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Pensar con máquinas: ¿nos hace más inteligentes la IA?

Crónica Puebla por Crónica Puebla
27 agosto, 2025
en Opinión
Pensar con máquinas: ¿nos hace más inteligentes la IA?

Especial

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Dr. José Manuel Nieto Jalil.

Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey.

Imagina que llevas un exocórtex en el bolsillo. No es ciencia ficción: es el teléfono que te sugiere la mejor ruta, traduce en segundos, responde dudas y hasta redacta borradores con ayuda de modelos de inteligencia artificial. Ese entorno de herramientas no solo resuelve tareas; también reconfigura qué recordamos y cómo pensamos. Cuando sabemos que la información está disponible a un toque, el cerebro deja de guardar muchos datos y aprende, más bien, a recordar dónde encontrarlos. Externalizamos memoria y parte del razonamiento hacia la red socio-tecnológica que nos rodea.

El cerebro humano es un órgano costoso. Pesa cerca del 2% del cuerpo, pero en reposo consume alrededor del 20% de nuestra energía. A lo largo de millones de años ese motor creció en volumen y complejidad: de cerebros modestos en nuestros antepasados lejanos a los tamaños actuales, asociados con dietas más ricas, herramientas, cooperación y vida social cada vez más compleja. Sin embargo, la historia no fue una línea ascendente perfecta. Hay líneas de investigación que sostienen que, ya en tiempos relativamente recientes, el tamaño promedio del cerebro humano pudo haber disminuido. 

 En términos intuitivos, algunos autores comparan esa merma con un volumen algo menor que el de una pelota de tenis. ¿Por qué habría ocurrido? La explicación propuesta es sugerente: al crecer la “inteligencia colectiva” , el conocimiento compartido entre muchos y la división del trabajo, una parte del cálculo cognitivo se habría desplazado desde el individuo hacia el grupo. En sociedades complejas, nadie sabe todo; cada quien domina una parte y confía en los demás para el resto. El resultado sería una presión menor para que cada cerebro individual sostenga, por sí solo, todas las funciones.

Esa idea del pasado funciona como espejo del presente. Hoy no solo externalizamos conocimiento en la comunidad humana, sino también en tecnologías ubicuas. El ejemplo cotidiano más claro es el teléfono inteligente: incluso si está boca abajo y en silencio, su sola presencia compite por nuestra atención. Otro caso es la navegación: cuando dejamos que el GPS nos guíe giro a giro, aprendemos menos el mapa que cuando intentamos orientarnos por hitos y calles. No se trata de satanizar la tecnología, sino de recordar un principio elemental de la biología: las funciones que se entrenan se fortalecen; las que se delegan, se debilitan.

Conviene distinguir dos escalas. A corto plazo hablamos de rendimiento cognitivo: lo que la gente logra en tareas de memoria, atención, resolución de problemas o exámenes estandarizados, muy sensible a hábitos, educación, nutrición y complejidad del entorno. A largo plazo hablamos de evolución biológica: cambios heredables que tardan muchas generaciones en hacerse visibles. La primera puede subir o bajar en cuestión de años por razones culturales; la segunda requiere siglos o milenios. Que deleguemos tareas al teléfono no significa que nuestro cerebro se encoja mañana, pero sí puede moldear qué habilidades entrenamos, cuáles dejamos de ejercitar y qué premia nuestra cultura.

 Desde aquí emergen dos escenarios. El primero, pesimista, imagina una humanidad que descansa demasiado en sus prótesis digitales. Si automatizamos de forma crónica el cálculo, la traducción, la escritura, la planificación de rutas o la verificación de datos, podríamos acabar con generaciones menos prácticas en esas destrezas, más sensibles a sesgos y más vulnerables a la desinformación. En una versión extrema y a larguísimo plazo, la presión por sostener un órgano caro podría relajarse. No porque la tecnología cause de golpe un cambio biológico, sino porque, si el entorno premia la dependencia del afuera, el cerebro puede optimizar recursos en la dirección equivocada: individuos más “ligeros” que se apoyan casi todo el tiempo en la inteligencia del colectivo y de las máquinas.

El segundo escenario, optimista, ve en la tecnología un coprocesador que expande y no reemplaza. El mismo traductor puede ser una muleta que atrofia o un maestro de idiomas si lo usamos para hipótesis y comparación. El mismo navegador que nos lleva sin pensar puede convertirse en una herramienta para anticipar rutas, comparar alternativas y entrenar el sentido de orientación. Con la inteligencia artificial sucede lo mismo: un modelo generativo puede autocompletar sin exigirnos nada o puede funcionar como un andamio de pensamiento si lo configuramos para que pregunte, exija justificar, proponga contraejemplos y nos obligue a revisar supuestos. La clave no es IA sí o no, sino IA para qué y cómo.

Incluso hay fronteras donde la tecnología ya no solo acompaña, sino que restituye capacidades. Interfaces cerebro-computador han permitido a personas con parálisis escribir, mover un cursor o recuperar una forma de habla mediante la decodificación de señales neuronales. Son pruebas de concepto aún distantes del uso masivo, pero enseñan algo importante: la colaboración entre cerebro y máquina puede servir para rehabilitar y entrenar, no solo para delegar. A escala cotidiana, los videojuegos de estrategia o de acción bien diseñados han mostrado mejoras específicas en atención visual, tiempo de reacción o rotación mental cuando se usan con objetivos claros y retroalimentación. No toda pantalla es pasividad: el tipo de tarea importa, y mucho.

La pregunta decisiva es cultural: ¿qué recompensamos? Si el aula y el trabajo premian la velocidad de entrega sin evaluar el proceso, la tentación será delegarlo todo. Si, en cambio, premiamos la calidad del razonamiento, la capacidad de preguntar, el uso correcto de datos y la integridad intelectual, la tecnología se vuelve un trampolín. En educación, por ejemplo, podemos diseñar actividades donde el estudiante use IA para explorar hipótesis, compare modelos, someta un argumento a objeciones y mejore su texto con criterios explícitos. En el oficio profesional, podemos emplear asistentes para limpiar datos, generar escenarios y encontrar inconsistencias, pero mantener en manos humanas la decisión, la interpretación y la responsabilidad ética.

Para el lector que se pregunta ¿y yo qué hago mañana?, he aquí un itinerario sencillo. Cuando necesites concentración profunda, estudiar, escribir, modelar, tomar decisiones, deja el teléfono fuera de la vista. Gana metros de distancia y ganarás claridad. Alterna navegación con y sin GPS: intenta trazar la ruta de memoria y luego compárala con el mapa; la próxima vez ajusta. Cuando uses un asistente de IA, pide que identifique supuestos, solicítale contraejemplos y exige fuentes para verificar por tu cuenta. Practica tareas que entrenen la visión espacial y la planificación: desde puzzles y ajedrez hasta simuladores o videojuegos con objetivos claros y tiempos acotados. Y cultiva un hábito que vale oro en la era de las máquinas parlantes: poner a prueba las respuestas, incluso las plausibles.

Volvamos a la hipótesis del encogimiento cerebral reciente para cerrar el círculo. La idea de que, ya en el tramo final de nuestra historia, el cerebro humano se redujo un poco y que ese cambio podría relacionarse con el auge de la inteligencia colectiva y la división del trabajo es atractiva y, por ahora, discutida. Quizá no importe tanto si la cifra exacta es esta o aquella, sino lo que nos enseña: el cerebro no vive aislado. Se moldea por lo que comemos, por cómo cooperamos, por las tareas que nos impone el medio y, hoy, por la constelación de tecnologías con las que nos relacionamos. Si externalizamos funciones sin estrategia, nos volveremos dependientes y perderemos musculatura mental. Si, en cambio, usamos esas mismas herramientas para empujar nuestra curiosidad, nuestro juicio y nuestra ética, haremos algo que la biología aprecia: más con menos. No un cerebro más grande por capricho, sino uno mejor afinado para un mundo complejo.

Hay quien pregunta si la inteligencia humana va para arriba o para abajo. Es una falsa disyuntiva. La inteligencia no es un número fijo ni un destino lineal: es una distribución de habilidades que se redistribuye según lo que entrenamos y valoramos. Esta década nos pone frente a una decisión insólita: por primera vez, herramientas poderosas pueden pensar con nosotros a gran escala. Podemos elegir que piensen por nosotros y adormecer las preguntas difíciles o podemos pedirles que nos obliguen a pensar mejor. La diferencia se decidirá en la escuela, en el trabajo y en casa, en esa economía diaria de atención donde definimos si la máquina es muleta o trampolín.

Quizá la medida más justa de nuestra época no sea el volumen intracraneal, sino la calidad de las preguntas que una sociedad es capaz de hacer y responder. Si las tecnologías actuales nos ayudan a formular preguntas más hondas y a evaluar la evidencia con más cuidado, el saldo será positivo aunque algunos circuitos se reorganicen. Si, por el contrario, nos quitan el hábito de contrastar, de dudar y de aprender, ninguna maravilla digital nos salvará de la pereza intelectual. Entre ambos caminos hay una pelota de tenis de diferencia o, si lo prefieres, un mundo.

Etiquetas: opinion

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