Por: Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
Tuvo la impaciencia de soportar el escarnio, como quien abre otro umbral para negar y guardar los odios ajenos.
Atenea jugó a tener ilusiones. La más radiante era vivir una ceremonia nupcial con cierta pareja que conoció en cierto bar, cierta noche de cierto año del siglo pasado.
Un obrero calificado de la Vocho, por cierto.
Una pesadilla cerró el camino a sus deseos.
El reporte ministerial habló de violación y muerte violenta.
Como sexoservidora transexual, Atenea fue “levantada” en la oscura esquina de las calles 5 Norte y 4 Poniente por un grupo de muchachos que primero la insultaron, la golpearon y la confinaron en un auto –de esos que llaman de lujo–, según testificaron sus compañeras de labores nocturnas.
La pesadilla culminó en una lateral de la recta a Cholula, por los campos deportivos de la empresa automotriz.
“Su rostro lucía bello y tranquilo”, reveló al reportero el novio precozmente viudo.
La investigación no tuvo seguimiento (¿quién se atreve defender a un transexual servidor sexual en una ciudad de tan arraigada doble moral?).
Vienticinco años ya han pasado y a nadie le interesó aprehender a los asesinos de Atenea.
La moral poblana es un árbol que da carpetazos cerrados.
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A un lado del margen de fobias que produce leer su nombre, Mario Marín Torres ha sido el único presidente municipal de Puebla que estableció límites con normas para regular y controlar la prostitución.
Los resguardos reglamentados fueron casonas y hoteluchos del Centro Histórico, previo registro con su credencial original y actualizada del IFE para verificar que no fueran menores de edad.
Las obligó a certificarse anualmente en la Secretaría de Salud.
E impuso a sus “caseros” llevar el registro cotidiano de quienes otorgaran servicios sexuales, sin importar su género.
Para la mala fortuna de nuestros personajes, nunca fue establecida una legislación impositiva y permanente para los beneficiados con esta actividad.
Todo continuó bien, hasta que Luis Bank llegó al cargo, y volvió a sacar el sexoservicio a las calles, para beneplácito de los “padrotes”. Vigentes hasta la fecha.
Aunque no todos.
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El zapatero remendón de la 5 Norte, de allá del rumbo a los ferrocarriles, no tenía más ojos que para los objetos de su trabajo.
Golpear su mostrador con los nudillos y pedirle una cerveza, eran la clave para que abriera una puertecita lateral y permitiera ingresar a una vecindad con severas humedades pero bien pintada.
Los clientes eran instalados alrededor de mesas de acero porcelanizado (peltre, le dicen algunos) para observar la rutina de una pasarela de señoras e individuos de todo género, mientras era degustada la “cervatana” a temperatura de mirada de suegra.
Una vez realizada la elección, el mesero asignaba el refectorio para acompañar a lo escogido.
“Quiero grabar tu historia y tenemos quince minutos para hacerlo sin sexo”, explicaba el reportero.
Las historias eran reveladas frente a la grabadora oculta: mantener con el dinero obtenido el alcoholismo de la pareja; soportar los azotes físicos y psicológicos de una abuela o abuelo que esperaba la cuota diaria; el señalamiento público de los vecinos que sabían de su trabajo; las peticiones bizarras de los clientes a cambio de cien pesos más…
“Son peores que un padrote”, confesó Laura mientras el rímel ya corría por sus mejillas.
—Te presto mi pañuelo —propuso el reportero.
—¿Estás limpio? —Preguntó.
—Claro. Y quédate con él —respondí.
(Estar “limpio” es nunca haber tenido alguna enfermedad venérea).
—Es que en estos tiempos dicen que hasta la ropa te contagia el sida —afirmó muy segura.
La prostitución no es un problema ni es una opción de solución social.
Su raíz está en educar en la tolerancia, y en el respeto a los derechos de los seres humanos.
La charla descrita es de los años 90, aclaro.
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La sociedad poblana está polarizada por el tratamiento de la prostitución.
Un tema que sólo es discutido dentro del clóset.
“No vayan a decir que yo apoyo a prostitutos y prostitutas”, dicen quedito algunos poblanos después de confesar sus infidelidades públicas, pero ya perdonadas por un padre, por un hijo, y por un Espíritu Santo.
Pero la peor es esa clase política que no se atreve.
“Pierdo votos si defiendo esas cosas”, podemos escucharlos en innumerables ocasiones.
Lo ideal es que salgan de su clóset de cristal.
Que bajen la ventana de su portezuela izquierda.
La prostitución no debe analizarse como una falta administrativa.
Es la aplicación de beneficios y obligaciones basadas en la Ley Federal del Trabajo.
Así de sencillo.
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Calle 2 Poniente de la ciudad de Puebla. 11 de la noche.
Año 2022.
La “vestida” acerca su rostro al espejo lateral del BMW y corrige las líneas del labial.
El atractivo y joven conductor establece un convenio con ella. Aborda y se alejan.
No hay nada que ocultar.
Toda prostituta está en su derecho de trabajar.
Y si de paso pasa a prostituir a las buenas conciencias poblanas, pues cada quien su papel benefactor.
Tan consciente como bueno.
Por ambas partes.


