (SWPC), quienes emiten alertas que usan operadores de redes eléctricas, aerolíneas, constelaciones satelitales y agencias espaciales. Con SWFO-L1, la arquitectura de vigilancia gana redundancia y continuidad frente a veteranos como ACE, SOHO y DSCOVR.

 Las tres naves se ubicarán alrededor del punto de Lagrange Sol-Tierra L1, a unos 1.5 millones de kilómetros delante de la Tierra en dirección al Sol. Esa posición gravitacionalmente ventajosa permite observar el Sol de forma continua, sin eclipses, y “oler” primero el viento solar antes de que golpee la magnetosfera terrestre: una auténtica estación meteorológica de avanzada con minutos a decenas de minutos de margen para afinar pronósticos y activar protocolos. Es el mismo vecindario donde operan o han operado SOHO, WIND y DSCOVR; no es casualidad, es pura física del problema de los tres cuerpos puesta al servicio de la resiliencia

Todo esto sucede, además, en un contexto programático muy claro: la NASA mantiene el rumbo para Artemis II, la misión tripulada que volará alrededor de la Luna antes del alunizaje, con ventana que actualmente se discute entre febrero y abril de 2026, sujeta a evaluaciones de seguridad. Esa cadencia obliga a robustecer ahora los sistemas de vigilancia solar y de alerta, porque en exploración humana los minutos y las dosis cuentan. La lógica es directa: cuanto mejor modelado y monitoreado esté el Sol, más seguros y eficientes serán nuestros cronogramas y decisiones en el cislunar.

 IMAP, el cartógrafo moderno de la heliosfera, no solo mirará hacia afuera, hacia la frontera con el medio interestelar, sino que también conectará esa periferia con el motor interno: el propio Sol. Sus diez instrumentos están diseñados para seguir el rastro de las partículas cargadas desde que se aceleran en regiones de reconexión magnética y choques en la corona y el viento solar, hasta que se tropiezan con el borde heliosférico y más allá. Con ello, IMAP ayudará a resolver problemas abiertos de física de plasmas: ¿en qué condiciones y a qué escalas se energizan los iones y electrones? ¿Cómo varía esa eficiencia con el ciclo solar? ¿Qué papel juegan las discontinuidades y turbulencias en el transporte? Estas preguntas, aunque suenen abstractas, se traducen en algo muy tangible: mejores probabilidades de acertar cuándo un evento será ruidoso pero inocuo o, por el contrario, cuándo cargará suficiente energía para comprometer infraestructura.

 La relevancia de la heliosfera en clave de escudo tampoco es menor. Lejos del Sol, donde ese escudo deja de amortiguar los rayos cósmicos galácticos, la dosis de radiación aumenta. Conocer con detalle la forma, tamaño y porosidad de la heliosfera, si es más parecida a un cometa con cola, a una burbuja hinchada o a una estructura con capas, afecta cómo interpretamos el flujo de radiación que verán sondas interestelares y, por extensión, cómo calibramos riesgos para instrumentación y (en el futuro) tripulaciones en viajes de muy larga duración. IMAP heredará y ampliará el legado de IBEX y las Voyager, ofreciendo mapas de mayor resolución y con más especies de partículas.

 El Carruthers Geocorona Observatory, por su parte, enfocará un problema muy específico y largamente postergado: ¿cómo respira la exosfera cuando el Sol cambia de humor? La geocorona es tan tenue que su brillo en ultravioleta extremo es difícil de aislar, pero es clave para cerrar balances energéticos entre el Sol y la Tierra. Durante tormentas geomagnéticas fuertes, el intercambio de energía y partículas puede calentar la termosfera y modificar la densidad a altitudes donde orbitan muchos satélites, aumentando el rozamiento y alterando sus trayectorias. Medir esa respuesta de manera continua permitirá ajustar modelos de pronóstico que interesan tanto a agencias como a empresas con megaconstelaciones.

 SWFO-L1 completa el triángulo aportando servicio además de ciencia. Su coronógrafo compacto (CCOR) obtendrá imágenes de la corona para detectar y caracterizar eyecciones de masa coronal, mientras que otros instrumentos medirán en sitio el plasma y el campo magnético del viento solar. Integrada en la cadena operacional de NOAA, la información fluirá al SWPC, que emite avisos Kp, alertas de tormentas geomagnéticas y pronósticos que usan sectores críticos: desde la aviación (rutas polares y HF) hasta la industria petrolera (corrientes inducidas en oleoductos) y la agricultura de precisión (GPS diferencial). Es, en esencia, el “radar meteorológico” de una meteorología sin nubes.

Que las tres misiones compartan cohete y destino es algo más que logística; es visión de arquitectura. L1 ofrece la combinación perfecta de geometría y dinámica: allí, los tirones gravitacionales y la inercia rotacional se equilibran de tal manera que una nave puede estacionarse en órbitas de halo y mantener una vista constante del Sol y de la corriente del viento solar que nos alcanzará minutos después. 

Etiquetas: opinión

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