Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
La palabra “condenado” proviene de otra palabreja del latín surgida como ‘condemnare’: aquel que es sentenciado por una acción que ha dañado (‘damnare’) a alguien.
Paradójicamente, hoy estamos condenados a vivir en la ciudad de Puebla.
Líneas abajo explicaré esta sentencia.
En tanto, recurro a José José:
“Me has condenado, amor, porque vivo pendiente de ti y ya no sé quien soy porque todo lo fui junto a ti…”
(Linda etimología. Casi como escrita por Sor Juana. O por Elena Garro. O cantados por la Paquita La Del Barrio ).
…
La ciudad de Puebla ya está inmersa en una ruda oscuridad.
Y vivimos en un inseguro y violento caos, peor que una ruda paliza en la Arena Puebla.
O en Bosques de San Sebastián, o en Lomas de Angelópolis –las peores– o en el Jardín de El Carmen.
(Este artículo suena ya a ambientalista. Mejor ir a otro grano. De maíz transgénico).
…
Puebla fue una ciudad de cantinas donde los compas terminaban a golpes o a besos furtivos entre ambos. “Nomás no haga el barullo con la comadre”, se advertían, antes del siguiente beso.
Entre compadres.
Pero de ahí, no pasaba a más.
Sin barullos descobijados por el tufo de la violencia.
Hoy, nuestra angelical ciudad vive de asaltados, anónimos golpeados, cristalazos innecesarios, mujeres violadas y desmembradas, embolsados…
Culmino la lista, por el bien de Puebla.
(Y de todos los poblanos).
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Cierta noche asistí a una boda de una pareja fifí, en el Hoy occiso hotel Camino Real.
Hubo un inusual largo retraso en el arribo de los novios, por lo que decidí dirigirme a un concierto de rock programado en el café Profética (a menos de una calle de distancia).
Vestido de smoking, pude estar en la primera fila. Tarareando un intenso hard rock.
Terminada la actuación del grupo de mis amigos músicos, retorné al muy inmensamente exclusivo ágape.
Cual “La aventura de Sofía” –descrita en memorable novela de Paul Claudel–, el “cadenero” no me permitía entrar: “Como que usted huele a mariguana…”, dijo el intento de masculino edecán.
“Vengo de un ambiente donde escuché muy buen rock, no fumo, pero conviví con la banda”, le respondí.
Dio un ligero puñetazo a mis costillas.
Recurrió a mi auxilio el educado padre de la novia.
Después de su disculpa –y de la fiesta–, charlamos del jesuita escolástico André Billy, quien trascendió más como novelista que como religioso ejemplar.
Los vinos fueron mejores que la cena aquella noche. Por cierto.
(Aclaro que no robé el centro de mesa).
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Una patrulla de la policía municipal fue el escenario callado para golpear a un ciudadano poblano.
En pleno Centro Histórico de esta ciudad.
Qué triste mi cobardía para tomar una fotografía.
Estaba de frente al set de tan violenta escena, pero…
(A ese grado, somos unos condenados).
…
Estamos condenados a vivir nuestra Puebla de hoy.
Guardados mejor en la mesa del rincón.
De un rincón que está mejor en una habitación.
Viviendo de una mirada que sabe a amor.
Protegidos de esos condenados.
Siendo nosotros, también, los condenados.


