Por: Lic. Guillermo Pacheco Pulido
Es relativo
El ilustre abogado oaxaqueño Alejandro Gómez Arias, escritor, catedrático universitario, excelente tribuno, pronunció un magnífico discurso en la Plaza de la Constitución (DF) el 11 de octubre de 1942, al recibir los restos mortuorios del autor de la letra de nuestro Himno Nacional.
Cuando nuestro país requiere de mayor unidad es necesario recordar que existen valores sociales que debemos exaltar, para fortificar dicha cohesión, por ello hablaremos hoy de nuestro Himno Nacional transcribiendo el discurso mencionado:
“México recibe hoy los despojos –cuanto queda de la materia morta– de uno de sus hijos más ilustres, para reunirlos con los de su compañero de gloria, el poeta potosino González Bocanegra.
En esta mañana de dorada belleza y formando uno de los más grandiosos espectáculos que haya sido posible contemplar en no importa qué hora, qué tiempo de nuestro México, se congrega reverente el pueblo de la nación junto a esto: sólo un poco de cenizas y polvo.
Pero si es así, ¿quiénes fueron estos hombres que tienen el poder de convocarnos, cuyas sombras hoy nos reúnen? No se trata, ciertamente, de héroes en el sentido vulgar de la palabra. No conquistaron imperios ni alcanzaron riquezas: fueron sencillamente algo más, fueron artistas que en un momento de sus vidas supieron recoger las aspiraciones de este pueblo trágico, dolorido y glorioso. La vida de Nunó, como la de Bocanegra, transcurrió acaso entre el drama y la aventura de todas las vidas; un poco de fe, de optimismo a veces, de esperanzas y tristezas otras. Existencias serenas, sin embargo, iluminadas por un relámpago y que, gracias al milagro del genio, un día encarnaron a la nación, fueron como la nación misma y hallaron aliento para construir el Himno que arrulla la vida de este pueblo.
¿Qué es un Himno? Un Himno es el eco de los quereres, de las pasiones y del dolor de un grupo humano; en él se concretan las vagas aspiraciones de una raza, de una nación, de un alma colectiva definida y grande. Cuando lo escuchamos es como si oyéramos la voz de la patria; entonces con un escalofrío de muerte nos asomamos al pasado y al mismo tiempo el sonido del canto da a nuestro espíritu no sé qué extraño poder para avizorar el futuro. Si cuando de las gargantas infantiles se escapan esas notas, parece que, elevándose a los cielos, surge la voz poderosa, invencible, de la patria.
Hay en sus estrofas y en sus arrebatadoras notas algo que los roncos cuernos de las tribus salvajes y un eco de las grandes civilizaciones indígenas, un poco de los fúnebres acentos rituales, de los sombríos sacrificios que esta misma plaza contemplo y mucho de la aventura luminosa, ilustre, de Quetzalcóatl. Destellos y sombras. Es el Himno Nacional.
Pasan los tiempos, corren los días y sobre el lago lleno de azules misterios se dobla la flor más pura de su raza. Cae Cuauhtémoc, el joven glorioso; sobre las ruinas humeantes, Vasco de Quiroga, Las Casas y 100 santos más, elevan una cruz y enseñan a orar en el más hermoso de los lenguajes de Occidente. Y es el Himno Nacional.
Se escuchan las trompetas victoriosas del sur que proclaman los triunfos de Morelos y presagian su martirio; el desastre del Puente de Calderón es sólo el prólogo de fuego del drama, cae prisionero el Anciano en el desierto cruel, pero su cabeza enrojecida, clavada en lo algo, anuncia y alumbra como un sol el nuevo día. Ha nacido una nación. Y es el Himno Nacional.
Levanta más tarde la antorcha –lenguas ardientes de la libertad de pensamiento– nuestro pueblo; vive Juárez, indio indomable, la dura epopeya de su raza ofendida. Y esto es una estrofa del Himno Nacional.
Cae en Querétaro, ¡que en sueños se desvanecieron como el humo de la descarga! en aquella mañana –neblinas y gloria– el Archiduque, y la terrible escena es un eco del Himno Nacional.
Porque en las estrofas del majestuoso canto, el poder del bate supo concretar la historia de la patria, lo mismo el pasado remoto que el incierto presente; lo mismo el lejano ayer, que era apenas el despertar de la nacionalidad, que los azares que dieron formas a la República o las gestas gloriosas de la Revolución que demandó dignidad para el mexicano, tierra para el campesino y una vida mejor para todos.
Pero no solamente eso, ¡que es tanto!, es el Himno Nacional. Si así fuera sería nada más un canto guerrero, sin duda el más bello que nuestros oídos puedan percibir y nuestras gargantas entonar. Pero está hecho también de la misma materia de los dramas humildes, de las pequeñas tragedias de la vida humana: del dolor de la madre que sueña, impotente, en un destino glorioso para el hijo que está en la cuna; de la angustia de la amada que no haya inspiración ni aliento para el amado a quien anhela ver consagrado en bronces e inmortalizado en mármoles; está formado, también, por lo que despertó en la fresca fantasía infantil cuando, niños en la escuela, lo escuchamos; esta tejido por lo que, ¡magia de aquella mañana purísima!, soñamos ser y la dura realidad cortó. El Himno Nacional es también, ¡que melodía de infinita ternura!, el conjunto de todos los dolores y todas las esperanzas, las ambiciones y los fracasos de este pueblo.
Una feliz postura humana frente a lo desconocido, un mito estimulante que surge de los horizontes más antiguos y se arrastra a través de religiones milenarias para consolarnos siempre, piensa que el espíritu sobrevive a la materia y es más poderoso que está deleznable y pasajera. Confiemos en la vieja creencia, admitamos hoy, que los mismos espíritus, los manes gloriosos de Bocanegra y Nunó un día –el presente– como impulsados por la voluntad poderosa del genio de la patria se levantan para crear un México feliz – excepción de claridad en la tiniebla del mundo–, un México nuevo. Escuchad el Himno con devota atención, descubrid su simbólico mensaje, porque el canto de la República es también un programa de vida, una ruta.
Habla de paz evocando, ceñida de oliva a la patria que señala las horas –quizá éstas– de la construcción, del meditar y el trabajo fecundo; habla del soldado que en cada hijo existe, y ésta es, quizá, la hora de la defensa, de la amarga decisión militar; habla también de la unión nacional y la libertad como la más pura, noble y alta conquista de nuestros mayores.
Juventud divina de mi México, que reunida en el ámbito más íntimo, en el mismo corazón de la nación, en esta plaza que es un templo, ¡y cual tuvo jamás una bóveda más alta y más azul!, vez hoy en desfile solemne pasar los restos de nuestros dos grandes cantores. Vosotros, jóvenes, seréis más felices que quienes aún nos debatimos en la bruma: vosotros alcanzaréis un nuevo día, la mañana de un México mejor que encontrara a los hombres unidos en un solo impulso, constructores con fe de una nación poderosa y grande.
Pensad que este Himno que hoy nos congrega, no morirá jamás. Cien abriles harán con nuestra sangre y nuestros huesos florecer nuevas plantas y crecer la pesada espiga; cien inviernos pasarán irisando con su mano de cristal la cumbre de nuestras montañas nevadas, y aún vivirá este Himno.
Juventud de México: enseñad a vuestros hijos mañana cuando hoy os dice el conmovido corazón, para que sobre la marcha de las generaciones que han de sucederse interminables, se perpetúe y brille alta nuestra bandera, que es el símbolo de nuestras esperanzas, de nuestras desesperanzas, de nuestros odios, de nuestros amores.
¡México vivirá, eternamente arrullado por un Himno y envuelto perennemente en su bandera!”


