Soliloquio
Felipe Flores Núñez
Durante la mañana de este miércoles murió Marco Antonio Rojas Flores, personaje singular durante una etapa relevante de la vida política y social de Puebla.
Si bien le precedía una larga enfermedad que se fue agudizando durante las semanas recientes, la noticia de su deceso –gentilmente compartida por su nieto Abraham Rojas– me resultó especialmente conmovedora.
Evoqué su trayectoria.
Oriundo de Tecali, cuyas raíces pueblerinas presumía con orgullo, fue quizá la figura más destacada de una relevante clase política que surgió al amparo de Alfredo Toxqui Fernández de Lara, gobernador de Puebla de 1975 a 1981.

Aquel grupo tenía estilo propio y convicciones de sentido social.
Sabían de política y la ejercían en su absoluta dimensión bajo principios ahora extraviados, como el respeto, la disciplina y la lealtad.
Querían a Puebla y trabajaban por ella, sin permitir que intereses personales o de grupos se antepusieran.
Como maestro normalista, al tiempo de ser docente en escuelas primarias, Rojas Flores cursó la carrera de Derecho en la BUAP y en sus tiempos libres comenzó a involucrarse en actividades políticas.
Fue dirigente estatal del PRI y diputado local y federal.
Presidente municipal de Puebla de 1990 a 1993, fue además durante diferentes gobiernos titular de las secretarías estatales de Comunicaciones y Transportes, Gobernación, Educación Pública y Finanzas.
He sostenido siempre que el mayor legado de mi larga función pública, aun en niveles modestos, ha sido la oportunidad de compartir vivencias laborales y personales con figuras de la talla de Marco Antonio Rojas Flores.
Lo conocí en los últimos días de diciembre de 1989, recién me había mudado a Puebla tras una fragorosa etapa laboral en Ciudad de México.
Un par de meses atrás, Rojas Flores había ganado holgadamente la elección para la presidencia municipal de Puebla capital.
Sin conocerme, con acaso algunas referencias, me invitó para integrarme a su equipo, como responsable de la comunicación social. Acepté sin reparo.
Aquel trienio fue intenso y aleccionador. Ya habrá momento y ocasión para recapitular la obra pública sin precedente que desarrolló bajo el lema “Por la Puebla que todos queremos”.
Decenas de vialidades que hoy son parte de la extensa red urbana, el primer paso a desnivel en Puebla –en la CAPU–, cuyos trabajos supervisaba en las madrugadas, y una atención singular a los problemas que entonces figuraban como los de mayor demanda ciudadana: alumbrado público, bacheo y recolección de basura.
Fue pionero en la modalidad de incluir un video en sus informes anuales, para exponer los logros alcanzados. “Por ser testimoniales, las imágenes valen más que las palabras”, decía. Lo hechos así lo acreditaron.
Su mayor orgullo –lo repitió muchas veces– fue haber atendido también a las 17 juntas auxiliares, al reconocer que ahí había olvido y rezago, pobreza ancestral. En todas hubo obras –escuelas, caminos, calles, drenajes, luminarias– de la mano del programa federal Solidaridad que entonces impulsaba con énfasis el gobierno de Carlos Salinas de Gortari.
Le llegaron después los tiempos de la ilusión y la desesperanza.
Se avecinaba la sucesión.
Varios estudios de opinión propios, del PRI local y nacional, e incluso varios del gobierno federal, lo perfilaban como el candidato natural para suceder en la gubernatura a Mariano Piña Olaya.
Nunca perdió la cordura ni la sensatez.
Al menos un par de veces fue convocado a Los Pinos para entrevistarse con José Córdoba Montoya, el hombre más cercano al presidente Salinas de Gortari y quien entonces movía los hilos de la política en el país.
Los indicios eran cada vez más claros.
Nunca se supo el detalle de esas conversaciones, pero las insinuaciones eran evidentes. “Vamos bien”, llegó a decirme.
Discreto, como era, medía muy bien sus palabras en las habituales conversaciones que me concedía casi todas las noches en su oficina de Palacio Municipal.
Semanas después y de manera intempestiva, todo cambió.
El gobierno federal anunció que Manuel Bartlett Díaz dejaba la Secretaría de Educación Pública para ocupar un nuevo cargo: la Coordinación Regional de Delegaciones de la Secretaría de Desarrollo Social, con cobertura en algunas entidades del centro y sur del país, incluyendo a Puebla.
Tal figura no aparecía en el organigrama de la dependencia, por lo que la deducción fue obvia: vendría a Puebla. Y así ocurrió. En una hábil maniobra, Bartlett propuso el gobierno de Puebla en lugar de ir a la Embajada de México en Francia, como lo quería el presidente Salinas.
Marco Antonio Rojas soportó aquel golpe con mesura y sabiduría. Fue extremadamente institucional.
Luego incursionaría en algunos negocios, como un restaurante frente al Puente de Ovando y una pequeña industria porcina en su natal Tecali, también ofreció asesorías en políticas públicas.

Con Melquiades Morales como gobernador, ocuparía su último cargo púbico, al frente de la Secretaría de Comunicaciones y Trasportes, y luego se daría tiempo para editar una serie de libros sobre Puebla, en coautoría con el también añorado Pedro Ángel Palou Pérez.
Ante la noticia de su deceso, los recuerdos me atropellan con penar. Me quedo por lo pronto con su nobleza, sencillez, vocación de trabajo, probidad y su cabal amor por Puebla.
Honor, a quien honor merece.
UNA VIDA POLÍTICA DEDICADA A PUEBLA POR AMOR
En la larga trayectoria de Marco Antonio Rojas Flores destaca:
Nació El 5 de febrero de 1938 en Tecali de Herrera
Sus padres fueron Antonio Rojas Franco y Sofía Flores Vélez
Egresó del Instituto Normal del Estado como Profesor de Educación Primaria
De 1990 a 1993 fue presidente municipal de Puebla capital
Fue dos veces diputado local
Dirigente estatal del PRI
Fungió como secretario estatal de Gobernación, de Finanzas, de Educación y de Comunicaciones y Transportes


