Lesly Mellado May
Plazas vacías y gritos sin respuesta, esto dejó el COVID este 15 de septiembre como parte de su legado de primeras veces.
En Puebla, la nota la dio a la presidenta municipal, Claudia Rivera, que arengó a su gabinete y regidores a gritar “viva la autonomía municipal” en el patio del palacio, cuando el señor de Casa Aguayo se había marchado.
No lo había visto, al menos en los últimos 20 años: un edil capitalino dando su propio Grito en “privado” a espaldas del gobernador.
No lo había visto, pese a la larga historia de rivalidad entre los ediles y los gobernadores en turno.
El hecho resultó inusual para quienes llevamos el recuento de las fiestas en palacio, pero en Claudia Rivera esto es apenas una cuenta más en su rosario de banalidades y desatinos.
Está a punto de cumplir dos años en el ayuntamiento y no ha logrado dejar huella como la primera mujer de izquierda surgida de una histórica elección que dirige la cuarta ciudad más poblada del país.
El próximo año será la elección y habrá perdido la oportunidad de atraer reflectores hacia su gobierno. En el argot del ayuntamiento capitalino se dice que el primer año es para aprender, el segundo para gobernar y el tercero para hacer maletas.
Está casi por hacer maletas, a menos que logre mantener la buena suerte que la llevó del anonimato a la candidatura y luego a la presidencia en 2018.
¿Y cómo la recordaremos?
Como la primera mujer de izquierda en la presidencia municipal de Puebla, la de los tenis, la declamadora, la gritona solitaria, la que dice gobernar la Ciudad y no el municipio.
Los votantes de Morena depositaron en Rivera la expectativa de que mejorarían las condiciones de infraestructura en las colonias populares y las juntas auxiliares, pero no fue así.
Las militantes de izquierda consideraron que esa mujer aplicaría políticas públicas a favor de la equidad de género, pero les quedó a deber.
Los partidos opositores esperaban que se equivocara y a ellos sí les cumplió.


