Dr. Anselmo Salvador Chávez Capó / Profesor Investigador de la UPAEP
Uno de los efectos de la inflación se hace evidente cuando se adquieren los bienes y servicios disponibles: es no solamente el encarecimiento de los precios, sino la manera en que las empresas enfrentan este fenómeno económico con disminución de sus costos, optimización de las rutas de distribución o sustitución de importaciones, entre otros.
Una acción reciente y cada vez más recurrente de las empresas es la reduflación, la cual se consiste en reducir la cantidad de producto que se vende al consumidor manteniendo –o incluso elevando, en algunos casos– su precio.
Este recurso se ha sistematizado y sofisticado en los últimos años; por eso es más frecuente que una gran variedad de productos como botanas, refresco, leches, jugos pan o pastelitos tengan un menor tamaño y eventualmente sean más caros.
Un ejemplo lo vemos en las marcas de chocolates. La disminución promedio del gramaje en una barra de este producto ha sido del 12 por ciento, aunque han mantenido su precio promedio.
Es importante señalar que esta es una práctica completamente legal en la medida que se informe al consumidor de manera clara y evidente la cantidad que se esté vendiendo.
No obstante, esta acción puede convertirse en problema para las empresas, ya que aunque puede darle beneficios económicos a corto plazo, en periodos de alta inflación la subida de precio como el cambio de composición o de ingredientes del producto le implica estrategias difíciles de implementar y hasta le pueden ser contraproducentes.
Sin embargo, cuando el consumidor percibe que se ha echado mano de este recurso, puede sentirse engañado, perder confianza en la marca y buscar alternativas.
Por lo anterior, cuando la próxima vez abras ese pastelillo que hacía muchos años no consumías, lo veas y piensas.
¿Por qué esta más pequeño que cuando lo comprabas hace algunos años?
La respuesta es: bienvenido a la realidad, has sido víctima de la reduflación.


