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¿Proyecto de nación o reforma del Estado?

(Segunda y última parte)

Crónica Puebla por Crónica Puebla
9 mayo, 2022
en Opinión
¿Proyecto de nación o reforma del Estado?
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Por: Antonio Peniche García
La otra cara de la moneda

La semana pasada dijimos que concebir un proyecto de nación libre, equitativa, incluyente, civilizada, respetuosa de su diversidad y unida en su misión requiere aportaciones.

 

Que estas aportaciones deben provenir de experiencia, sabiduría, sensibilidad social y conciencia de la trascendencia huma­na, además de personas con capacidades intelectuales y técnicas.

Decíamos que la complejidad del mun­do actual hace que esta meta parezca una quimera, pero que abundan “lecciones de espíritu quimérico”. Traigo ahora ejemplos de ellas.

Charles de Gaulle fue un gran es­tadista y logró crear la Quinta Repúbli­ca en Francia. Churchill se convirtió en pilar en la Inglaterra de la Segunda Gue­rra Mundial cuando casi todos los ingle­ses dudaban de él. Los padres de la na­ción estadounidense soñaron con la Independencia y un nuevo país; José Ma­ría Morelos y Pavón vislumbró en su Sentimientos de la Nación la esencia de México…

Steve Jobs tiene una estupenda fra­se dirigida a inventores, a empresarios, a líderes que piensan más allá de lo con­vencional:

“Las personas que están suficien­temente locas para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo hacen”.

Pareciera que es una sugerencia “utó­pica” impulsar a “soñar el país que se quiere”, valga la redundancia.

Estoy seguro de que, para cualquier ar­quitecto, al menos terrícola, es práctica­mente ineludible, y me atrevería a decir que es un proceso axiomático, el que se sigue para desarrollar un proyecto ar­quitectónico ejecutivo.

Se debe soñar para crear. Una vez, el esbozo del sueño plasmado, se procede a elaborar y a tomar decisiones con res­pecto a todo aquello que será material y tangible.

Alguien, en algún momento, se aden­tró en el etéreo y sublime mundo de los sueños con el fin de concebir, idear, maquinar, esculpir y construir algo… que pertenece al concreto mundo de lo tangible y material.

Y no sólo en la arquitectura. Es lo na­tural, lo obvio en cualquier proceso crea­tivo. Así funcionamos humanamente.

Para el diseño y producción de un au­tomóvil, de una computadora, de un lá­piz. El escritor de una novela, el empren­dedor, el escultor. El maestro, ante un lienzo en blanco, se imagina antes de dar el primer trazo, cómo quedará su obra al final.

Cuestionémosle a un arquitecto qué pensaría si alguien le pide elaborar los planos estructurales, hidráulicos, sa­nitarios, eléctricos y la propuesta de dise­ño de interiores… antes de tener listo el proyecto arquitectónico.

Respondería, sin duda, que es una locura. Sería, de hecho, un tremendo desatino. Un completo desacierto.

Tristemente, es lo que ha estado su­cediendo en México desde hace al me­nos 50 años.

En todos los sexenios han existido im­pulso a reformas y enmiendas de to­do tipo. La fiscal, la judicial, la social, la energética, la penal y un largo etcétera.

Regresando a mi analogía. Hemos es­tado trabajando en los planos técnicos, pero sin tener un Proyecto de Nación para saber y comprender hacia dónde nos dirigimos.

Aunque pudiera parecer innecesario decirlo –dada la obviedad del tema–, no es que este país no necesite reformas. Son muy necesarias para construir al nue­vo México.

No obstante, el meollo del asunto, el ci­miento de nuestra problemática actual, es que el país no sabe a dónde se dirige.

Ortega y Gasset menciona: “Una na­ción se constituye no solamente por un pasado que pasivamente la determina, sino por la validez de un proyecto his­tórico capaz de mover las voluntades dis­persas y dar unidad y trascendencia al esfuerzo solitario”.

Ir tras nuestros sueños es un tema de actitud. La perseverancia que debe­mos mostrar para lograr algo deseado nos obliga a estar atentos para identificar las oportunidades que se presenten para hacerlo realidad.

Nadie conduce un carro por una ru­ta apoyándose exclusivamente en los es­pejos retrovisores. Y entonces, ¿por qué procedemos de esa manera con nosotros y con nuestras organizaciones…?, ¿y con la nación?

El gran arquitecto tiende a fundirse en la interpretación de la luz y los espa­cios. El hombre de estado o, pudiera de­cirse mejor, el estadista tiende a fundir­se con los ideales y objetivos de la patria en el largo plazo.

Tenemos que construir nuestra his­toria con un nuevo sueño y con emo­ciones que nos hagan vibrar. Tenemos la oportunidad de construir nuestra “nue­va casa”. Tenemos la obligación de crear nuestro futuro antes que padecerlo.

Tenemos y debemos dejar a un lado las ideologías, los apegos a pensamien­tos radicales y extremistas. Tenemos que prescindir de los pensamientos “partidos, quebrados”, que emanan de las institu­ciones partidistas.

México es grande y grande puede ser su destino. Debemos tomar concien­cia y poner manos a la obra para cons­truir una gran identidad nacional. Y, sin duda alguna, podremos aportar mu­cho en el inmenso y complejo mundo de nuestra “Tierra-Patria”.

Octavio Paz apunta y expresa magis­tralmente en El Laberinto de la Sole­dad que el mayor problema de México es su falta de identidad.

Encontrar acuerdos alrededor de nues­tra profunda, diversa, magnífica y com­pleja identidad mexicana se rebela co­mo un objetivo primordial, ineluctable.

Tenemos que construir acuerdos que vayan más allá de los propios y per­sonales. Debemos centrarnos en estable­cer la empatía y la alteridad como ci­mientos de ese sueño.

Entendamos la alteridad como el principio filosófico de “alternar” o cam­biar la propia perspectiva por la del “otro”, considerando y teniendo en cuenta el punto de vista, la concepción del mundo, los intereses, la ideología del otro. Y no dando por viable que la “de uno” es la única posible.

Reyes Heroles proclamó siempre: “Primero el proyecto y luego el hombre”.

El mayor desafío de nuestra apesa­dumbrada realidad es construir el futu­ro actuando desde el presente. Asumien­do nuestros derechos y, por supuesto, también nuestras obligaciones. La Na­ción nos llama.

Es vital, fundamental, imprescindible que los mexicanos tomemos el destino de nuestro país en nuestras propias manos. No podemos, no debemos seguir flotando en el mar de nuestra desgracia­da autocomplacencia.

Etiquetas: Charles de GaulleProyecto de Nación

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