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La pluma fuente de un rey o las nimiedades del poder

Crónica Puebla por Crónica Puebla
27 septiembre, 2022
en Opinión
La pluma fuente de un rey o las nimiedades del poder
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La otra cara de la moneda

Antonio Peniche García

Casi todos podemos soportar la adversidad,

pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder

Abraham Lincoln

Alguna vez escuché esta estupen­da frase: “La grandeza de un ser humano se conoce por las co­sas que le hacen enojar”.

No es nada fácil tenerla siempre en cuenta. Se requiere de paciencia y de una conciencia despierta para forjar un carác­ter sensato, prudente, serio y fuerte.

Un carácter fuerte no es lo mismo que encabronarse por todo.

“La mayoría de la gente dice que es el intelecto lo que hace a una gran per­sona. Se equivocan: Es el carácter”: Al­bert Einstein.

Elizabeth II del Reino Unido llegó al trono de manera totalmente circunstan­cial, cuando su tío Eduardo VIII prefirió el amor de una divorciada en lugar del trono.

Siendo ya su progenitor, Jorge VI, mo­narca del reino, la princesa Elizabeth con­venció a sus padres de que la dejaran ayu­dar a su país, durante la 2ª Guerra Mun­dial. Por supuesto, no fue enviada al fren­te. Pero aprendió mecánica. Ayudaba a reparar vehículos militares y logró, con su ejemplo, que muchas mujeres se in­volucraran de manera comprometida en apoyar a su nación.

La reina forjó su carácter ante situa­ciones complicadas y complejas. Fue co­mo el pegamento, o la levadura de un pas­tel, en un reino que tuvo que vérselas con una sociedad y una economía devasta­das por la guerra. Y aunque su papel no era de mucha acción en el manejo del go­bierno, siempre cumplió de manera com­prometida con las tareas que tenía a su cargo.

Jamás se le vio haciendo caras a al­guien. Figura indiscutible del flemático carácter inglés, fue cuestionada fuerte­mente durante la muerte de quien fuera su nuera, Lady Diana Spencer.

Su pueblo quería que mostrase algún tipo de sentimiento ante la pérdida de una figura adorada no sólo por sus súbditos, sino por el mundo entero. Lo entendió en su momento.

No soy partidario de cómo se han ma­nejado las monarquías desde hace mucho tiempo. Dado que la nobleza se adquiría por acciones, comportamientos y hechos. No por herencia.

Creo que la meritocracia debería estar en el centro de nuestro desarrollo huma­no. Por supuesto, asumiendo las respon­sabilidades que eso conlleva. A mejores talentos, mayores los compromisos y obli­gaciones ante la sociedad.

Sin embargo, debo de reconocer que Elizabeth II fue una persona que logró trascender porque entendió su lugar. Fue una mujer que supo contener. Jugó su pa­pel con decencia y elegancia.

La siguiente anécdota me fue contada por Melissa Álvarez, directora de ICON Group y consultora en Imagen Pública, durante un curso que tomé con ella de co­municación organizacional, imagen polí­tica y protocolo.

Ilustra perfectamente la gran catego­ría y fina educación de quien fuera hasta hace poco la soberana del Reino Unido.

Corría el año de 1975. Luis Echeverría Álvarez era el presidente de México y visi­taba oficialmente Inglaterra. Durante la cena ofrecida en su honor por la monar­ca, se sirvió un platillo, seguramente un hors d’ouvre, donde fue necesario utilizar las manos (mariscos, unas manos de can­grejo, tal vez; no tengo el dato exacto).

Antes de continuar con el banque­te, fue puesto frente a los comensales un aguamanil. También conocido como en­juagadedos. En francés rince-doigt o en in­glés finger bowl.

Normalmente servido con agua tibia, una rodaja de limón o pétalos de rosa, es­te pequeño recipiente sirve para enjua­garse los dedos. Echeverría, al no tener idea de lo que era… ¡se bebió el agua del pequeño tazón!

Seguramente pensó: “Estos ingleses y sus raras costumbres”.

¿Qué hizo la anfitriona ? La reina Isa­bel, para no dejar en ridículo y exhibir a su invitado de honor, se bebió el agua de su propio finger bowl. Cosa que imitaron, a su vez, todos los comensales.

A eso se le llama tener clase y cate­goría.

El día que Carlos III firmó el documen­to que lo iba a nombrar rey tuvo dos be­rrinchudos desplantes. Algo que nunca se le vio hacer a su madre.

Con cara de “fuchi” y una actitud to­talmente displicente y prepotente, le pi­dió al huissier, quien le asistía, que le re­tirara el soporte de la pluma. Le estorba­ba para firmar.

Poco después, maldijo porque se equi­vocó al escribir la fecha, y la pluma fuen­te con la que estaba firmando le manchó los dedos. Camilla Parker tuvo que salir a su rescate.

No fue la mejor manera de iniciar un reinado. Es muy poco tiempo para hacer una evaluación. Pero ojalá haya hereda­do algo de la esencia y valía de su madre.

Mientras tanto, casi al mismo tiempo, fuimos testigos, en nuestro país, de una de las actitudes con menos clase política que me haya tocado ver.

No soy experto en protocolo. Entre franceses, lecturas y uno que otro curso, algo debo de haber aprendido. Al final, lo que ayuda mucho… muchísimo, es el sen­tido común.

Que una oficial del ejército retire de la comitiva a los representantes del Po­der Legislativo, Santiago Creel, presiden­te de la Cámara de Senadores, y Alejan­dro Armenta, del Senado, exhibió una falta de categoría total de la o las perso­nas responsables del protocolo en el even­to pasado.

Si hubo un error y solamente los secre­tarios de Marina y de la Defensa Nacio­nal eran los que tenían que acompañar al titular del Poder Ejecutivo, debieron de haberlo asumido y buscar solventarlo de una manera menos obvia y más digna.

Hay que ser muchísimo más cuida­dosos de las formas políticas y del propio protocolo. Alguien debe poner atención. Nadie está obligado a saber todo. Pero la persona encargada de las políticas pro­tocolarias debe de supervisar cada acto.

No puedes instruirle a una oficial de rango medio que se encargue de con­minar a los líderes de las Cámaras a que abandonen la comitiva.

México es un país que merece estar a la altura. No sólo protocolariamente ha­blando. En muchos otros menesteres.

No eran Juan y Paco de los Palotes los que acompañaban al presidente.

En fin, en todos lados se cuecen habas, diría mi abuela.

Lo que no se vale es despreciar e igno­rar las altas tareas de gobierno. Las razo­nes de Estado son mucho más importan­tes que las nimiedades a las que se enfren­tan los hombres y mujeres en el poder.

Y si no tienen la paciencia, la capaci­dad y el carácter, que se hagan a un lado.

¡Qué Dios salve a la Reina y se acuer­de de México!

Etiquetas: Carlos IIIElizabeth IILa otra cara de la monedareino unido

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