Dr. José Manuel Nieto Jalil / Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey.
Desde los albores de la humanidad, el suelo que pisamos ha sido sinónimo de estabilidad. Pero esa aparente calma ha sido interrumpida, una y otra vez, por fenómenos naturales que nos recuerdan cuán dinámica y viva es la Tierra. Los terremotos, expresiones súbitas del movimiento interno del planeta, han moldeado geografías, extinguido civilizaciones y modificado el curso de la historia. Estudiarlos no solo implica comprender los mecanismos que agitan las placas tectónicas, sino también anticipar sus efectos y proteger la vida humana.
La sismología ha evolucionado de manera vertiginosa en el último siglo. Gracias a redes globales de sensores, modelado por supercomputadoras y análisis de big data, hoy podemos identificar zonas de alto riesgo, simular escenarios y diseñar estructuras resistentes. Sin embargo, aún estamos lejos de predecir con certeza la ocurrencia de un sismo. Esa incertidumbre, sumada a la creciente urbanización de zonas sísmicas, convierte a los terremotos en una amenaza constante. Pero entenderlos también abre la puerta al conocimiento profundo del interior terrestre, su composición y su evolución, lo cual es clave incluso para extrapolar lo aprendido a otros mundos rocosos del sistema solar.
Prueba reciente de esta fragilidad planetaria la tuvimos el 29 de julio de 2025, cuando un terremoto de magnitud 8.8 sacudió la península rusa de Kamchatka. El sismo activó alertas de tsunami desde Japón hasta Sudamérica y desencadenó evacuaciones en múltiples países del Pacífico. Aunque el evento no dejó daños materiales significativos, sí nos recordó que, incluso con tecnología avanzada y redes globales de monitoreo, seguimos expuestos al poder incontenible del subsuelo. Cada terremoto de gran magnitud es, en esencia, una advertencia silenciosa: la Tierra respira, se contrae y se sacude.
De manera paralela, los impactos de meteoritos en la Tierra representan otro tipo de fenómeno sísmico, aunque de origen extraterrestre. A diferencia de los movimientos telúricos convencionales, estos eventos se originan en el espacio y poseen un potencial destructivo aún mayor. La historia geológica del planeta está salpicada de cráteres que testifican encuentros catastróficos con cuerpos celestes. El impacto de Chicxulub, por ejemplo, cambió para siempre el curso evolutivo al propiciar la extinción de los dinosaurios hace 66 millones de años. Comprender la frecuencia, dinámica y efectos de estos eventos no es solo una curiosidad científica, sino una necesidad urgente para la supervivencia.
Hoy sabemos que la mayoría de estos objetos de riesgo provienen del cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, o bien de trayectorias desviadas por efectos gravitacionales. Su detección temprana, el diseño de misiones de defensa planetaria (como la reciente misión DART de la NASA) y el estudio de cráteres pasados nos permiten anticipar escenarios futuros y reflexionar sobre nuestra vulnerabilidad como civilización. La Tierra, en efecto, no es una fortaleza aislada, sino un eslabón más dentro del ecosistema dinámico del cosmos.
Al analizar los efectos de impactos cósmicos, descubrimos que estos no solo generan ondas sísmicas, sino que pueden provocar tsunamis, incendios forestales globales, colapsos atmosféricos y hasta alteraciones climáticas de largo plazo. En ese sentido, estudiar la historia de estos eventos en la Tierra es vital, pero también lo es explorar otros cuerpos celestes que conservan intactos estos registros. Y aquí, la Luna se erige como un laboratorio natural sin paralelo.
A diferencia de la Tierra, donde la actividad tectónica y la erosión borran las huellas del pasado, la Luna conserva cráteres de impacto que tienen miles de millones de años. En su superficie se esconde un registro fósil del bombardeo meteórico del sistema solar primitivo. Estudiar la Luna es, en muchos sentidos, estudiar el pasado oculto de nuestro propio planeta. Además, entender cómo su geología reacciona a impactos o eventos sísmicos, llamados lunamotos, nos da claves para diseñar futuras bases humanas, resistentes y sostenibles, en ambientes hostiles.
Un reciente estudio publicado en Science Advances reaviva el debate sobre la estabilidad geológica de la Luna y las condiciones que deberán enfrentar las futuras misiones espaciales. La investigación, basada en evidencia recolectada en el sitio de alunizaje del Apolo 17, revela que los movimientos sísmicos lunares representan un riesgo real para los asentamientos a largo plazo en nuestro satélite natural.
En 1972, los astronautas de la misión Apolo 17 exploraron el valle Taurus-Littrow, un área caracterizada por su compleja geología y la presencia de fallas activas. Allí recolectaron muestras de desprendimientos de rocas y deslizamientos de tierra, cuyas causas han sido durante años motivo de debate. Gracias a un análisis geológico detallado y a modelos sísmicos modernos, un equipo científico liderado por Nicholas Schmerr (Universidad de Maryland) y Thomas Watters (Instituto Smithsonian) determinó que estos eventos fueron provocados no por impactos de meteoritos, como se pensaba, sino por lunamotos.
Aunque carecemos de una red sísmica en la Luna tan sofisticada como en la Tierra, los investigadores emplearon un ingenioso enfoque indirecto: analizaron la distribución y tamaño de los escombros y la inclinación de las laderas para estimar la intensidad de los sismos pasados. Sus resultados indican que la falla Lee-Lincoln, una fractura geológica que atraviesa el fondo del valle, ha estado activa durante los últimos 90 millones de años, generando eventos con magnitudes cercanas a 3.0 en la escala de Richter.
Esta magnitud puede parecer menor desde una perspectiva terrestre, pero el contexto lunar es muy distinto. En un entorno con menor gravedad, ausencia de atmósfera y estructuras potencialmente más frágiles, incluso un sismo leve puede desencadenar consecuencias graves. Los módulos de aterrizaje altos, como el sistema Starship de SpaceX diseñado para el programa Artemis, podrían ser particularmente vulnerables a vibraciones y aceleraciones provocadas por un lunamoto cercano.
La distribución global de fallas de empuje jóvenes en la Luna, sumada a la continua contracción de su núcleo que genera nuevas fracturas, obliga a replantear las estrategias de colonización. No se trata solo de enviar astronautas por unos días, como en la era Apolo, sino de planificar hábitats permanentes capaces de resistir condiciones dinámicas. Schmerr y Watters estiman que la probabilidad de que ocurra un lunamoto potencialmente peligroso en un día cualquiera es de 1 entre 20 millones. Aunque parece un número bajo, la exposición acumulada cambia la perspectiva.
La NASA, consciente de estos desafíos, ha comenzado a incorporar modelos de riesgo sísmico en la planeación de Artemis. Esto incluye el análisis geotécnico del regolito lunar, la construcción de estructuras semienterradas o protegidas con materiales locales, y el desarrollo de tecnologías de monitoreo sísmico que puedan instalarse en diferentes puntos de la superficie lunar.
Los hallazgos recientes no solo aumentan el nivel de complejidad de vivir en la Luna, sino que refuerzan su papel central en la exploración espacial. Más allá de los riesgos, la Luna sigue siendo nuestro mejor campo de pruebas para la ingeniería espacial, la biología extraterrestre, y la sostenibilidad fuera de la Tierra. Si no logramos mantener una base funcional allí, será mucho más difícil aspirar a vivir en Marte u otros mundos más hostiles.
Además, la Luna guarda una memoria intacta del sistema solar primitivo. Su cara oculta, jamás vista hasta el siglo XX, y su corteza plagada de cráteres y fracturas, podrían contener minerales, agua congelada y registros de partículas cósmicas que jamás llegarían intactas a la Tierra. Cada paso que damos en ella no solo nos prepara para ir más lejos, sino que también nos ayuda a mirar hacia atrás, hacia nuestro origen.
La humanidad está entrando en una nueva era de exploración espacial. Ya no se trata de plantar banderas, sino de construir presencia. Volver a la Luna no es un capricho nostálgico, sino una necesidad estratégica. Es allí donde probaremos nuestros límites tecnológicos, nuestras capacidades médicas en condiciones extremas y, sobre todo, nuestra voluntad de adaptarnos a un entorno que no nos fue dado, sino que debemos conquistar con inteligencia, humildad y ciencia.
Así como los antiguos terremotos moldearon la Tierra y los impactos cósmicos redefinieron la vida, los lunamotos y las fallas geológicas lunares nos invitan a pensar diferente: no podemos repetir los errores de construir sobre terreno inestable sin previsión. Nuestro futuro fuera del planeta comienza bajo nuestros pies, literalmente, y exige que miremos hacia arriba con los pies bien anclados en el conocimiento.


