Porque se vale disentir, lo voy a decir pronto y claro: no estoy de acuerdo con las actividades masivas previstas para la semana que se inicia, con motivo de las Fiestas Patrias.
Entiendo y hasta comparto el fervor que despiertan estas fechas tan significativas.
Y hasta podría asegurar que esta celebración tiene más arraigo entre los poblanos que incluso el 5 de mayo, en la que nuestros ancestros fueron protagonistas de aquella heroica batalla contra los invasores franceses.
Es indiscutible: ninguna otra fecha como el 15 de septiembre invoca tanto a nuestra mexicanidad.
En ningún otro momento del año aflora, casi instintivo, el espíritu patrio y nacionalista que llevamos todos.
Pero además estos festejos tienen una honda particularidad: no son clasistas, son causa y motivación común.
Somos entonces más mexicanos.
El “¡Viva México!” por doquier.
Esa es la tradición y ojalá que este enorme sentimiento patrio prevalezca por siempre.
Y ojalá también que seamos capaces de transmitirlo con todo su contenido y valor histórico a las generaciones que nos sucedan, ahora tan distraídas en otros triviales menesteres.
No es para menos: se conmemora el Grito de Independencia que marcó el inicio libertario del país.
De ahí la ocasión para brindar tributo a los héroes que nos dieron patria y que forjaron los cimientos de la nación que hoy, aun con sus bemoles, nos permiten transitar en contextos de libertades, de Estado de Derecho y de democracia.
Por eso, desde siempre, el fervor se manifiesta de modo singular.
Desde días previos el país se engalana con el adorno de avenidas, oficinas públicas, negocios, automóviles y casas particulares.
Las banderas tricolores suelen ondear por todos lados.
Y para la noche del 15 de septiembre son comunes las reuniones familiares, de amigos, de vecinos.
Con el televisor encendido para seguir la incidencia de la ceremonia presidencial, también se degusta todo tipo de platillos mexicanos, en especial el pozole, las tostadas, chanclas, chalupas y pambazos.
Aguas de sabores y bebidas también, entre las que destaca infaltable el tequila.
Otros más prefieren ir a restaurantes para compartir la cena mexicana en torno a espectáculos, mariachis y bailables folclóricos.
Para estar a tono, relucen los trajes y los sombreros de charro, los vestidos alusivos, incluyendo el de la China Poblana.
Toda esa costumbre que delata nuestra idiosincrasia, nuestra raíz histórica y cultural, es invaluable. Un tesoro que debe preservarse.
No obstante, con todas sus agravantes, el momento actual nos exige un buen comportamiento. El “quédate en casa” debería ser la consigna.
Festejos sí, pero esta vez inhibidos por la amenaza de la pandemia de COVID-19, que todavía está latente y amenazadora.
Es ocioso hablar de cifras; las conocemos todos.
Basta decir que en Puebla hay un promedio de 500 contagios diarios y son casi mil los que están internados en hospitales.
No parece ser un escenario propicio para fiestas multitudinarias.
Para la noche del 15 de septiembre habrá dos festejos en la capital poblana con grupos musicales: uno en El Alto y San Francisco y otro en la plancha del zócalo.
Y para el 16, una parada militar y presentación de tropas en el Bulevar 5 de Mayo.
Se anuncias medidas sanitarias extremas, control de accesos, la mayor vigilancia.
No habría que esperar mucho, porque –como en otras partes del país y quizá en el mundo entero– el comportamiento social no ha sido el mejor.
Se entienden las razones del relajamiento, mas no que linde en los terrenos de la irresponsabilidad y la insensatez.
A ver qué tal nos comportamos.


