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Un mundo “(in)feliz”…

Crónica Puebla por Crónica Puebla
8 noviembre, 2022
en Opinión
Un mundo “(in)feliz”...

ESPECIAL

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La otra cara de la moneda

Antonio Peniche García

El bienestar de la humanidad debe consistir en que cada uno goce el máximo de la felicidad que pueda, sin disminuir la felicidad de los demás

Aldous Huxley

Leo a Nietzche y siento un nudo en el estómago.

Su profundo antinihilismo me lleva a cuestionarme la trágica, decadente y desesperada actitud de la hu­manidad en estos tiempos.

Para Nietzsche, la fe ciega en la reli­gión es igual de peligrosa y falaz que la fe ciega en la ciencia; simplemente es un cambio de dios, pero igual de engañosa. Es necesario afirmar la vida, no negarla.

El gran filósofo alemán, con gran cla­ridad, argumenta:

“La política divide a las personas en dos grupos: los instrumentos y, en segun­do lugar, los enemigos”.

“Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuan­do miente; y ésta es la mentira que se des­liza de su boca: Yo, el Estado, soy el pue­blo”.

Estamos siendo testigos de una crisis brutal en la democracia –varios de mis escritos han estado dedicados a esta re­flexión– donde tiranos, mentirosos y de­magogos surgen como hongos venenosos en el planeta.

La esencia del pensamiento de Nietz­che, de cuestionar la interpretación de las ideas moralistas del mundo, tiene en la actualidad una vigencia escalofriante.

De igual manera, alrededor de toda es­ta intensa deliberación gira indudable­mente la grave interrogante sobre el pa­pel que vienen jugando las oligarquías y las élites en el planeta.

La aristocracia de Platón y Aristóteles hace referencia, primariamente, al siste­ma político encabezado por personas con elevada virtud, experiencia vivencial, ca­pacidad intelectual y sabiduría.

Eso, hasta hoy se ve sumamente leja­no. Han existido esfuerzos, pero estamos distantes de ese porvenir, donde nos go­biernen y dirijan “los más sabios”.

Con sus respetables excepciones, las oligarquías actuales, al igual que la ma­yoría de los gobiernos, son una perver­sión de esa idea de “aristocracia aristotéli­ca”. Al ignorar o subestimar la compren­sión de la existencia misma, son, en gran medida, corresponsables de la situación actual del planeta.

Leo a Tocqueville y me asalta una ja­queca espantosa.

Estamos viviendo en un mundo in­mensamente rico y al mismo tiempo, pa­radójicamente, de gran pobreza espiri­tual.

Cuando menciona el ilustre historia­dor francés: “La salud de una sociedad democrática se puede medir por la cali­dad de las funciones realizadas por los ciudadanos privados”, nos damos cuen­ta de que estamos siendo casi todos, es­túpidamente indiferentes a lo que nos es­tá pasando.

Como cuando también dice: “La rique­za de los países no depende de la fertili­dad de su suelo, sino de la libertad de sus habitantes”. Y cuestiona lo que muchos grandes economistas y sociólogos, cons­cientes y despiertos, siguen comentan­do al día de hoy: “Lo más importante pa­ra la democracia es que no existan gran­des, enormes y desproporcionadas fortu­nas en manos de pocos”.

Leo a Veblen y siento un desgarrador ardor en la garganta.

El notable economista estadouniden­se Thorstein Veblen, cuyo pensamiento ha sido considerado vanguardista y estar al mismo nivel que el del propio Tocquevi­lle o de Karl von Clausewitz, nos habla so­bre ese mismo tema, que ha sido guarda­do en el armario, pero que es de una sen­sata pertinencia.

En su libro La teoría de la clase ociosa, crítica satírica a la sociedad norteamericana, Veblen define el “consumo ostensible” y la “emulación pecuniaria”.

¿Qué dijo Veblen? Que la tendencia a competir es inherente a la naturaleza hu­mana. Cada uno de nosotros tiene una propensión a compararse con los demás, y busca manifestar por este o aquel rasgo externo una pequeña superioridad.

Veblen no afirmó que la naturaleza humana se reduce a este rasgo. No lo juz­gó desde un punto de vista moral. Lo vio. También señaló que esta forma de rivali­dad simbólica se observa en todas las so­ciedades.

Afirma que todas las sociedades pro­ducen con bastante facilidad la riqueza necesaria para satisfacer sus necesidades de alimentos, vivienda, educación de los niños, convivencia, etcétera.

Sin embargo, generalmente producen una cantidad mucho mayor de rique­za que satisface estas necesidades. ¿Pa­ra qué? Porque se trata de permitir que sus miembros se distingan unos de otros.

Veblen luego señaló que la mayoría de las veces existen varias clases dentro de la sociedad. Cada una se rige por el principio de rivalidad ostentosa.

¿Qué sucede en una sociedad desigual? El despilfarro material de la oligarquía, plagada de una competencia ostentosa, sirve de ejemplo para toda la sociedad. Y acaba generando un enorme desperdicio.

Cada uno a su nivel, dentro del límite de sus ingresos, busca adquirir los bienes y signos más valiosos. Los medios de co­municación, la publicidad, las películas, las telenovelas, las revistas de “celebrida­des” son las herramientas para difundir el modelo cultural dominante.

El consumo excesivo de bienes suntua­rios se ha convertido en una dilapidación de recursos sin sustancia. Es una desgra­ciada sinrazón. Sobre todo, cuando mira­mos la pobreza lacerante y la bestial de­gradación del medio ambiente.

“La avaricia rompe el saco”. Prover­bio popular.

Leo a Camus… es como si me arran­caran una uña.

La sociedad está ciega. “El mundo es­tá siendo dominado por personas que re­chazan el sufrimiento de ser y de morir”, sentencia el escritor francés.

“El mundo carece de dirección; el hombre a partir del momento en que lo acepta debe imprimirle una, que desem­boque en una humanidad superior”

¿Estamos haciendo algo para que la di­rección de nuestra humanidad realmen­te cambie? ¿O nuestro silencio es estrepi­tosamente condenatorio?

Leo a Baudrillard y es como sufrir un terrible dolor de muela.

Estamos cojos y mancos: “La huma­nidad perdió el destino y vive un simula­cro” o “Vivimos en un mundo donde hay más y más información y tiene menos y menos sentido”.

Cuando el sociólogo francés escribe: “Mundialización y universalidad no van de la mano, son más bien excluyentes. La mundialización se da en las técnicas, en el mercado, en el turismo, en la informa­ción. La universalidad es la de los valores, los derechos del hombre, las libertades, la cultura, la democracia”, no me queda más remedio que intentar despertar del sueño alucinante y materialista que nos han inculcado.

Leo a Kafka… siento asco y ganas de vomitar.

Como Gregorio Samsa, pienso a veces que nos hemos convertido en unos esca­rabajos. El miserable y anodino vacío que estamos creando de nuestra sociedad nos puede llevar a arrastrarnos vergonzosa­mente, para después, ¿buscar qué? ¿Una redención? Será demasiado tarde.

¿No podemos tomar conciencia de nuestras malas acciones antes de que se nos vengan encima? ¿No podríamos de­jarnos guiar por el sentido común antes de que nos desbarranquemos?

Me rebelo, pero cuando Kafka escribe: “Vivimos en una era tan poseída por los demonios, que pronto sólo podremos ha­cer el bien y la justicia en el más profun­do secreto, como si fuera un crimen”, ra­tifico lamentablemente que en eso se está transformando nuestro presente reciente y próximo futuro.

Me succiona la frustración… ¿acaba­ré actuando como menciona el ilustre es­critor checo?, dejando que los problemas, me devoren.

Hemos construido un “castillo” lleno de recovecos y laberintos. Gustamos de la complejidad. Nos disfrazamos de per­sonajes fatuos y superfluos. Nos han en­señado que debemos proteger a nuestro “niño interno” de tantas argucias y mal­dades. ¿Será tan difícil quitarnos el velo, mandar a volar la máscara y buscar la autenticidad del Ser?

“Creer significa liberar en sí mismo lo indestructible. O mejor: liberarse. O mejor aún: ser indestructible… o mejor aún: ser”.

¿En algún momento alcanzaremos a despertar del espejismo del que nos he­mos rodeado y divisaremos un rayo es­peranzador que cubrirá esa mala vibra y nos ayudará a regenerar nuestra dimen­sión terrenal?

Bueno, ¡hasta el propio Kafka mues­tra un poco de optimismo y esperanza!, cuando dice: “No desesperes, ni siquiera por el hecho de que no desesperas. Cuan­do todo parece terminado, surgen nue­vas fuerzas. Esto significa que vives”.

Leo a Bukowski y siento un punzante dolor de oído.

El filósofo impertinente nos llena de su soez e irreverente lenguaje, que va direc­to a la herida con diafanidad lacerante. Es como si el verdugo nos azotara con el látigo de condena. O como si nos dieran un mazazo buscando sacarnos de la acia­ga confusión y mediocridad en la que nos hemos estacionado.

Inmersos en una locura, que es la pro­pia vida, como dice el escritor teutón. “Al­guna gente no enloquece nunca, qué vida verdaderamente horrible deben tener”.

Y complementa cuando habla de que la experiencia es la que afecta el área que divide el cerebro y el alma.

“Los locos son aquellos que pierden la mente por completo y pasan a ser al­ma. Los que pierden el alma por comple­to y pasan a ser mente, son intelectua­les. Y los que pierden ambos pasan a ser los aceptados”.

¿La aceptación es hoy una desver­güenza, una arbitrariedad existencial? ¿Hemos llevado a nuestra sociedad a una tropelía desmesurada carente de huma­nidad?

¿Tener compasión por el prójimo ha pasado de moda? En cambio, ¿ser déspo­ta, mentiroso, demagogo y populista es lo que la torpeza de una mayoría acepta con el fin de no adentrarse en el pozo de sus propias profundidades?

Me doy una cachetada para tratar de entender la simple y sabia frase del irónico y loco poeta de los marginados: “Empiezas salvando al mundo, salvan­do un hombre a la vez. Todo lo demás es un grandioso romanticismo o simple política.”

Leo a Baudelaire… se me inflama el corazón.

Los necios, los torpes, los tontos, los soberbios infiltran en sus venas y alma el peor de las depravaciones. Como dice el “poeta maldito”: “el más irreprochable de los vicios es hacer el mal por necedad”.

Pero, “qué importa que procedas del cielo o del infierno”, exclama el poeta in­comprendido. Lo que cuenta es qué ha­gamos algo con nuestra existencia. Y nos cuestionemos hasta el dolor.

Nos invita a soñar. “La capacidad de soñar es una habilidad divina y misterio­sa”. Y nos empuja a descubrir la soledad.

Porque el “maldito poeta” sabe que, si no tenemos los cojones de enfrentarnos a nuestro propio Satán, a nuestros de­monios, no lograremos comprender ja­más qué destino se nos ofrece. Aunque vayamos dando tumbos. Aunque cai­gamos mil veces… la soledad nos espera paciente: “Quien no sabe poblar su sole­dad, tampoco sabe estar solo entre mul­titud atareada”.

Porque ante esa sed insaciable de va­nidosa acumulación de riquezas pasa­jeras, no importará que sea un ángel de Dios o de Satán… la aciaga muerte nos espera, estoicamente.

“¡Oh, dolor, dolor!

El tiempo devora nuestras vidas

Y el oscuro enemigo que el corazón nos muerde

Crece y se fortalece con la sangre de­rramada!”.

Leo a Huxley y siento una patada en la espinilla.

Expone el filósofo británico con fina elegancia: “Si muchos de nosotros segui­mos ignorándonos, es porque el autoco­nocimiento es doloroso y preferimos el placer de la ilusión”.

¿Dónde nos encontramos parados? O mejor dicho, ¿dónde estamos derriba­dos?; ¿en qué trinchera nos hemos es­condido?

¿Estamos esperando que una mano invisible venga y nos saque de nuestra esquizofrénica y devastada situación?

Como bien dice Huxley: “el amor ahu­yenta al miedo y, recíprocamente, el mie­do ahuyenta al amor. Y no sólo al amor…también a la inteligencia, la bondad; todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda. Y al final, el miedo llega a expulsar del hombre a la humanidad misma”.

Los miedos nos sumergen en un in­agotable flujo de desventuranzas y atro­pellos. ¿Lograremos sobreponernos a la fatalidad desesperanzadora que nos espe­ra, si continuamos con dudas y perturba­ciones, por no querer enfrentar y traba­jar nuestros miedos y demonios? ¿Conti­nuaremos dándole la espalda a la luz de la compasión y la tolerancia?

Por eso Huxley, nos ilumina el sen­dero en nuestra penumbras existencia­les cuando expresa: “Existe al menos un rincón del universo que con toda segu­ridad puedes mejorar, y eres tú mismo”.

“El cambio realmente revolucionario deberá lograrse, no en el mundo externo, sino en el interior de los seres humanos”.

Un mundo feliz, precisamente de Hu­xley, reseña la utopía e ironía de ese mundo imaginario. ¿O será más bien que el nuestro se le ha quedado corto a la pre­monitoria novela, donde la artificialidad en la que vivimos nos está terminando por ahogar?

Tomo prestado el prólogo de esa su­gestiva obra como mi conclusión:

“El remordimiento crónico, y en ello están acordes todos los moralistas, es un sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y encamina tus esfuerzos a la tarea de comportarte me­jor la próxima vez. Pero en ningún caso debes llevar a cabo una morosa medita­ción de tus faltas. Revolcarse en el fan­go no es la mejor manera de limpiarse.”.

Etiquetas: BaudelaireBaudrillardbienestarBukowskiHu­xleyhumanidadLa otra cara de la monedaNietzsche

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