Por: Jorge Alberto Calles Santillana
Agenda Ciudadana
Esta semana, la Universidad Nacional Autónoma de México se ha convertido en uno de los blancos principales de las críticas presidenciales.
El hecho ha sido ampliamente revisado por los analistas políticos y, aun así, sigue suscitando sorpresa, pero sobre todo inquietud.
Las críticas a la institución adquieren relevancia si se tiene en cuenta que el presidente está en campaña para conseguir las firmas necesarias para que, en marzo del año próximo, se realice la consulta por la revocación de mandato; goza de una popularidad muy alta (63% de aprobación); prepara la sucesión presidencial, y, en dos años más, la rectoría de la máxima casa de estudios deberá ser renovada.
Tres asuntos preocupan particularmente de los ataques dirigidos a la universidad. Acostumbrado a distraer, esta vez el presidente no busca desviar la atención hacia un tema menos relevante que aquellos relativos a los grandes problemas del país. El ataque es dirigido, con toda intención, a la principal universidad pública del país y ocurre poco después de que se levantaran cargos contra científicos pertenecientes al Consejo Consultivo Científico de Conacyt.
Es claro que al presidente no le agrada la comunidad pensante. La ciencia y la investigación académica resultan antípodas de su forma de percibir el mundo y pensar la política porque cuestionan la fe y lidian con la complejidad de la realidad.
Una segunda cuestión que es importante tener en cuenta es que, fiel a su práctica retórica, el presidente elabora estas descalificaciones con base en categorías tan simplistas como maniqueas y peligrosas. Critica a la universidad por haber sido “derechizada” por el neoliberalismo, empleando como recurso de prueba las colegiaturas que en algún momento las autoridades pretendieron establecer. Así, lo que para él es un intento por “privatizar” la educación, se convierte en la base para lanzar una condena general a una institución que tiene que ser referida en otros términos.
La UNAM ha sido fundamental para la creación de pensamiento filosófico, político y crítico en el país, así como fuente cultural e institución favorecedora de la movilidad social de miles de mexicanos que han contribuido, desde diferentes áreas y posiciones, al desarrollo de México.
Una tercera cuestión para el análisis, en íntima relación con los asuntos anteriores, es el hecho de que el discurso polarizante, dicotómico, con fundamento en categorías forjadas en prejuicios, orientadas a promover emociones prontas de aceptación de lo propio y rechazo a lo diferente, que no en la lógica y la complejidad, domina ya por completo el debate político. La crítica ha dejado de tener peso; por el contrario, ha terminado por ser el discurso a criticar, a sancionar, a castigar.
En camino hacia la elección de 2024, el presidente reafirma su huella a diario.
El mensaje es claro: en adelante no habrá enfrentamiento democrático entre proyectos políticos divergentes. Será una batalla entre el bien y el mal, y los buenos deberán transitar por los caminos en los que la bondad estará definida por el discurso del presidente.
¿En dos años la UNAM se volverá objeto de disputas políticas e ideológicas? Esperemos que no, pero es un hecho que el presidente la tiene ya en su agenda.
Los mexicanos hemos lamentado, desde siempre, que nuestra vida política no sólo es pobre, sino también vacía. En estos tiempos, no sólo pobreza y vacuidad se han incrementado, sino que, peor aún, adquiere rasgos claros de peligrosidad.


