Por: Rubén Salazar/Director de Etellekt/ www.etellekt.com [email protected] @etellekt_
¿ Tapar el Sol con un dedo resulta imposible? Para el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), no. El problema es que apenas puede ocultarlo con el pulgar de una mano para sí mismo.
Otra vez lo intentó en vano con las aguas pantanosas de la corrupción que han salpicado el plumaje de sus hijos, luego de que Latinus y Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI) revelaran que su hijo mayor y su nuera, la consultora energética Carolyn Adams, vivían en una lujosa residencia en Houston, propiedad de Keith L. Schilling, en ese momento –conforme la investigación– presidente de una de las compañías de la petrolera estadounidense Baker Hughes, contratista de Petróleos Mexicanos (Pemex), lo que podría representar cuando menos un conflicto de interés, puesto que los familiares de AMLO ocuparon la mansión, con una alberca “que no tiene ni Obama”, un mes después de que ese corporativo, a través de su subsidiaria en México, firmara en agosto de 2019 un contrato con Pemex por 85 millones de dólares.
La noticia cayó como bomba, en una atmósfera política cargada de polarización como la mexicana, en buena medida alimentada por la narrativa de austeridad y honestidad que pregona el presidente de dientes para afuera, y por las frivolidades, el aspiracionismo y el empleo del poder como mecanismo de enriquecimiento personal, de los que acusa a sus opositores, quienes no perdieron la oportunidad de restregarle en su cara al mandatario su incongruencia y doble moral por la lujosa vida de su primogénito exhibida por Latinus y MCCI.
AMLO ya anticipaba el golpe en su toma de posesión, cuando advirtió a sus familiares: “Dejo en claro que si mis seres queridos, mi esposa o mis hijos, cometen un delito, deberán ser juzgados como cualquier otro ciudadano. Sólo respondo por mi hijo Jesús, por ser menor de edad”.
El tiempo ha confirmado sus temores, pero también su retórica, al no proceder contra ellos.
Desesperado y sin un antídoto efectivo, tuvo que recurrir a viejas fórmulas de manejo de crisis que lo ayudaran a escapar del pozo embadurnado de petróleo en el que lo metió su hijo: 1) exonerando a su vástago y a él mismo, de posibles responsabilidades penales por los delitos de ejercicio abusivo de funciones y tráfico de influencias; 2) soslayando el mensaje, a cambio de agredir al mensajero, en específico a los periodistas Carlos Loret y Carmen Aristegui, acusándolos de promover un ataque en su contra y descalificándolos con improperios; 3) aprovechando, como distractores, burdas peleas callejeras virales de actores famosos de telenovelas.
Sin embargo, este repertorio empieza a resultarle poco efectivo. Según datos de la encuesta de El Financiero, publicada hace unos días, la popularidad del presidente disminuyó siete puntos porcentuales en enero de 2022, sin tomar en cuenta el impacto de la casa de Houston.
Tampoco le ha funcionado la estrategia de perseguir judicialmente a sus adversarios por actos de corrupción para opacar los propios, toda vez que esto genera una percepción social de “todos somos iguales” (o lo que es lo mismo, todos somos corruptos). Es decir, lejos de poder desmarcarse del pasado que decía combatir, lo resucita y se sincretiza con él.
¿Qué as le queda bajo la manga? Perseguir a los suyos. Pues a la par del escándalo de su hijo se ventilaron carpetas de investigación que tocan a excolaboradores, a los que despidió por no ser austeros, al descubrirse que en su gestión acumularon casas y propiedades, en México y el extranjero, de manera inexplicable. Las baterías se dirigieron en la semana contra abogados cercanos al exconsejero jurídico de la Presidencia, Julio Scherer –a quien AMLO llamó en público su hermano–, y no tardan en apuntar contra el extitular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Niego Castillo.
Todo con la idea de revivir su lema de “no somos iguales”, pero esta vez limpiando la propia casa para marcar diferencia de lo hecho por sus predecesores. Aunque en realidad, está adoptando un manejo de crisis idéntico al de Enrique Peña Nieto para brincar el tsunami de la casa blanca, adquirida por su exesposa, Angélica Rivera, a un contratista y empresario cercano al mexiquense, cuando no le quedó de otra que emprender una cacería en contra de gobernadores corruptos de su partido, a los que usó de chivos expiatorios.
Lo cual no le fue suficiente para impedir la derrota del PRI en 2018 y evitar ser recordado como el presidente más impopular desde la Revolución. Pues lo que en realidad planeaba Peña Nieto era dejar el poder en manos de alguien que le garantizará inmunidad, decantándose por López Obrador, no sin antes dejarle a AMLO algunas piezas sacrificables como Rosario Robles o Emilio Lozoya, para que el pacto de impunidad con el tabasqueño no luciera tan obsceno y descarado.
Este plan de fuga, parece estar siendo retomado por el actual titular del Ejecutivo federal, en caso de que Morena termine pagando con creces el costo político de la deshonestidad y frivolidad crecientes en la autollamada cuarta transformación. Las opciones que tiene a la vista para alcanzar un nuevo pacto de impunidad están a la vista.
Por un lado, Claudia Sheinbaum, en cuyo equipo de trabajo se han enquistado personajes vinculados a las administraciones de Felipe Calderón y Enrique Peña (quienes también establecieron su propio pacto de impunidad), sin que López Obrador haya respingado por eso.
Por otro lado, Movimiento Ciudadano (MC), en donde figuran el gobernador de Nuevo León, Samuel García; el alcalde de Monterrey, Luis Donaldo Colosio y Riojas; sin descartar al canciller Marcelo Ebrard como candidato externo bajo estas siglas.
La mala noticia para AMLO respecto a la segunda opción, es la decisión de MC de no establecer alianza alguna con los partidos tradicionales por su baja reputación ciudadana. Lo peor que podría hacer el partido naranja es aceptar ese tipo de negociaciones oprobiosas, pues de seguir las cosas como van en Palacio Nacional, quizá ni siquiera las necesite para ser competitivo en 2024. Al final, en algo tiene razón el presidente, al expresar que él y su movimiento “no son iguales” al conservadurismo neoliberal. Me temo que son mucho peores.


