Es el 11 de septiembre de 2014. En primer plano, la señora Elia Tamayo escucha atenta, atentísima, no podría ser de otra forma, la recomendación que la CNDH ha emitido sobre el “caso Chalchihuapan”, un eufemismo para referirse a la violenta muerte de su hijo, el menor Luis Alberto Tlehuatle Tamayo, durante un desafortunado operativo policiaco.
En su informe final, el organismo concluyó que fue un proyectil y no un cohetón, como afirmó siempre la versión oficial, la causa del deceso de quien entonces apenas tenía 13 años de edad.
La teoría de la “onda expansiva” o de “la piedra de grueso calibre” acabó, pero a la fecha no hay un solo detenido por aquel nefasto suceso.
Recientemente se anunció la reapertura del caso que marcó al morenovallismo, a la mala, y que incluso generó la creación de una Fiscalía Especial, de cuya existencia hoy no se sabe nada.


