Mario Galeana
En la intricada geografía de los pueblos de la Sierra Norte suenan las jaranas, las guitarras quintas y los violines; pero también las flautas de carrizo, el huehuetl, el panhuehuetl y el teponaztli, instrumentos musicales de origen prehispánico.
El ecosistema sonoro se divide en dos: entre lo sacro y lo profano. En la primera categoría se encuentran los sones de costumbre, conocidos popularmente como xochisones, que se interpretan en fiestas patronales, procesiones, funerales y rituales de sanación.

Por esta razón son considerados Patrimonio Cultural Inmaterial por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).
En la categoría de lo profano entra el huapango y el son huasteco, que se diferencian entre sí porque el primero tiene temas con autores, mientras que el segundo consiste en una base musical sobre la que se pueden improvisar versos y rimas.
Pero el sonido de la Sierra Norte es algo más que sólo música. Comprende danzas, lenguas, costumbres, saberes y biodiversidad, como ha concluido una investigación de la Secretaría de Cultural compilada en el primer tomo del Atlas de las Culturas Musicales del Estado de Puebla.
El libro reúne la música tradicional, los instrumentos, los tríos huastecos y las danzas existentes en las regiones de Xicotepec de Juárez, Huauchinango, Zacatlán y Huehuetla.

Con el apoyo de 46 grupos gestores, danzantes y músicos, la investigación documenta el uso de siete tipos de instrumentos musicales en esta región, la existencia de 27 tríos huastecos en Huehuetla, 13 tríos en Xicotepec, cuatro tríos en Huauchinango y uno en Zacatlán.
“Si bien la música en la Sierra Norte se encuentra hasta cierto punto homogeneizada por ser parte de la Huasteca, podemos encontrar la diversidad de sus usos en textos, formas y en ejecuciones”, resalta el atlas.
También se identificaron 12 danzas totonacas, ocho danzas nahuas y tres danzas tepehuas, que, aunque comparten nombre, “se distinguen por sus atavíos, forma de bailar y por el son que se toca, pues están relacionadas de forma más íntima con los ritos locales”.
El registro de estas expresiones musicales y actividades artísticas y religiosas tiene el propósito de “pensar el sonido como territorio, como un espacio en el que las comunidades se construyen a sí mismas, se localizan y, a través del cual, entienden el mundo”, resalta la publicación.
El primer tomo puede ser consultado en el sitio web de la Secretaría de Cultura de Puebla.



