ESCAPADAS
Alejandro Cañedo Priesca
A la orilla del río Papaloapan, en el corazón de Veracruz, se esconde Tlacotalpan, un lugar que parece detenido en el tiempo y, al mismo tiempo, siempre vivo. Sus calles amplias, sus fachadas coloridas y su traza perfecta cuentan la historia de un puerto fluvial que floreció en el siglo XVII y que hoy es Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Caminar por sus plazas es como recorrer un cuadro lleno de calma, donde el viento acaricia lento y el río se abre como un mar apacible.
Tlacotalpan no solo guarda historia en sus paredes, también guarda música en su memoria. Aquí vivió de niño Agustín Lara, el célebre Flaco de Oro, que más tarde, en el siglo XX, regalaría a México y al mundo melodías eternas. Su vínculo con Tlacotalpan fue tan profundo que hasta hoy se visita con cariño la Casa Museo Agustín Lara, un espacio íntimo donde se conservan fotografías, objetos personales e instrumentos que parecen susurrar todavía las notas de sus canciones. Y aunque existen versiones que lo ubican nacido en la Ciudad de México, la gente de Tlacotalpan lo abraza como propio; porque al final, el alma no entiende de actas, sino de recuerdos.
Dicen que de esta tierra brotó la inspiración para aquella canción que lleva por título “Veracruz”, una de las más sentidas de Lara, donde canta al puerto, al mar y a la nostalgia de su tierra adoptiva. Escucharla en Tlacotalpan, mientras el Papaloapan refleja la luz de la tarde, es casi un reencuentro con su espíritu.

Al recorrer el pueblo, no hay que perderse su centro histórico, con casas de tonos vivos y balcones de hierro que parecen escenarios listos para una pintura; la Parroquia de San Cristóbal, que desde su cúpula azul domina el horizonte; el malecón, donde el Papaloapan se vuelve compañero de paseos y tertulias; y el Museo Salvador Ferrando, dedicado al pintor veracruzano que supo retratar la esencia jarocha. Cada rincón invita a mirar con calma y dejar que el tiempo pase despacio.
La experiencia no estaría completa sin la mesa veracruzana. Tlacotalpan se saborea en un buen pescado a la veracruzana, en un chilpachole de jaiba o en las mojarras recién salidas del río. Los mercados ofrecen tamales de masa colada, antojitos jarochos y, por supuesto, un buen torito de cacahuate o de guanábana para acompañar la sobremesa. La gastronomía aquí es otra forma de fiesta, una celebración de sabores que se mezclan con el río y la tierra.
El pueblo vive en un ritmo suave, como si las horas se deslizaran al compás de un son jarocho. Esa tranquilidad solo se interrumpe una vez al año, el 2 de febrero, cuando las aguas del Papaloapan se llenan de fe y fiesta durante la procesión de la Virgen de la Candelaria. La imagen cruza el río en medio de barcas y canoas engalanadas, mientras la música, los fandangos y los versos de los decimeros llenan de júbilo cada rincón.
Desde Puebla, el viaje hacia Tlacotalpan es un trayecto de poco más de tres horas, en el que la sierra se abre paso hasta la planicie veracruzana, para finalmente llegar a este rincón donde todo se vuelve más lento, más humano, más auténtico.
Tlacotalpan no es un simple destino: es un poema tejido entre agua y música, una acuarela que sigue viva, un lugar donde la historia se canta, se pinta de colores… y también se saborea.
Viajemos juntos.


