El pasado fin de semana se promovió en redes sociales un mensaje cuyo formato parecía tener el tono de oficial, en el que se hacía saber de la implantación en Puebla del programa Hoy No Circula.
La información iba acompañado incluso de una infografía en la que aparecían las fechas de la restricción, según el número de placa de los automóviles.
Al corroborar la veracidad de la versión pude comprobar que se trataba de un engaño y si bien después la noticia fue formalmente desmentida, lo cierto es que ya había logrado su propósito de generar preocupación y desconcierto, según me lo hicieron saber familiares y amigos.
En el contexto de las restricciones actuales debido al agravamiento de la emergencia sanitaria, no me pareció chistoso que alguien hubiera decidido confundir a la gente o generar algún enojo contra la autoridad.
Lo relato ahora por ser el caso más próximo y reciente respecto a emisión de noticias falsas con fines no siempre precisos, que pueden ir del mero ocio a la perversidad, aunque a veces, como ocurrió con el caso descrito, el mal provocado pudiera ser menor.
Se trató, al fin y al cabo, de un incidente más de los muchos similares que ocurren de manera cotidiana y que no deberían desdeñarse porque ya se están volviendo una costumbre que habrá que contener antes de que generen mayores perjuicios.
Sirva también la referencia –casi anecdótica– para hacer mención de la reciente decisión de los directivos de Twitter de suspender en definitiva la cuenta del presidente estadounidense Donald Trump y de Facebook, en hacerlo temporalmente.
Este caso tiene desde luego una dimensión mayor: Trump había usado esas plataformas para impedir o desvirtuar el acenso legal a la presidencia de su país de Joe Biden, y alegando con mentiras un inexistente fraude electoral, lo que hizo fue incitar prácticamente a una insurrección.
Por los comentarios ulteriores vertidos en esas mismas redes sociales, la decisión de los propietarios de Twitter y Facebook fue mayoritariamente acogida con beneplácito, si bien para algunos se trató más bien de un atentado contra la libertad de expresión.
Ignoro si el veto contra Trump causó aceptación por el rechazo –que sí es casi unánime– a su persona o porque en realidad hay consenso en la opinión público sobre la necesidad de poner un freno a quienes usan las redes sociales para mentir, generar odio y, peor aún, para llamar a la violencia o hasta a la rebelión.
Me temo que aquellos que lo festejaron no hicieron tal reflexión.
De cualquier modo, el tema ha resurgido durante los días recientes el interesante debate sobre el uso adecuado y ético de las redes sociales que habría que abordar sin apasionamientos, considerando que hoy en día estos mecanismos tecnológicos son utilizados cada vez con mayor frecuencia por millones de personas en el planeta entero.
Y no hablamos sólo del enorme tráfico de mensajes que circulan a diario por ser foro de expresión y de interacción social, sino de los efectos que pueden causar tales herramientas, sobre todo en tiempos como los actuales de enorme incertidumbre en los que se demanda que la información sea útil y veraz.
A falta de una regulación, a la que habrá que llegar algún día si bien su aplicación global es casi imposible, el espacio para la discusión es bastante amplio y permite todo tipo de consideraciones.
Por lo pronto se han evidenciado posiciones contrastantes: quienes defienden la libre expresión a rajatabla, cualquiera que sea el mensaje que se emita, incluso si no es veraz, y aquellos también que de manera un tanto radical se pronuncian por la importancia de que existan y se impongan límites.
Éstos últimos arguyen que, finalmente, las redes son propiedad privada, un negocio que permite a sus dueños fijar las reglas a sus usuarios. Y a quien lo no le guste, puede irse sin mayor problema.
Tal postura puede ser válida, si bien habría que acotar que con ello de forma implícita se estaría concediendo a sus administradores la facultad de ser censores impolutos, lo cual tampoco sería deseable.
Unos y otros defienden sus posturas, aunque es fácil apreciar mayor rigor en quienes prefieren la libertad sin restricciones, y entre ellos destaco, por su reincidencia, al politólogo César Cansino, quien ha sido catedrático de la BUAP.
Tras los vetos impuestos a Donald Trump, Cansino escribió que “la censura en Twitter y Facebook está decantando a sus usuarios en cómplices serviles de la intolerancia, por una parte, y defensores de la libertad de expresión, por la otra. Cada uno tendrá que definirse en su momento”.
En otro mensaje sentenció: “Llegó la hora de mudarnos a otras redes sociales, como repudio a la censura que existe en Tw y Fb. En lo personal, como AMLO, ya abrí cuentas en VK y Telegram. Ahí nos vemos…”
Y en otra ocasión, en su acostumbrado tono irónico, señaló: “Ya nada será igual en las redes sociales. Al declararse la censura hacia los usuarios incómodos empezaremos todos a autocensurarnos para no ser castigados, y al hacerlo nos volveremos todos cómplices de la censura y borregos dóciles del gran hermano. Ay de verdad… ¡qué asco!”
La postura de Cansino, respetable a todas luces, coincide abiertamente con la de otros amplios grupos de fanáticos al Presidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha calificado a las redes sociales como “benditas”, aunque esta vez tampoco estuvo de acuerdo con la censura impuesta a Trump.
Me pareció extraño, por cierto, que hayan defendido el derecho de Trump de expresarse libremente, pero no hicieron (AMLO ni Cansino) comentario alguno de la toma salvaje al Capitolio. Forma es fondo, creo yo. Sin más divagaciones, lo cierto es que el caso-Trump quedó ya registrado como referente en al debate sobre la necesidad de que efectivamente las redes sociales sean espacio libre y plural de expresión.
Y que lo sean siempre bajo reglas claras en las que prevalezcan principios éticos que invaliden todo intento de mentir, discriminar o provocar el odio.
De hecho Facebook impuso desde hace año una serie de normas para sus usuarios, en las que establece con claridad, entre otros requisitos, la prohibición de publicar contenidos que contengan lenguaje que incite al odio, resulte intimidatorio, sea pornográfico, incite a la violencia, incluya desnudos o violencia gráfica o injustificada o que pretenda de molestar o intimidar a los demás.
El reto ahora es generar los mecanismos para facilitar su acceso para que las redes sociales sean en verdad un mecanismo útil para que los ciudadanos puedan manifestarse libre y respetuosamente y que seas oídos sus reclamos sociales.
El debate no es nuevo y en otros países se ha avanzado en esa ruta, no sin tropiezos, por cierto.


