Ayer concluyeron las campañas políticas (¿las hubo?) y este domingo habrá de celebrarse la tan polemizada “elección más grande de la historia”.
A tan importante jornada electoral –que debiera ser una fiesta cívica- llegamos no en las mejores condiciones.
No al menos para la inmensa mayoría.
A la jornada electoral le precede por un lado un espeso clima de violencia política que amenazante permeó el país y que en la víspera se asomó también en Puebla.
Y además se arriba en un ambiente de extrema e inútil crispación social.
Por su dimensión, una y otra circunstancia –violencia política y un tejido social fracturado- habrán de incidir en los saldos del proceso electoral.
No obstante, lejos de que puedan inhibir la participación ciudadana, tales factores debieran ser el estímulo que impulse a un amplio ejercicio de participación mediante el voto.
Se está, indiscutiblemente, ante la oportunidad de hacer valer la voluntad mayoritaria. Por ningún motivo debe ser desaprovechada.
Acudir a las urnas es ahora una obligación ciudadana.
Abstenerse no es inteligente, tampoco responsable.
Votar este 6 de junio significa también una enorme responsabilidad ciudadana que debe asumirse con la mayor madurez.
Es la hora del turno ciudadano.
Y ojalá que al meditar el destino del voto, cada quien analice la realidad que prevalece y vislumbre el país al que se aspira.
Se trata, pues, de definir el rumbo.
La oferta electoral transita por dos vías, no hay más.
Por un lado, la que pretende mantener el dominio del partido del presidente Andrés Manuel López Obrador y que, a la invocación de transformarlo todo, lo socava todo, así sean los organismos electorales, jueces o instituciones autónomas.
Por el otro, la necesidad de redistribuir el poder, darle vida a los contrapesos que exige toda democracia y aniquilar, por despreciable, la insana obsesión de dividir a la sociedad.
Es cierto que el presidente López Obrador no estará en las boletas, pero su presencia simbólica será indiscutible. Las últimas encuestas lo ubican en posición de privilegio, aunque no en un tamaño que le permita a su partido arrasar con todo, como en el 2018.
Hasta hoy, AMLO está a nivel nacional con un 59% de aprobación, muy por debajo del 79% que tenía justo hace un año.
Son esos datos duros que sin embargo permiten varias lecturas. Por ejemplo, en Guerrero alcanza el mayor nivel, con 71%, pero en la elección a la gubernatura en los días recientes Morena va en caída, con posibilidad de perder.
El caso de la disputa en los gobiernos estatales también arroja datos para la reflexión. En el primer trimestre del año los morenistas parecían dominar en casi todas las 15 entidades en juego. Hoy solo tienen certeza en seis, cuatro se mantienen cerradas y las otras cinco están prácticamente perdidas.
La crucial conformación del Congreso federal sigue siendo la incógnita, pero las apuestas están a que verán frustrada su intención de obtener las suficientes curules para modificar a su albedrío los preceptos constitucionales, y eso sería bastante.
Vamos, ni en la Ciudad de México donde dominaban a placer la tienen segura. Es posible que pudieran perder en casi la mitad de las 16 delegaciones.
Todo ello indica que la popularidad presidencial parece no será traslada a su partido. Es posible que ellos tengan “otros datos”, pero los votos habrán de contarse, no cabe la ironía ni la conjetura
El caso de Puebla es similar al de otras entidades donde no habrá elección de gobernador. Es muy posible que Morena obtenga buenos números en la mayoría de municipios, pero tendrá serios problemas en la Capital y otras localidades importantes, y con dudas respecto a la conformación del Congreso.
Habrá que subrayar que las campañas locales fueron un fiasco, incluyendo el debate del pasado domingo entre los aspirantes a la Alcaldía de la capital.
Además de las dificultades partidistas para la nominación y sus candidatos, que en el caso de Morena se llegó al extremo, los eventos proselitistas fueron muy superficiales y poco útiles para orientar el voto.
Lo lamentable fue la incidencia de eventos de violencia, entre ellos el atentado con explosivos en la sede municipal del Instituto Electoral del Estado en San Salvador El Seco.
En otros sucesos de violencia política, figuran los ocurridos en Palmar de Bravo, la zona norte, Libres y Puebla con su zona conurbada, por citar los más significativos.
A ello se agrega, más en tono anecdótico, el patético caso de Porfirio Lima, candidato del Verde Ecologista a la Alcaldía de Acajete, quien simuló un secuestro para abandonar la contienda, y el de Eduardo Rivera Santamaría, quien tardía pero justificadamente fue bajado por el Tribunal, al acreditarse que había realizado diversos actos anticipados de campaña y de promoción personalizada.
La suma de tales incidentes hace que esta elección sea mucho más atípica de lo que se había estimado.
Insisto, AMLO no aparece en la boleta, pero ahí también simbólicamente será ponderado todo el caudal de sus aciertos y tropiezos.
Con él está, en calidad de “voto duro”, un sinnúmero de simpatizantes de corte natural, pero además un millonario conglomerado que interpreta erróneamente que los apoyos que recibe por la vía de programas sociales debe ser retribuido, entre ellos, adultos mayores y jóvenes becarios en su mayoría.
Pero hay también, y son muchos, los que tienen sentimientos de agravio, como aquellos que aun padecen el perjuicio de no contar con guarderías; mujeres que han sido desdeñadas; los familiares de los niños de cáncer a falta de medicamentos y también los más de 10 millones de nuevos pobres.
Es larga la lista, en donde caben también empresarios de todos los niveles que no fueron apoyados ante la pandemia o los inversionistas –locales y foráneos- que reclaman certeza jurídica.
Y otros más que quizá sin deberla quedaron del otro lado de la raya pintada con matices de odio desde la cúpula, en una absurda clasificación de liberales o conservadores, chairos o fifís, partidarios o adversos.
En ese choque de trenes destaca la reciente expresión de un amplio grupo de personajes de la vida social y política nacional, que mediante un desplegado llamó a los ciudadanos a votar con sentido estratégico para quien tenga mayor probabilidad de vencer a Morena y a sus partidos aliados.
Ellos sostienen que la elección del próximo 6 de junio no es el fin del camino, “pero es fundamental no sólo para avanzar en el propósito común de construir una alternativa viable frente al retroceso populista y autoritario, sino también para detener el deterioro político, económico e institucional del país”.
De lo que se trata- afirman- es de reencauzar los cambios hacia la profundización de la democracia, fortaleciendo la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana.
Llegamos así al día de elección. El mosaico es de contrastes. Entre violencia y polarización. Lo único cierto ahora es que el voto libre y razonado determinará de manera infalible el cauce del país.
Llegó la hora de expresar la voluntad ciudadana y de hacer valer la fuerza de nuestro voto, cualquiera que sea su destino.


