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Si Molière despertara…

Crónica Puebla por Crónica Puebla
27 junio, 2022
en Opinión
Si Molière despertara…
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Por: Antonio Peniche García
La otra cara de la moneda

El más irreprochable de los vicios es hacer el mal por necedad.
Charles Baudelaire

El amor de madre se desarrolla desde que ella sabe que pequeños latidos empiezan a tomar forma al interior de su ser.

La conexión de esos dos corazones durará perpetuamente. El ser que se desarrolla en el medio intrauterino se­rá amado, casi siempre, incondicional­mente.

Es prácticamente indestructible el lazo que se forma entre madre e hijo.

Pero, ¿qué pensarían nuestras madres si analizaran con ojos justos e imparcia­les, con transparente y profunda claridad, en lo que nos hemos convertido, nosotros, sus adorados(as) hijos(as)?

Sin duda, habrá un sinnúmero de ma­dres que se sentirían sumamente orgullo­sas y profundamente agradecidas con la vida por el esfuerzo realizado. Y que es, a todas luces, un trabajo combinado.

Tener la oportunidad de comprobar que los hijos se han convertido en “hom­bres o mujeres de bien” es práctica­mente una aspiración vital de la madre, casi siempre.

“Tienes que convertirte en un hombre de bien” fue una frase que llegué a escu­char en mi casa, en la escuela, en confe­rencias, en la televisión.

¿Qué significa realmente eso?

Debido a las infinitas maneras de pensar, habría cientos de millones de de­finiciones. “Cada cabeza es un mundo”.

He escuchado y leído cosas que po­drían ser tomadas a bien en Occidente y que son mal vistas en Oriente, o vice­versa.

No vayamos tan lejos. Al interior del círculo de amistades, con los vecinos… ¡dentro de la propia la familia!

Es claro que el pegamento de esa di­versidad es el respeto. La construcción de acuerdos no debe basarse en la visión personal de alguien, por muy sabia o eru­dita que sea.

Los verdaderos compromisos se cons­truyen alrededor de una visión en co­mún y con una misión que sea justa y equitativa; donde quepan variadas y multiculturales opiniones.

No se puede… no se deben construir acuerdos motivados por ideas egoístas.

Por el contrario, misiones y objetivos consensados pueden conducirnos a via­jes trascendentes y de largo plazo.

La diversidad de pensamientos y talentos es, inclusive, una gran riqueza al interior de cualquier equipo o proyecto.

Nos equivocaremos menos al to­mar en cuenta opiniones con perspecti­vas divergentes y competencias dis­tintas.

Por eso los equipos exitosos son siempre heterogéneos.

De la misma manera, es obvio y sen­sato decir que por más que uno busque la perfección y el bienestar general, se co­meterán errores.

Todos nos equivocamos y cometemos pifias. Todos caemos en despistes y llega­mos a desorientarnos.

Nuestra inmanente imperfección nos lleva a crear absurdos desacuerdos o a hundirnos en faltas y despropósitos.

Tenemos la apreciada y maravillosalibertad de moldear nuestra propia es­cultura. Somos libres de experimentar la vida como se nos ocurra, pero nadie se escapa de cometer yerros y burradas.

Sin embargo, “un hombre sin ética es una bestia salvaje perdida en este mundo”. Frase de Albert Camus.

Nuestras madres saben de antema­no que los hijos no somos perfectos. Pero, ¿tendrán la conciencia de darse cuenta de que en alguna parte del ca­mino sus cachorros han podido per­derse?

La debilidad del alma humana es co­nocida. Las enseñanzas de grandes maestros del planeta así nos lo hacen sa­ber.

Desde Lao-Tsé hasta Krishnamurti. Desde Gandhi hasta Osho. Desde Sidd­hartha Gautama, el Buda, hasta… Jesús de Nazaret.

Reconocer nuestras debilidades, re­quiere de humildad… Es el primer paso para entender la necesidad de trabajar es­piritualmente.

No obstante, el satán de la soberbia se aparece y reaparece en incontables oca­siones.

Lo peor, lo pésimo, lo infame, lo más vil, lo más execrable es cuando se apode­ra de nosotros la hipocresía. Y la utili­zamos como instrumento de reflexión y de acción.

Jesús sabía de la debilidad del alma hu­mana. Por ello, impulsaba la sanación a través del trabajo espiritual.

Ante errores cometidos, a propios o ex­traños… disculparse, meditar, orar, amar y agradecer.

Lo que no soportaba era la hipocre­sía.

En el Evangelio de Lucas (11:43,44) o en el de Mateo (23) llama “sepulcros blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmun­dicia; […] serpientes y generación de ví­boras” a los fariseos.

Son frases contundentes y lapidarias. Tienen un inequívoco receptor: el hi­pócrita.

Cuando uno asume sus propios erro­res, deja la soberbia a un lado y trabaja el camino espiritual es factible que aquellos que, en algún momento, eran vistos co­mo “enemigos, detractores, adversarios y hostiles conocidos” terminen manifes­tándose como maestros en el persona­lísimo recorrido vivencial.

En tiempos históricos y recientes, así como en la actualidad –vaya que es irre­batible– jamás faltan en la sociedad des­cendientes y alentadores de los “cándi­dos tartufos”.

Se asumían como “portentosos” seres que se consideraban “oráculos” y recla­maban para sí la posesión de la verdad y la encarnación de la virtud.

Admiradores y promotores de conduc­tas maniqueístas, les fascinaba separar al mundo en dos bandos polarizados: los buenos y los malos.

A veces por hastío, otras por inconfor­midad, pero las más por ignorancia, nos hacían creer que en la penumbra de la vida política todos los gatos son pardos.

Estos seres “casi angélicos” que nos venían a rescatar de la ignominia en la que habíamos vivido nos hacían caer en cuenta de que nos hospedábamos en una posada llamada “La Omisa Ignorancia”.

Nos mostraban que la humanidad se divide en los ungidos, que eran ellos, y los demás se manifestaban como engendros de la inmoralidad.

Se erigían como perdonavidas y toma­ban bajo su “cándida custodia” y su con­venenciero interés el precepto de “el que no esté conmigo está contra mí”.

Todo se volvía “kafkiano” si los demás no llegaban a entender la “visionaria” manera de pensar.

Adquirían el derecho de censurar a todos.

Los que no sabían conjugar el verbo de la misma manera eran personas que “andaban en taparrabos”.

Los míticos duendes, que llegaron en su momento predicando ideas sociales vanguardistas, terminaron revelándo­se como una manada de lobos con piel de oveja.

En algunos casos, los “blanqueados sepulcros”, promulgaban hasta la comu­nicación angelical. Eran hábiles exposi­tores de alocuciones mesiánicas y voci­feraban como si la dogmática voz de Sa­vonarola los poseyera.

Estas mediocres copias de Torquema­da estaban continuamente dispuestas a levantar hogueras inquisitoriales, don­de iban a terminar los “herejes y simples pecadores”, por no concurrir con sus di­chos y sus hechos.

Absolutos poseedores de la verdad, si el jefe les pedía aplicar el severo código de su dogma, eran capaces de sacrificar a Juana de Arco.

Al pie de un púlpito imaginario, lanza­ban tajantes anatemas y fulminaban con sus interdictos, “plenos de sabiduría”.

“Nada es más despreciable que ba­sar el respeto en el miedo” diría Al­bert Camus.

Sentían que si Luis XIV viviera, acu­diría presuroso a pedirles sus “eruditos consejos” con el fin de aplicarlos en su gobierno absolutista.

La famosa frase del Rey Sol “El Esta­do soy Yo” se queda corta ante la “ilu­minada y pragmática interpretación de la realidad” de estos semidioses.

Como en la afamada novela de Dos­toievski –Los hermanos Karamásov– los “serviciales y gallardos” soldados es­taban listos a inmolar al propio Jesucris­to. Igual que cuando el Gran Inquisidor condena la falta de ambición de poder te­rrenal del Nazareno, la abierta promo­ción al libre pensamiento y la tolerancia.

Después de emotivos discursos donde pregonaban que el servicio público era la mayor de todas las vocaciones, termi­naban menospreciando y abominando a las personas.

Eran los “prodigiosos creadores y de­tentores del pensamiento único”. Y peor aún, con necedades como consigna, los necios menores admiraban aquellas y buscaban proponer otras de “mayor en­vergadura”.

Diría Cristo:

“Que arroje la primera piedra el que esté libre de pecado”… y de erro­res.

Nadie, absolutamente nadie es capaz de hacerlo. Pero, como apunta­ra en su Tartufo Jean Baptiste Poquelin –Molière–:

“La hipocresía es el colmo de to­das las maldades”.

Añadámosle, como epílogo, otra fra­se cautivante y demoledora del propio Molière:

“Las personas no están jamás tan cerca de la estupidez como cuando se creen sabias”.

La vorágine de crear del gobierno un modelo de negocios los corrompió hasta el tuétano de sus huesos y se olvidaron de la gratísima e insondable tarea del servi­dor público.

Como personas y ciudadanos debe­mos aprender a desconfiar de falsos predicadores de la virtud, la verdad y la beatitud.

Se convierten en personajes, como Tartufo, que a través de hipócritas co­laboraciones y fingidas alianzas enga­ñan al cándido y muchas veces al no tan ingenuo.

Muy a menudo nos vemos envueltos en insanos delirios de “tartufismo”. Y nos vemos confrontados con aquellos que, a partir del severo código de su dogma, juz­gan y descalifican a cualquiera.

Simplemente, porque ellos creen po­seer la Verdad Absoluta sienten que son la personificación de la virtud y presu­men encarnar postulados mesiánicos.

¿Qué pensarían las abnegadas ma­dres de estos tartufos si leyeran, con sensata imparcialidad y sin conocer los nombres reales, la novela sobre la vida de sus amados retoños?

Si Molière despertara… seguramen­te se sorprendería al ver que Tartufo es un imberbe adolescente junto a nues­tros “aclamados personajes” de la histo­ria reciente.

 

Etiquetas: Al­bert CamusJesús de Nazaret

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