Por: Antonio Peniche García
La otra cara de la moneda
La semana pasada dijimos que concebir un proyecto de nación libre, equitativa, incluyente, civilizada, respetuosa de su diversidad y unida en su misión requiere aportaciones.
Que estas aportaciones deben provenir de experiencia, sabiduría, sensibilidad social y conciencia de la trascendencia humana, además de personas con capacidades intelectuales y técnicas.
Decíamos que la complejidad del mundo actual hace que esta meta parezca una quimera, pero que abundan “lecciones de espíritu quimérico”. Traigo ahora ejemplos de ellas.
Charles de Gaulle fue un gran estadista y logró crear la Quinta República en Francia. Churchill se convirtió en pilar en la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial cuando casi todos los ingleses dudaban de él. Los padres de la nación estadounidense soñaron con la Independencia y un nuevo país; José María Morelos y Pavón vislumbró en su Sentimientos de la Nación la esencia de México…
Steve Jobs tiene una estupenda frase dirigida a inventores, a empresarios, a líderes que piensan más allá de lo convencional:
“Las personas que están suficientemente locas para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo hacen”.
Pareciera que es una sugerencia “utópica” impulsar a “soñar el país que se quiere”, valga la redundancia.
Estoy seguro de que, para cualquier arquitecto, al menos terrícola, es prácticamente ineludible, y me atrevería a decir que es un proceso axiomático, el que se sigue para desarrollar un proyecto arquitectónico ejecutivo.
Se debe soñar para crear. Una vez, el esbozo del sueño plasmado, se procede a elaborar y a tomar decisiones con respecto a todo aquello que será material y tangible.
Alguien, en algún momento, se adentró en el etéreo y sublime mundo de los sueños con el fin de concebir, idear, maquinar, esculpir y construir algo… que pertenece al concreto mundo de lo tangible y material.
Y no sólo en la arquitectura. Es lo natural, lo obvio en cualquier proceso creativo. Así funcionamos humanamente.
Para el diseño y producción de un automóvil, de una computadora, de un lápiz. El escritor de una novela, el emprendedor, el escultor. El maestro, ante un lienzo en blanco, se imagina antes de dar el primer trazo, cómo quedará su obra al final.
Cuestionémosle a un arquitecto qué pensaría si alguien le pide elaborar los planos estructurales, hidráulicos, sanitarios, eléctricos y la propuesta de diseño de interiores… antes de tener listo el proyecto arquitectónico.
Respondería, sin duda, que es una locura. Sería, de hecho, un tremendo desatino. Un completo desacierto.
Tristemente, es lo que ha estado sucediendo en México desde hace al menos 50 años.
En todos los sexenios han existido impulso a reformas y enmiendas de todo tipo. La fiscal, la judicial, la social, la energética, la penal y un largo etcétera.
Regresando a mi analogía. Hemos estado trabajando en los planos técnicos, pero sin tener un Proyecto de Nación para saber y comprender hacia dónde nos dirigimos.
Aunque pudiera parecer innecesario decirlo –dada la obviedad del tema–, no es que este país no necesite reformas. Son muy necesarias para construir al nuevo México.
No obstante, el meollo del asunto, el cimiento de nuestra problemática actual, es que el país no sabe a dónde se dirige.
Ortega y Gasset menciona: “Una nación se constituye no solamente por un pasado que pasivamente la determina, sino por la validez de un proyecto histórico capaz de mover las voluntades dispersas y dar unidad y trascendencia al esfuerzo solitario”.
Ir tras nuestros sueños es un tema de actitud. La perseverancia que debemos mostrar para lograr algo deseado nos obliga a estar atentos para identificar las oportunidades que se presenten para hacerlo realidad.
Nadie conduce un carro por una ruta apoyándose exclusivamente en los espejos retrovisores. Y entonces, ¿por qué procedemos de esa manera con nosotros y con nuestras organizaciones…?, ¿y con la nación?
El gran arquitecto tiende a fundirse en la interpretación de la luz y los espacios. El hombre de estado o, pudiera decirse mejor, el estadista tiende a fundirse con los ideales y objetivos de la patria en el largo plazo.
Tenemos que construir nuestra historia con un nuevo sueño y con emociones que nos hagan vibrar. Tenemos la oportunidad de construir nuestra “nueva casa”. Tenemos la obligación de crear nuestro futuro antes que padecerlo.
Tenemos y debemos dejar a un lado las ideologías, los apegos a pensamientos radicales y extremistas. Tenemos que prescindir de los pensamientos “partidos, quebrados”, que emanan de las instituciones partidistas.
México es grande y grande puede ser su destino. Debemos tomar conciencia y poner manos a la obra para construir una gran identidad nacional. Y, sin duda alguna, podremos aportar mucho en el inmenso y complejo mundo de nuestra “Tierra-Patria”.
Octavio Paz apunta y expresa magistralmente en El Laberinto de la Soledad que el mayor problema de México es su falta de identidad.
Encontrar acuerdos alrededor de nuestra profunda, diversa, magnífica y compleja identidad mexicana se rebela como un objetivo primordial, ineluctable.
Tenemos que construir acuerdos que vayan más allá de los propios y personales. Debemos centrarnos en establecer la empatía y la alteridad como cimientos de ese sueño.
Entendamos la alteridad como el principio filosófico de “alternar” o cambiar la propia perspectiva por la del “otro”, considerando y teniendo en cuenta el punto de vista, la concepción del mundo, los intereses, la ideología del otro. Y no dando por viable que la “de uno” es la única posible.
Reyes Heroles proclamó siempre: “Primero el proyecto y luego el hombre”.
El mayor desafío de nuestra apesadumbrada realidad es construir el futuro actuando desde el presente. Asumiendo nuestros derechos y, por supuesto, también nuestras obligaciones. La Nación nos llama.
Es vital, fundamental, imprescindible que los mexicanos tomemos el destino de nuestro país en nuestras propias manos. No podemos, no debemos seguir flotando en el mar de nuestra desgraciada autocomplacencia.


