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Batuta en alto

Crónica Puebla por Crónica Puebla
18 diciembre, 2021
en Cultura
Batuta en alto
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Texto: Dulce Liz Moreno

Fotos: Imelda Medina

Recibir clases y consejos del gran Zubin Mehta en Viena y hasta en un camerino de México y de Max van Egmond en Portu­gal, de Pedro Cortinas, Federico García Vigil y Eduardo Díazmu­ñoz. Cumplido.

Meter mano en la música vi­rreinal de la Catedral angelopo­litana. Hecho.

Fundar y dirigir la Orquesta Sinfónica de su ciudad natal.

Ser tutelado por músicos es­pecialistas mexicanos y extran­jeros. Listo.

Crear coros y agrupaciones de instrumentistas destacados en la capital del país. Check.

A este concertista en direc­ción se le han cumplido los sue­ños. Y las aspiraciones.

Miguel Ángel Mendoza Ber­múdez accede a mirar el pasado en entrevista; y en cada etapa de su carrera emergen las coorde­nadas por las que se le han enfi­lado astros, satélites y planetas.

Dicen que no hay profeta en su tierra, pero este músico estu­diante de doctorado demuestra lo contrario: en 1997, por invi­tación del entonces secretario de Cultura, Héctor Azar, debu­tó como director titular de la Or­questa Sinfónica de Puebla, des­pués de declinar la conducción de la Orquesta de la Armada pa­ra estar en su tierra en otra de sus satisfacciones: fundar y li­derar agrupaciones para músi­ca coral, sinfónica y de cámara.

“Fue un honor. Mientras se perfilaba el financiamiento de la orquesta, fui funcionario de ac­tividades musicales en la Secre­taría de Cultura. Y dos años des­pués, quedó fundada”.

Y ese uno de los mejores sue­ños cumplidos.

¿CÓMO SE LLEGA AL PODIO?

El oído lo trasladó del juego a la armonía de sonidos en forma natural. La cultura de la tertu­lia familiar retrata el comienzo: el tío Fernando al piano con su afición alternada al jazz y al bo­lero, papá con la guitarra y las canciones brotando.

Miguel Ángel, niño, se acer­caba a cantar los fragmentos que sabía, pero no entonaba la melo­día; hacía la segunda voz. Así, de la nada, acoplaba las palabras con la consonancia del acorde. A los adultos les hacía la tarde esa ha­bilidad sumada al canto colectivo.

El acercamiento en casa a mu­seos y conciertos le infundió apun­tar hacia la profesión, asegura.

Papá (pintor) y mamá, profe­sores, hicieron de los paseos fa­miliares experiencias con el arte. No es gratuito que en la mente de Mendoza Bermúdez estén los ob­jetos salvaguardados en los dos museos Bello. Y de Ciudad de Mé­xico, en la memoria van intactas las imágenes de las maquetas del tercer piso de Bellas Artes, de las piezas que más le emocionaron del Museo Nacional de Antropo­logía e Historia.

En todas las salas donde ha­bía música, la familia Mendo­za Bermúdez aprovechaba para escuchar. Y aprender. “Era muy barato, para entonces, estar en un concierto; en Bellas Artes, coincidimos con presentaciones de orquestas y nunca nos perdi­mos una oportunidad”.

La prima Silvia, alumna del Conservatorio poblano, le avisó de las inscripciones; él convenció a su mamá de tomar el monede­ro, ajustase el suéter e ir a pedir matrícula.

Y el chispazo llegó con un evento que marcó la historia lo­cal: Puebla Ciudad Musical, que arrancó en 1976.

“Sería el 79 o el 80 cuando vi­no la Sinfónica del Conservatorio Nacional de Música, con Francis­co Savín Vázquez a la batuta; él estudió en Praga, fue director de la Sinfónica de Xalapa y enseñó a varios buenos directores que es­tuvieron bajo su tutela”, recuer­da el que entonces era adolescen­te y ya elegía tomar alguno de los asientos del frente, a la izquierda, el ángulo del director, para ver sus movimientos.

Y a punto de terminar la pre­paratoria, dos de sus compañe­ros, que junto con él empezaban a estudiar oboe casi por casuali­dad, le contagiaron la intención de mudarse a la Ciudad de Méxi­co, al Conservatorio Nacional.

¿Cómo llegar allá? Requería una recomendación.

“A los pocos días, se presen­tó en Puebla Cavalleria Rustica­na y la protagonista fue la sopra­no Rosita Rimoch. Pensé que era gran figura como para impresio­nar a la gente del Conservatorio y me le acerqué, sin conocerla de nada, y le conté que necesitaba una carta suya para que yo cum­pliera mi deseo. Sin necesidad de más, me dio su tarjeta e instruc­ciones precisas con voz muy fir­me: Dile al director del Conser­vatorio que vas de mi parte, que te inscriba. Y fui”.

Fuera de la oficina de Arman­do Montiel Olvera, aguardó unos minutos. El director de la máxi­ma casa de estudios musicales en México lo recibió. Miró la tar­jeta. “¡Ay, Rosita!”, suspiró el hombre del escritorio.

—¿Qué quieres estudiar?

—Dirección de orquesta ope­rística.

—Bienvenido —dijo el ena­morado del género, al fin pianis­ta acompañante, ¡y esposo de Rosita Rimoch!, como astro ali­neado en el espacio.

Mendoza Bermúdez hizo los diez años de carrera hasta gra­duarse con batuta en alto.

OTROS MUNDOS

La diferencia entre la cultura musical de México y otras par­tes del planeta, principalmente Europa y Estados Unidos, depri­me a algunos.

Pero a Mendoza Bermúdez, las estancias en cursos especiali­zados en el extranjero le parecen oportunidades de alimentarse y fijar metas más altas.

Luis Fernando Luna –ya fa­llecido–, Raúl García Velázquez e Ignacio Escamilla, igual que él, han alcanzado sus objetivos en dirección de orquesta.

El concertista estudia el doc­torado en Educación. Desde la maestría se decantó por la peda­gogía que lo ha enriquecido en la profesión.

La pregunta de uno de sus alumnos lo sumergió en otro mundo. En clase de historia de la música del periodo barroco le dio la palabra al de la mano le­vantada: “Usted es de Puebla, ¿qué nos puede decir de la mú­sica de los maestros de capilla de la Catedral?”

“Hoy, nada”, fue la respues­ta sincera. “Pero dame una se­mana”.

Y esos siete días de búsqueda le cambiaron la perspectiva. So­bre todo la obra del primer maes­tro de capilla poblano, Juan Gar­cía de Céspedes.

Y empezó su dedicación a in­vestigar los 220 años de produc­ción musical en Puebla que se hallaron en la Catedral y aho­ra reposan en microfilm en el INAH.

De ahí, a clases especializa­das de música antigua en Euro­pa hubo varios pasos con mucha pasión, con su oboe barroco y su voz de tenor.

Por ello su dedicación a los coros y ensambles instrumen­tales que interpretan ese reper­torio.

EL RETO DE DIRIGIR

Sala Nezahualcóyotl. UNAM.

Del proscenio al podio hay unos 12 metros. A Miguel Án­gel Mendoza le parece un kiló­metro el que recorre en sus za­patos perfectamente lustrados.

El violista Ramón Romo mi­ra fijo. Respira hondo. Lo va a dirigir el debutante poblano de 24 años.

“Pero el podio me volvió otra cosa. La música te hipnotiza y no puedes dudar; así como el kara­teka, ya frente a su rival, no pue­de dar pasos hacia atrás, el direc­tor presenta la batuta y hace so­nar el instrumento más comple­jo del mundo: la orquesta sin­fónica”.

Explica el desafío: “El director está supeditado al compositor, ¿qué quiso decir?, ¿cómo era su tiempo, su contexto? Por eso hay tanto estudio detrás de cada con­cierto, no sólo de todos los ele­mentos de la partitura sino de la historia; una obra romántica no puede ser interpretada como clá­sica; con los instrumentistas se desarrolla un trabajo construc­tivista para honrar al composi­tor que nos confía su obra.

Hay todavía sueños en el tin­tero. La dirección del Conserva­torio Nacional es uno.

Entretanto, coincide con lo que su maestro Mehta ha ex­tractado en una sentencia: “In­terpretar no es crear; sino comu­nicar”.

Y estudia, investiga y ejerce todos los días. Para que la ali­neación de los astros lo pesque bien afinado.

Etiquetas: Miguel Ángel Mendoza Ber­múdezmusicaSinfónica

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