Por: Rubén Salazar/Director de Etellekt/ www.etellekt.com / [email protected] @etellekt_
Desesperada por recuperar la popularidad que le arrebató la tragedia de la línea 12 del Metro, la jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, tomó la decisión de marcar distancia en definitiva, sobre la cada vez más impopular estrategia de abrazos no balazos a la delincuencia, ordenada por su progenitor político, el presidente Andrés Manuel López Obrador, al ver como entre mayo y junio el porcentaje de los capitalinos que piensan votar por ella en la elección presidencial de 2024 descendió de 42 a 32%, según la encuesta publicada por El Financiero, a principios de la semana.
El martes pasado, mientras López Obrador disertaba su monólogo en la Casa Blanca al lado del presidente de los Estados Unidos, Joseph Biden, sin dedicar una sola palabra a la agenda bilateral antinarcóticos, Claudia Sheinbaum anunciaba eufórica el arresto de 14 presuntos integrantes de la facción de Los Chapitos, perteneciente al Cártel de Sinaloa, en la localidad de Topilejo, demarcación de Tlalpan. La misma que gobernó como alcaldesa de 2015 a 2018.
La jefa de Gobierno no cabía de la emoción; no era la primera vez que le demostraba a López Obrador, pero sobre todo a los críticos de éste (a los que realmente desea conquistar, invadida por la soberbia de que será ungida como la candidata de Morena a la Presidencia, así llueva, truene o relampaguee), que puede ganarse la batalla a los malos sin derramar una sola gota de sangre.
A diferencia de su mentor, Sheimbaum no ordenó liberar a los 14 detenidos en Topilejo, como sí lo hizo el presidente con Ovidio Guzmán, El Ratón, en el operativo denominado culiacanazo (uno de los líderes de la presunta banda desmantelada en Topilejo, por la policía de Ciudad de México), amparado en la excusa de no exponer la vida de agentes federales y civiles, una polémica orden que dejó sembrada la sospecha de un pacto del presidente López Obrador con el Cártel de Sinaloa.
De ese tamaño era el golpe asestado involuntariamente por Sheinbaum a la credibilidad de López Obrador. La jefa de Gobierno le daba una dura lección al presidente de que en Ciudad de México no había abrazos, ni balazos, pero tampoco un gobierno cruzado de brazos ante la amenazada de la delincuencia. Indirectamente, le dijo no a su pax narca.
Tácitamente, Sheinbaum le manifestaba a los cuatro vientos a López Obrador, con apoyo de los medios, que en Ciudad de México no habría la misma tolerancia o salvoconducto que el gobierno federal le había extendido a Ovidio y Los Chapitos del Cártel de Sinaloa, en otros estados y regiones del país, lo que de inmediato le valió a Sheinbaum y a su secretario de Seguridad, Omar Hamid García Harfuch, la pleitesía desbordada de los principales críticos de López Obrador, quienes lo acusaron de ser el responsable de que Los Chapitos operaran a sus anchas en Ciudad de México.
La jefa de Gobierno no perdió la oportunidad de elogiar a García Harfuch, en lo que parecía el lanzamiento de su candidatura al gobierno de Ciudad de México por Morena, al destacar el arrojo de la policía que encabeza en Topilejo y por cambiar “la mística” de la corporación, a la que Sheinbaum consideró la mejor del país (entiéndase, mejor que la Guardia Nacional), en un claro desafío a AMLO de que ella será la que elija a su futuro sucesor, en un evento en el que presentó un informe de incidencia delictiva, con la presencia de la secretaría de Seguridad Ciudadana federal, Rosa Icela Rodríguez, la aspirante predilecta de AMLO para suceder a Sheinbaum.
Una campaña opositora que acusa a AMLO de vínculos con el narco, que ha sido retomada por congresistas demócratas y republicanos de los Estados Unidos, a la que López Obrador contribuyó por enésima ocasión, al mencionar en su conferencia mañanera que no contaba con información del operativo en Topilejo, negándose a validar la versión de García Harfuch de que el Cártel de Sinaloa se hubiera asentado en la capital, lo que se interpretó, fuera de la burbuja de Palacio, como una evidencia más de la protección que brinda al Cártel de Sinaloa.
Sheinbaum le pateó una pelota ardiente a López Obrador. La razón: el sonoro fracaso de la utopía del presidente de pacificar al país abrazando a la delincuencia, que se ha vuelto cada vez más impopular, rebasada por la cruda realidad de un sexenio que ha superado, en sus primeros 42 meses, el récord de homicidios dolosos registrados en toda la gestión de Felipe Calderón, al que AMLO sigue acusando como el responsable de su propia incompetencia.
Un cuento que el pueblo le ha dejado de creer, pues sólo 23.8% de los mexicanos opina que la situación de seguridad ha mejorado con López Obrador; 23.5% considera que sigue igual; y 50% piensa que ha empeorado (Mitofsky, aprobación presidencial, junio 2022). Y todo indica que con el operativo ordenado por la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, en la comunidad de Topilejo, ha logrado lo que nadie más: obligar a AMLO a dar un viraje en su fallida estrategia de abrazar a los delincuentes para detenerlos y llevarlos ante la justicia.
El viernes, la Secretaría de Seguridad Ciudadana federal anunciaba la sorpresiva captura del narcotraficante Rafael Caro Quintero (liberado en 2013, en el gobierno de Enrique Peña Nieto, sin que a éste lo acusaran de proteger a la delincuencia por ese motivo, y uno de los principales generadores de violencia en Sonora y Chihuahua por la guerra que sostenía su organización, el Cártel de Caborca, en alianza con el Cártel Jalisco Nueva Generación, en contra de los hijos del Chapo Guzmán y de El Mayo Zambada, cabezas del Cártel de Sinaloa), a cargo de elementos de la Secretaría de Marina, la agencia de seguridad en la que más confía el gobierno de Estados Unidos, en las tareas conjuntas de combate al narcotráfico con México, desde el sexenio de Felipe Calderón, que había quedado relegada a un segundo plano en la Presidencia de AMLO.
El presidente nunca se imaginó dar un viraje en la estrategia de seguridad federal por culpa de su alumna consentida que, aún sin ganar la Presidencia, cree haberle puesto una pausa a la continuidad del proyecto político de su jefe, al menos en lo que toca a su compasivo y amistoso trato a los cárteles.
¿Qué sigue con la aprehensión de Caro Quintero: el desenlace de la política de “abrazos, no balazos” o el descarrilamiento de la candidatura presidencial de Sheinbaum en Morena, al intentar poner en ridículo al encargado del “dedazo”? ¿Qué decidirá el presidente?
Estimados lectores, llegaron las vacaciones y es hora de un breve respiro, esta columna estará de vuelta el próximo domingo 7 de agosto.


