Por: Alejandro Cañedo Priesca
Escuchar la palabra “París” siempre nos recuerda un lugar para ir a ver no solo sus monumentos, grandes bulevares y edificios, sino también la vida de aquellos que están ahí siempre.
En muchas guías de viaje siempre se menciona como obligatorio, si estás en París, visitar Notre Dame, la torre Eiffel o el museo del Louvre, sin embargo me gusta insistir a los viajeros que nada es a fuerza, que viajar es un acto de libertad que conjuga la experiencia de ver lo que anhelamos y comprender cómo viven aquellos que están ahí.
Y si en algún momento pasamos varias horas sentados en un café de la zona de la ópera de París puede ser que tengamos más alegría y entendimiento de las costumbres parisinas, que estar formados para subir la torre o conocer la Mona Lisa.
Porque ver pasar a los parisinos y observar desde nuestra pausa en la vida lo cotidiano de otros nos permite tener un verdadero descanso del cuerpo, la mente y el espíritu y regresar relajados y con más ideas, aprovechando lo que un amigo italiano dice de la vacaciones: “viajar es también es el ocio inteligente”, ya que algunas veces las mejores ideas ocurren cuando estás ajeno a tu vida normal.
Y si ya tuviste tiempo para ver pasar la vida, también puedes disfrutar un recorrido por aquellos lugares que más te den ganas ver, y posiblemente descubrir tesoros de París que no estén como “obligados” y que te permitan sentir el pulso de la ciudad que algunos dicen que es la más romántica de Europa.
El viñedo de Montmartre, la Saint Chapelle o el Passage Couverts son espacios para la reflexión, la tranquilidad y para ser visitados sin aglomeraciones, aunque ir un rato al Louvre puede dejar un buen sabor de boca. “Abrázame fuerte y hazlo rápido, este hechizo que me has lanzado, esto es la vida de color de rosa” La vida en rosa, Édith Piaf Viajemos juntos.


