Agenda Ciudadana
Jorge Alberto Calles Santillana
El escenario que presenta México en estos momentos es expresión clara del gobierno lopezobradorista, a la vez que advertencia hacia el futuro. Los intentos cada vez más feroces por desaparecer a las instituciones independientes, la instauración del insulto como recurso primordial de comunicación, los conflictos de interés y la abierta corrupción con la que se manejan las operaciones gubernamentales, las campañas ilegales y desaseadas de los aspirantes morenistas a la presidencia, así como las múltiples violaciones a los derechos humanos, el crecimiento de los negocios y el poder del crimen organizado y la visible corrupción de los altos mandos militares, consecuencias todas del empoderamiento del ejército, exhiben que la transformación de López Obrador ha resultado peligrosamente regresiva y que podría extenderse con consecuencias incalculables.
El éxito de López Obrador se debe a que inteligentemente consiguió empoderar a su personaje, gracias a la coincidencia de varios factores. Por una parte, la popularidad que le redituó su contacto, durante años, con los grupos más golpeados y más vulnerables. Por otra, el rencor que los gobiernos anteriores se granjearon a pulso por su incapacidad para imaginar mejores soluciones a los graves problemas nacionales y por no saber entablar procesos comunicativos directos y cercanos con la población. También, la poca empatía que mostraron con la población más desfavorecida y, finalmente, el poder de la cultura política autoritaria, profundamente arraigada en nosotros los mexicanos.
Así, en un contexto de insatisfacción, hartazgo y el sentimiento generalizado de desprecio por parte de la clase política, emerge López Obrador como un héroe limpio y decidido a enderezar el barco. Al discurso ininteligible, López Obrador opuso uno basado en simplismos. El único problema era la corrupción, dijo. Al desaparecer, México avanzaría hacia el bienestar. Habría sido un discurso muy inteligente, si discurso de campaña fuera. Lo que no supimos leer entre líneas es que los simplismos no habían sido elaborados con fines persuasivos; eran expresiones honestas. Así pensaba, así piensa López Obrador. Peor aún: fuimos incapaces de dimensionar la peligrosidad de llevar al poder a quien cree ser un personaje viviente de la historia, un redentor.
Llegó al poder y descubrió que el personaje que promovió sólo tenía sentido desde la oposición. Cuestionar y prometer son tareas fáciles si se goza de carisma y popularidad. Decir un día una cosa y contradecirla al día siguiente no tiene impacto porque, en esas circunstancias, los discursos son sólo palabras. Una vez en el poder, debería cumplir lo que tanto había prometido; pero habría tenido que transformar su personaje. Tarea difícil, pero también cruenta, para quien está acostumbrado a que su dicho sea tomado por hecho. Descubrió, pues, que pese a lo que siempre ha sostenido, gobernar sí requiere ciencia, y mucha. Dar un salto cualitativo de activista a estadista es algo más que una hazaña: muy pocos han podido hacerlo, Nelson Mandela entre ellos.
Prevaleció el activista, el personaje que se cree forjado en un devenir histórico que se asume objetivo, lineal e incontenible. Por tanto, tenía que seguir enfrentando al poder, el poder maligno. Acostumbrado a aferrarse a sus objetivos y salir victorioso decidió continuar la marcha, apegarse a su exitoso método. Decidió mantenerse como vocero de ese su pueblo imaginario y someter a sus enemigos. Eso sería gobernar. Desde entonces arremete contra políticos de sexenios anteriores y actuales no morenistas, contra las instituciones creadas para procurar equilibrios de poder, los medios de comunicación, los intelectuales, los científicos, las feministas, los defensores de diversidades sexuales y culturales, padres de familia, defensores de derechos humanos, etc. No cambió, exacerbó su discurso agresivo. Recordemos que le gritó a Fox “ya cállate, chachalaca”. Ahora, todos los días, a toda hora repite eso con otras palabras. Quiere a una sociedad civil muda, pasiva, que haga filas quincena tras quincena para recibir apoyos y ofrecer su voto cuando le sea requerido. Quiere una sociedad civil silenciosa, que no interrumpa su palabra, la única válida.
México no es el México sencillo en el que él creció y que cree que puede revivir. México es complejo y, a diferencia de aquella época, maneja ya muchos lenguajes, muchos discursos, complejos todos ellos y contradictorios algunos con otros. Esa sociedad civil no se va a callar, aunque los intentos se están haciendo. La permanencia en el poder del grupo de López Obrador dará continuidad a los esfuerzos por sumir en el silencio a la sociedad civil. Los excesos del secretario de la Defensa podrían resultarle favorables a los empeños del presidente: las armas promueven –con mucha facilidad– el silencio.


