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Ley Olimpia y acoso

Crónica Puebla por Crónica Puebla
21 mayo, 2021
en Sin categoría
Ley Olimpia y acoso
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Por: Jorge Alberto Calles Santillana

A finales del mes pasado, la Cámara de Diputados aprobó la llamada “Ley Olimpia” en honor a su promotora, la joven poblana Olimpia Coral Melo, mediante la cual toda aquella persona que incurra en violencia digital se hará acreedora a penas de entre tres y seis años de prisión. La ley prohíbe exponer, distribuir, difundir, comercializar o exhibir imágenes, audios o videos de contenido sexual de una persona sin su consentimiento, así como todos aquellos actos dolosos que causen daño a la intimidad, privacidad y/o dignidad de las mujeres, cometidos por medio de tecnologías de información y comunicación.

Este hecho es un verdadero triunfo perso­nal de la joven Melo y un avance colectivo en el camino hacia una sociedad menos sexista y violenta.

Aunque ya se ha dado a conocer, no está de más repetir la historia de esta heroica batalla contra la bestialidad. Olimpia fue humillada públicamente al ser exhibido en la red un vi­deo en el que se le veía teniendo relaciones se­xuales con quien en ese momento era su pare­ja. Las reacciones reprobatorias en su entor­no la hundieron en una depresión tan profun­da que intentó poner fin a su vida.

Sin embargo, la reacción humana, sensi­ble y solidaria de su madre la llevó a reconocer que no era ella quien debía sentir vergüenza, sino el cobarde que había hecho público el vi­deo. Eso le permitió entender que ella no ha­bía incurrido en nada anormal ni condenable, por lo que se armó de valor y emprendió una lucha legal por conseguir que tales actos fue­ran tipificados como delitos y se les asignaran penas carcelarias. Después de un andar lar­go, valiente pero complicado, Olimpia ha vis­to su esfuerzo coronado: su propuesta ha sido ya adicionada a la Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

El éxito no es menor. Según datos del INEGI, en 2019 casi 18 de 74 millones de usuarios de internet fueron víctimas de aco­so cibernético, esto es, casi un 28 por ciento. La proporción es altísima. Las mujeres fue­ron mayoritariamente acosadas, especialmen­te quienes tenían entre 12 y 29 años. Asimis­mo, un informe de Alerta por Violencia con­tra las Mujeres en la Ciudad de México señala que los delitos contra la intimidad sexual en la Ciudad de México registraron un aumento del 64 por ciento en enero de este año, en compa­ración con el mismo mes del año pasado. Ca­si tres delitos por día se cometieron allí, según el informe. Colectivos feministas de Queréta­ro informaron, también a principios de este año, que en esa entidad se denunciaron cin­co delitos de violencia digital contra mujeres durante enero.

El logro de Olimpia se suma a la cadena de éxitos legislativos que las mujeres no sola­mente mexicanas, sino también latinoameri­canas y de todo el mundo, han venido acumu­lando en los años más recientes. Por supuesto que es muy relevante este avance; quienes co­meten actos de tal brutalidad no merecen si­no la cárcel.

Sin embargo, como una y otra vez los di­ferentes colectivos feministas han reconoci­do, legislar acerca de la seguridad de las mu­jeres es necesario, mas no suficiente. Mientras no se tomen medidas concretas que transfor­men las relaciones de poder que dan estructu­ra a la violencia de género, las leyes sólo serán útiles para castigar a quienes se les comprue­be haber violentado a alguna mujer. Pero el acoso pervivirá.

Las mujeres son violentadas todos los días, a toda hora, en todo lugar. Esa violencia es ejercida hasta a través del lenguaje. De allí que muchos de los casos concretos de violencia se cometen no con plena conciencia por parte de los perpetradores. Esto es, porque vivimos en una sociedad en la que la cotidianeidad trans­curre en prácticas sociales rutinarias que asu­mimos normales. Una enorme cantidad de esas prácticas “normales” están organizadas alrededor de las creencias culturales acerca de la supuesta superioridad masculina. Para re­ducir la violencia de género se requiere, pues, evidenciar la carga de prejuicios sobre la que se organizan nuestras interacciones.

Así que no basta con conseguir la penali­zación de la violencia; es necesario desapare­cerla. Esas concepciones de superioridad/in­ferioridad se adquieren en múltiples prácticas sociales concretas del día a día. Es allí, enton­ces, en donde se debe trabajar con niños y ni­ñas, con jóvenes y adultos de ambos géneros. Desentrañar el ADN de la violencia de género reclama, prácticamente, una operación an­tropológica.

No está de más, entonces, insistir en que los gobiernos de todos los niveles deberían acer­carse a los grupos de la sociedad civil que han trabajado sobre estos asuntos. Es necesario realizar trabajo de gestión en pro de la igual­dad en el micro-nivel de la vida social. Para ello se requiere imaginación y recursos. Los grupos feministas deberían promover acerca­mientos con las autoridades. Éstas, hacer a un lado sus deformaciones ideológicas y conectar con quienes tienen el conocimiento y la volun­tad de promover cambios en este sentido.

Ahora que vivimos tiempos de campañas y que los partidos están ávidos por agenciarse la simpatía y el voto de los ciudadanos, bien val­dría la pena que algunos de ellos propusieran políticas públicas a ser aplicadas en las comu­nidades para recomponer el tejido social, re­construir las relaciones de género y combatir de frente la violencia de género. Se gana más previniendo que castigando.

Etiquetas: Ley General de Acceso a las MujeresLey Olimpia

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